PARTE I. EL MUNDO PARA EL QUE SE CONSTRUYÓ LA ECONOMÍA INTERNACIONAL
1. El orden económico internacional de 1945–2000
1.1. Bretton Woods y la reconstrucción económica
1.2. El GATT y la liberalización comercial
1.3. Industrialización, productividad y crecimiento
1.4. Producción nacional y comercio internacional
1.5. Controles de capital y autonomía macroeconómica
1.6. El dólar y el sistema monetario internacional
1.7. Del final de Bretton Woods a la globalización financiera
1.8. Crisis del petróleo, deuda latinoamericana y crisis asiática
1. El orden económico internacional de 1945–2000
Para comprender por qué buena parte de la teoría económica internacional adoptó la forma que conocemos hoy, es necesario reconstruir primero el mundo en el que esa teoría se desarrolló.
Las teorías económicas aspiran a identificar mecanismos generales, pero nunca nacen completamente separadas de su contexto histórico. Los problemas que consideran centrales, las variables que privilegian y los supuestos que utilizan reflejan, en parte, la estructura económica que intentan explicar.
La economía internacional de la segunda mitad del siglo XX se construyó inicialmente dentro de un orden muy diferente del actual. La producción permanecía, en gran medida, organizada dentro de las fronteras nacionales; los movimientos internacionales de capital estaban sometidos a numerosas restricciones; las empresas multinacionales tenían una presencia creciente, pero todavía no organizaban la producción mundial mediante cadenas de valor tan fragmentadas como las actuales; y la arquitectura monetaria y comercial internacional estaba fuertemente institucionalizada.
No era un mundo cerrado.
El comercio creció rápidamente.
La inversión internacional aumentó.
Las multinacionales se expandieron.
Las tecnologías evolucionaron de forma profunda.
Y, especialmente desde los años setenta, las finanzas internacionales comenzaron a adquirir una importancia creciente.
Pero durante buena parte del período seguía siendo razonable representar la economía mundial como un conjunto de sistemas productivos nacionales que comerciaban entre sí, más que como una red global de producción, financiación, tecnología y datos profundamente fragmentada.
Podemos hablar, en este sentido, de una primera etapa de globalización relativamente ligera.
La apertura comercial aumentaba, pero la organización productiva continuaba siendo predominantemente nacional.
El capital circulaba internacionalmente, pero todavía no con la intensidad y velocidad posteriores.
La tecnología avanzaba rápidamente, pero durante buena parte del período todavía no permitía coordinar en tiempo real miles de proveedores distribuidos por todo el planeta.
Los Estados mantenían, además, un margen considerable de autonomía económica.
Entre 1945 y 2000, esta estructura experimentaría enormes transformaciones.
Desaparecería Bretton Woods.
Los tipos de cambio comenzarían a fluctuar.
Los controles de capital se reducirían progresivamente.
Los mercados financieros se integrarían.
Las economías asiáticas modificarían el mapa industrial mundial.
Las crisis financieras internacionales adquirirían nuevas formas.
Y aparecerían las tecnologías que posteriormente harían posible una globalización productiva mucho más profunda.
Por tanto, sería incorrecto describir 1945–2000 como medio siglo de estabilidad.
Fue, en realidad, un período de transición.
Pero incluso al final del siglo XX todavía no se había producido plenamente el cambio que caracterizaría al siglo XXI.
La gran transformación posterior no consistiría simplemente en más globalización.
Cambiaría algo más profundo:
la propia arquitectura de la interdependencia internacional.
1.1. Bretton Woods y la reconstrucción económica
El orden económico internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial nació en buena medida como respuesta al fracaso del período de entreguerras.
La Gran Depresión, las devaluaciones competitivas, el proteccionismo, la inestabilidad financiera y el deterioro de la cooperación internacional habían mostrado que una economía mundial abierta pero mal coordinada podía generar dinámicas profundamente destructivas.
La respuesta de 1944 no consistió en restaurar simplemente el laissez-faire internacional anterior a la Primera Guerra Mundial.
El sistema de Bretton Woods intentó construir algo diferente:
una economía internacional abierta, pero compatible con la estabilidad económica y la autonomía de las políticas nacionales.
Este compromiso entre apertura y autonomía constituye una de las claves fundamentales para comprender el orden de posguerra.
El nuevo sistema monetario se organizó alrededor de tipos de cambio fijos, aunque ajustables.
Las monedas mantenían determinadas paridades respecto al dólar, mientras Estados Unidos garantizaba la convertibilidad del dólar en oro para las autoridades monetarias extranjeras.
El dólar se situaba así en el centro de la arquitectura monetaria internacional.
El Fondo Monetario Internacional debía proporcionar asistencia a aquellos países que experimentasen problemas temporales de balanza de pagos, reduciendo la necesidad de ajustes abruptos.
El Banco Mundial nació inicialmente asociado a la reconstrucción y posteriormente amplió su función hacia la financiación del desarrollo.
El GATT proporcionaría progresivamente las reglas para la liberalización comercial.
El sistema era, por tanto, altamente institucionalizado.
Pero había otro elemento decisivo: los controles de capital.
En el diseño de Bretton Woods, limitar determinados movimientos financieros internacionales no era considerado una anomalía.
Formaba parte del propio sistema.
Los gobiernos querían evitar que movimientos especulativos de capital condicionaran permanentemente las políticas domésticas.
La experiencia de los años treinta había reforzado la percepción de que la liberalización financiera completa podía entrar en conflicto con objetivos como el pleno empleo, la estabilidad monetaria y la autonomía de la política económica.
Esta configuración permitía combinar durante buena parte del período:
estabilidad cambiaria, controles de capital y políticas macroeconómicas nacionales relativamente autónomas.
La economía internacional estaba abierta al comercio, pero mucho menos integrada financieramente que en décadas posteriores.
Esto contribuía a que la política económica pudiera seguir pensándose en gran medida desde una perspectiva nacional.
Los Estados conservaban instrumentos para influir sobre la demanda interna, el empleo, el crédito y la inversión sin quedar expuestos continuamente a la reacción inmediata de mercados financieros globales.
Bretton Woods fue, en ese sentido, algo más que un régimen monetario.
Fue una determinada concepción política de la globalización:
integrar economías sin eliminar completamente la capacidad de los Estados para gestionar sus sociedades.
1.2. El GATT y la liberalización comercial
La arquitectura monetaria de Bretton Woods tuvo su equivalente comercial en el GATT, establecido en 1947.
Su objetivo fundamental era impedir el retorno del proteccionismo generalizado que había caracterizado parte del período de entreguerras.
La liberalización no se produjo de forma inmediata ni completa.
Avanzó mediante sucesivas rondas de negociación en las que los países redujeron progresivamente aranceles y acordaron determinadas reglas comunes.
El comercio internacional comenzó así a crecer con intensidad.
La reducción de barreras permitió ampliar mercados.
Las empresas pudieron producir a mayor escala.
La especialización internacional aumentó.
La competencia exterior presionó sobre la productividad.
Los consumidores accedieron a mayor variedad de bienes.
Este proceso reforzó una visión central de la economía internacional de posguerra:
el comercio como mecanismo de eficiencia y crecimiento.
Sin embargo, aquella apertura tenía todavía límites significativos.
La agricultura permanecía fuertemente protegida en numerosos países.
Los servicios ocupaban una posición mucho menos relevante dentro de las negociaciones internacionales.
Los movimientos de capital no experimentaban una liberalización equivalente.
La regulación económica continuaba siendo fundamentalmente nacional.
Y la inversión internacional todavía no había creado las densas cadenas de valor que caracterizarían décadas posteriores.
Era, por tanto, una apertura comercial creciente, pero no una globalización profunda.
Puede describirse como una forma de globalización ligera:
los países comerciaban cada vez más entre sí, pero los sistemas productivos seguían estando organizados principalmente dentro de las economías nacionales.
Esta distinción es fundamental.
En aquel contexto, la política comercial podía estudiarse principalmente mediante instrumentos situados en la frontera:
aranceles,
cuotas,
subsidios,
restricciones cuantitativas
y otras barreras al intercambio.
Décadas después, la política económica internacional se ampliaría hacia cuestiones mucho más complejas:
subsidios industriales,
controles tecnológicos,
restricciones de inversión,
regulación de datos,
estándares,
seguridad nacional
y control de cadenas de suministro.
Pero durante buena parte del período de posguerra, el comercio podía analizarse razonablemente como intercambio entre economías nacionales.
1.3. Industrialización, productividad y crecimiento
El crecimiento de la economía internacional durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial estuvo estrechamente relacionado con un extraordinario proceso de industrialización y aumento de productividad.
Europa occidental y Japón reconstruyeron rápidamente sus estructuras productivas.
La inversión aumentó.
El capital físico se renovó.
Se incorporaron tecnologías existentes.
La productividad creció.
Los salarios reales mejoraron.
Y numerosas economías se aproximaron progresivamente a la frontera tecnológica estadounidense.
Fue un período de intensa convergencia económica.
La industrialización ocupaba una posición central en este proceso.
La manufactura ofrecía importantes posibilidades de aprendizaje, economías de escala y difusión tecnológica.
El crecimiento industrial y el comercio internacional se reforzaban mutuamente.
Mercados mayores permitían aumentar la escala.
La escala reducía costes.
La especialización aumentaba la productividad.
La mayor productividad mejoraba la competitividad.
Y el crecimiento de la renta generaba nueva demanda.
La expansión del comercio parecía así compatible con elevados ritmos de crecimiento económico.
Pero no todas las regiones siguieron la misma estrategia.
En numerosos países de América Latina, India y otras economías en desarrollo se adoptaron políticas de sustitución de importaciones.
El objetivo era construir una base industrial nacional reduciendo inicialmente la exposición de determinadas actividades a la competencia exterior.
En Asia oriental surgieron estrategias diferentes.
Japón y posteriormente Corea del Sur, Taiwán y otras economías combinaron en distintos grados protección temporal, crédito dirigido, promoción de exportaciones, aprendizaje tecnológico, inversión y competencia internacional.
Estas experiencias mostraban algo que adquiriría enorme importancia décadas después:
las estructuras productivas no son necesariamente una consecuencia pasiva de las dotaciones existentes. También pueden transformarse
La inversión puede generar aprendizaje.
El aprendizaje puede aumentar la productividad.
La productividad puede permitir exportar.
Las exportaciones pueden ampliar la escala.
Y la escala puede reforzar nuevamente la productividad.
Comenzaba así a emerger una tensión intelectual que acompañará todo este libro:
¿las ventajas comparativas se limitan a reflejar recursos y productividades existentes o pueden también construirse mediante procesos acumulativos de inversión, aprendizaje y desarrollo de capacidades?
No es todavía el momento de responderla.
Pero el problema ya estaba presente en la historia económica de posguerra.
1.4. Producción nacional y comercio internacional
Una de las características fundamentales del mundo en el que se desarrollaron las principales teorías del comercio internacional era la relativa correspondencia entre territorio y producción.
Esto nunca fue absoluto.
Las materias primas habían circulado internacionalmente durante siglos.
Las empresas multinacionales existían desde mucho antes de la Segunda Guerra Mundial.
Las economías industriales importaban insumos.
Y numerosas empresas realizaban inversiones productivas en otros países.
Pero la fragmentación internacional de la producción tenía una intensidad mucho menor que la actual.
La empresa multinacional típica podía establecer fábricas en diferentes mercados.
Pero con frecuencia esas plantas reproducían una parte importante del proceso productivo para abastecer localmente o regionalmente.
Todavía no predominaba la lógica posterior de dividir sistemáticamente cada etapa de producción y localizarla en diferentes países según costes laborales, capacidades tecnológicas, impuestos, logística, acceso a proveedores o proximidad a mercados.
Durante buena parte del período era, por tanto, relativamente sencillo asociar:
un sector,
una industria,
una empresa
o un producto
con una determinada economía nacional.
La industria automovilística alemana podía identificarse con Alemania.
La electrónica japonesa con Japón.
La agricultura estadounidense con Estados Unidos.
La maquinaria industrial europea con diferentes economías nacionales.
Esto permitía pensar el comercio como un intercambio entre estructuras productivas nacionales relativamente identificables.
Un país exportaba determinados productos.
Otro exportaba otros.
La ventaja comparativa podía analizarse comparando las características de diferentes economías.
Esta forma de representar la realidad no desaparecerá completamente.
Pero perderá capacidad explicativa cuando la producción empiece a fragmentarse internacionalmente.
En el siglo XXI, un mismo producto podrá incorporar:
diseño estadounidense,
maquinaria europea,
semiconductores taiwaneses o surcoreanos,
minerales africanos o latinoamericanos,
componentes chinos,
software desarrollado en distintos países
y ensamblaje realizado en otra jurisdicción.
La pregunta «¿qué país produce este producto?» comenzará a ser menos informativa.
Habrá que preguntar también:
¿quién controla la tecnología?
¿quién produce los componentes críticos?
¿quién captura el valor añadido?
¿qué parte de la cadena puede sustituirse?
Pero durante gran parte del mundo de posguerra, el comercio internacional seguía estando mucho más organizado alrededor del intercambio de bienes entre sistemas productivos nacionales que alrededor de cadenas de tareas profundamente fragmentadas.
1.5. Controles de capital y autonomía macroeconómica
Otra gran diferencia entre el orden económico de posguerra y la globalización posterior estaba en el funcionamiento de las finanzas internacionales.
Los controles de capital permitían limitar determinados movimientos financieros transfronterizos.
Esto otorgaba a los gobiernos un margen relativamente amplio para utilizar la política económica con objetivos nacionales.
Podían modificar tipos de interés, intervenir sobre el crédito o desarrollar políticas de demanda sin que cada decisión generase inmediatamente grandes movimientos internacionales de capital.
Esta estructura puede comprenderse mediante uno de los principios fundamentales de la macroeconomía internacional: el trilema monetario.
Una economía no puede mantener simultáneamente:
- un tipo de cambio fijo;
- plena movilidad internacional de capital;
- una política monetaria completamente autónoma.
Bretton Woods resolvía esta incompatibilidad limitando la movilidad de capital.
Así, los gobiernos podían conservar tipos de cambio relativamente estables y mantener al mismo tiempo cierto margen de política monetaria.
Esto no significaba autonomía absoluta.
Los países seguían enfrentándose a restricciones externas.
Los déficits por cuenta corriente podían generar problemas.
Las reservas internacionales eran limitadas.
Los tipos de cambio podían necesitar ajustes.
Pero el grado de exposición a los mercados financieros globales era significativamente inferior al posterior.
Esta diferencia tenía consecuencias analíticas importantes.
La política económica podía pensarse fundamentalmente dentro de un marco nacional.
El ahorro doméstico.
La inversión.
El empleo.
La demanda agregada.
La inflación.
La política fiscal.
La política monetaria.
Las restricciones internacionales existían, pero no penetraban con la misma velocidad e intensidad en todas las decisiones domésticas.
Desde los años setenta y especialmente desde los ochenta, este equilibrio comenzaría a modificarse.
La liberalización financiera reduciría progresivamente los controles.
La autonomía macroeconómica nacional tendría que convivir con mercados financieros mucho más integrados.
1.6. El dólar y el sistema monetario internacional
El dólar ocupaba el centro del sistema de Bretton Woods.
Las monedas mantenían determinadas paridades respecto al dólar, mientras Estados Unidos garantizaba su convertibilidad en oro para las autoridades monetarias extranjeras.
Pero el sistema contenía una tensión estructural.
La economía mundial necesitaba una cantidad creciente de dólares para financiar el comercio y proporcionar reservas internacionales.
Eso exigía que Estados Unidos suministrara dólares al resto del mundo.
Sin embargo, cuanto mayor era la cantidad de dólares acumulados fuera de Estados Unidos, mayores eran las dudas sobre la posibilidad de convertirlos todos en oro.
La moneda que proporcionaba liquidez al sistema era al mismo tiempo la moneda cuya credibilidad podía deteriorarse precisamente por proporcionar esa liquidez.
Estas contradicciones fueron debilitando progresivamente Bretton Woods.
En agosto de 1971, Estados Unidos suspendió la convertibilidad del dólar en oro.
Poco después, el sistema de tipos de cambio fijos acabaría desapareciendo.
Pero ocurrió algo extraordinariamente importante.
El final de Bretton Woods no significó el final de la centralidad internacional del dólar.
El dólar siguió siendo la principal moneda de reserva.
Continuó utilizándose ampliamente en el comercio internacional.
Los mercados financieros estadounidenses aumentaron su profundidad.
Los bancos internacionales utilizaron masivamente financiación denominada en dólares.
Numerosas materias primas siguieron negociándose en esa moneda.
El sistema monetario internacional dejó así de estar formalmente organizado alrededor del vínculo dólar-oro, pero no se convirtió en un sistema perfectamente simétrico.
Persistió una jerarquía monetaria internacional.
Y el dólar permaneció en su centro.
Esta continuidad será fundamental para comprender posteriormente uno de los grandes fenómenos del siglo XXI:
la diferencia entre tener una moneda nacional y emitir la principal moneda del sistema internacional.
1.7. Del final de Bretton Woods a la globalización financiera
La desaparición de Bretton Woods inició una nueva etapa.
Pero la transición hacia una economía financiera global fue gradual.
Durante los años setenta y ochenta comenzaron a expandirse los mercados internacionales de capital.
Numerosos países liberalizaron progresivamente sus sistemas financieros.
Los bancos ampliaron sus operaciones transfronterizas.
Las empresas accedieron a nuevas fuentes internacionales de financiación.
Los inversores institucionales adquirieron una creciente capacidad para desplazar grandes cantidades de capital entre economías.
La innovación financiera facilitó nuevos instrumentos para gestionar riesgos, financiar empresas y movilizar ahorro internacional.
Desde una perspectiva económica, esta integración ofrecía posibilidades importantes.
El ahorro de una economía podía financiar inversiones realizadas en otra.
Las empresas podían acceder a mercados de capital mayores.
Los inversores podían diversificar sus carteras.
Los países con escaso ahorro interno podían financiar procesos de inversión superiores a los que habrían podido sostener exclusivamente con recursos nacionales.
La movilidad de capital parecía así extender a las finanzas una lógica similar a la del comercio:
una asignación internacional más eficiente de recursos.
Pero la liberalización introducía también nuevos mecanismos de vulnerabilidad.
Las entradas de capital podían financiar crecimiento, pero también expansiones excesivas del crédito.
Podían provocar apreciaciones cambiarias.
Podían alimentar aumentos del precio de los activos.
Y, sobre todo, podían invertirse con gran rapidez.
Una economía que durante años recibía enormes cantidades de financiación podía enfrentarse repentinamente a una salida masiva de capitales.
La globalización financiera comenzaba así a mostrar una característica que será recurrente posteriormente:
la integración aumenta oportunidades, pero también crea nuevos canales de transmisión de los shocks.
La teoría económica internacional tuvo que adaptarse.
El análisis ya no podía centrarse únicamente en comercio y tipos de cambio.
Debía incorporar progresivamente:
deuda externa,
flujos internacionales de capital,
balances bancarios,
expectativas,
riesgo cambiario,
vulnerabilidad financiera
y contagio.
Las crisis de las últimas décadas del siglo XX acelerarían este proceso.
1.8. Crisis del petróleo, deuda latinoamericana y crisis asiática
El período 1945–2000 no estuvo caracterizado por la ausencia de shocks.
Al contrario.
Cada gran ruptura obligó a ampliar progresivamente la agenda de la economía internacional.
Esta observación es importante porque contiene una lección metodológica para todo el libro:
la teoría económica internacional siempre ha evolucionado cuando la estructura del sistema ha producido problemas que el marco anterior no explicaba suficientemente.
El primer gran cambio fue el final de Bretton Woods.
La desaparición del régimen de tipos de cambio fijos obligó a prestar mucha más atención a la determinación de los tipos de cambio y a las expectativas financieras.
Poco después llegaron las crisis del petróleo de 1973 y 1979.
Mostraron que un shock sobre un input esencial podía transmitirse simultáneamente a inflación, actividad económica, comercio exterior y balanza de pagos.
También revelaron algo que, décadas después, volvería a ocupar un lugar central:
una economía puede ser vulnerable por su dependencia de un recurso crítico cuya oferta está geográficamente concentrada.
Todavía no se utilizaba habitualmente el lenguaje contemporáneo de «dependencia estratégica», pero el mecanismo ya estaba presente.
La crisis de deuda latinoamericana de 1982 reveló otro tipo de vulnerabilidad.
Numerosos países habían acumulado elevados niveles de deuda externa durante los años anteriores.
Cuando las condiciones financieras internacionales cambiaron y los tipos de interés aumentaron, la sostenibilidad de esa deuda se deterioró rápidamente.
Las decisiones adoptadas en las principales economías podían transmitirse así hacia países situados a miles de kilómetros mediante el canal financiero.
México en 1994 volvió a mostrar la velocidad con la que podían cambiar las expectativas.
La crisis asiática de 1997 reveló con especial claridad los peligros de combinar elevados flujos internacionales de capital, sistemas financieros vulnerables y deuda denominada en moneda extranjera.
Cuando las monedas se depreciaron, las obligaciones externas aumentaron en términos de moneda nacional.
Los balances de empresas y bancos se deterioraron.
Una crisis cambiaria podía convertirse rápidamente en una crisis bancaria, financiera y económica.
La crisis rusa de 1998 reforzó además la preocupación por el contagio.
Los problemas de una economía podían transmitirse a mercados que mantenían relaciones económicas aparentemente indirectas con ella.
Cada episodio amplió así la frontera del análisis.
Podemos representar esa evolución de manera simplificada:
Bretton Woods → ajuste externo y tipos de cambio.
Fin de Bretton Woods → flotación y expectativas.
Crisis del petróleo → shocks globales de oferta.
Liberalización financiera → movimientos internacionales de capital.
América Latina → deuda externa.
México y Asia → sudden stops, balances y crisis cambiarias.
Rusia → contagio financiero.
La teoría económica internacional no permaneció inmóvil.
Fue incorporando nuevos mecanismos a medida que cambiaba la realidad.
Este hecho será central para nuestra argumentación posterior.
Proponer hoy una ampliación del marco analítico no significa rechazar la tradición de la economía internacional.
Significa continuarla.
De la globalización ligera a una nueva arquitectura de la interdependencia
Al llegar al año 2000, el sistema económico internacional era ya muy diferente del existente al finalizar la Segunda Guerra Mundial.
Bretton Woods había desaparecido.
Las principales monedas flotaban.
Los movimientos internacionales de capital habían crecido enormemente.
Las multinacionales desempeñaban un papel mucho mayor.
Los mercados financieros estaban profundamente conectados.
La liberalización comercial había avanzado de forma sustancial.
Las crisis financieras podían propagarse internacionalmente.
La tecnología informática comenzaba a transformar empresas y comunicaciones.
No estamos, por tanto, ante un mundo estático que repentinamente cambió en 2001.
Muchas de las fuerzas que generarían la siguiente globalización ya estaban presentes.
Pero todavía no habían alcanzado la intensidad ni la combinación que caracterizarían al siglo XXI.
China era ya una gran economía emergente y una potencia comercial creciente, pero todavía no se había convertido en el centro manufacturero y tecnológico sistémico que llegaría a ser después de su entrada en la Organización Mundial del Comercio.
La producción internacional estaba fragmentándose, pero todavía no existía la extraordinaria densidad posterior de las cadenas globales de valor.
Internet había aparecido, pero las plataformas digitales no organizaban mercados enteros.
Los datos todavía no eran considerados una infraestructura estratégica.
La computación en la nube no articulaba gran parte de la actividad empresarial.
Los semiconductores no ocupaban todavía el centro de la competencia geopolítica.
La transición energética no estaba transformando masivamente las cadenas industriales.
La inteligencia artificial no constituía una tecnología de propósito general situada en el centro de las estrategias nacionales.
La seguridad económica no había regresado al núcleo de la política comercial.
Y la interdependencia económica todavía se interpretaba predominantemente como una fuente de eficiencia y beneficios mutuos, más que como una posible fuente de vulnerabilidad o coerción.
Por ello, el cambio posterior no puede resumirse simplemente como una intensificación cuantitativa de la globalización.
No se trata solo de más comercio.
Ni solo de más capital.
Ni solo de más tecnología.
Cambiará la forma en la que todas estas dimensiones se conectan entre sí.
La economía internacional del siglo XX podía representarse, de manera simplificada, como:
economía nacional → producción → exportación → otra economía nacional.
La economía del siglo XXI estará cada vez más organizada mediante estructuras del tipo:
recursos → proveedores → componentes → tecnología → financiación → logística → datos → ensamblaje → plataformas → mercados.
Y cada uno de esos elementos puede encontrarse localizado, financiado o controlado desde países diferentes.
Este cambio puede resumirse mediante seis grandes desplazamientos:
producción predominantemente nacional → producción crecientemente fragmentada internacionalmente;
comercio de bienes → comercio creciente de tareas, componentes, servicios, datos e intangibles;
movilidad financiera restringida → integración financiera global;
tecnología como factor productivo → tecnología también como infraestructura estratégica;
política comercial centrada en las fronteras → política económica exterior y geoeconomía;
China emergente → China como actor sistémico.
La transformación decisiva, por tanto, no consiste solamente en que la economía mundial esté más integrada.
Consiste en que ha cambiado la arquitectura de la interdependencia.
Y cuando cambia la arquitectura del sistema también deben cambiar algunas de las preguntas que formulamos para comprenderlo.
Durante buena parte del período de posguerra, una pregunta central era:
¿qué producen y qué comercian los países?
En el nuevo mundo necesitaremos añadir otras:
¿quién controla las tecnologías?
¿dónde están concentradas las capacidades productivas?
¿qué proveedores son sustituibles?
¿qué dependencias son críticas?
¿qué nodos organizan las redes económicas?
¿qué ocurre cuando uno de ellos falla?
Antes de llegar a esas preguntas, sin embargo, debemos comprender primero la extraordinaria arquitectura teórica que se construyó para explicar el mundo de posguerra.
Ese será el objeto del siguiente capítulo
2. La teoría clásica del comercio internacional
2.1. Ricardo y la ventaja comparativa
2.2. Heckscher-Ohlin y las dotaciones factoriales
2.3. Stolper-Samuelson: comercio, salarios y distribución
2.4. Economías de escala y nueva teoría del comercio
2.5. Comercio intraindustrial
2.6. Empresas heterogéneas y modelo Melitz
2.7. Empresas multinacionales
2.8. Ganadores y perdedores de la apertura comercial
El orden económico internacional descrito en el capítulo anterior generó también una determinada manera de pensar el comercio.
Durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, la pregunta fundamental de la teoría del comercio internacional podía formularse de manera relativamente sencilla:
¿por qué comercian los países y qué determina aquello en lo que se especializa cada uno?
A partir de esta pregunta se desarrolló una arquitectura teórica extraordinariamente poderosa.
Ricardo mostró que el comercio podía beneficiar a dos economías incluso cuando una de ellas fuera más productiva en prácticamente todas las actividades.
Heckscher y Ohlin desplazaron la explicación hacia las diferencias en dotaciones factoriales.
Stolper y Samuelson mostraron que el comercio no era neutral distributivamente: podía beneficiar a determinados factores productivos y perjudicar a otros.
Krugman incorporó economías de escala, diferenciación de producto y competencia monopolística para explicar por qué economías muy similares comerciaban intensamente entre sí.
Posteriormente, el análisis comenzó a descender desde el país y el sector hacia la empresa.
El modelo de Melitz mostraría que incluso dentro de una misma industria las empresas responden de manera muy diferente a la apertura comercial.
Paralelamente, la teoría de las multinacionales intentó explicar por qué algunas empresas producían directamente en distintos países en lugar de limitarse a exportar.
No estamos, por tanto, ante una única “teoría clásica”.
Estamos ante una sucesión de ampliaciones.
Cada nueva teoría conservó una parte de la anterior, pero introdujo una dimensión que el marco previo no podía explicar satisfactoriamente.
Esta evolución es importante para la tesis general del libro.
La economía internacional nunca ha avanzado sustituyendo completamente una teoría por otra. Ha progresado incorporando nuevos mecanismos cuando la realidad mostraba que los anteriores no eran suficientes.
Por ello, la cuestión que plantearemos posteriormente ante las transformaciones del siglo XXI no será si Ricardo, Heckscher-Ohlin, Krugman o Melitz estaban equivocados.
La pregunta será otra:
¿qué explica cada uno, qué deja fuera y qué nuevas dimensiones necesitamos incorporar cuando cambia la estructura del sistema económico internacional?
2.1. Ricardo y la ventaja comparativa
Pocas ideas económicas han tenido una influencia tan profunda como la ventaja comparativa.
Su fuerza procede de una intuición que resulta, al principio, contraintuitiva.
Para que dos países se beneficien del comercio no es necesario que cada uno sea absolutamente mejor que el otro en alguna actividad.
Un país puede ser más productivo en todos los sectores y, aun así, tener incentivos para comerciar.
Lo importante no es la productividad absoluta.
Lo relevante son los costes relativos de oportunidad.
Supongamos que dos economías producen dos bienes.
Una de ellas puede fabricar ambos utilizando menos trabajo que la otra. Podría parecer entonces que la economía menos productiva no tiene nada que ofrecer.
Ricardo demuestra que esa conclusión es incorrecta.
Incluso el país más productivo enfrenta una restricción fundamental: sus recursos son limitados.
Si dedica trabajo, capital y tiempo a producir un bien, renuncia a utilizarlos en otro.
Por ello, cada economía tiene un coste de oportunidad diferente.
La especialización basada en esas diferencias relativas permite aumentar la producción conjunta y ampliar las posibilidades de consumo.
La gran aportación ricardiana puede resumirse así:
el comercio internacional puede generar ganancias aunque las capacidades productivas de los países sean muy diferentes, porque lo relevante para la especialización son las ventajas relativas y no las absolutas.
Esta idea proporciona uno de los argumentos intelectuales más poderosos a favor del comercio.
Los países no necesitan producir todo aquello que consumen.
Pueden especializarse, intercambiar y beneficiarse de las capacidades de otros.
La interdependencia económica puede, por tanto, aumentar la eficiencia global.
La teoría contiene además una enseñanza más profunda.
La autosuficiencia tiene un coste.
Cuando una economía intenta producir internamente un bien para el que utiliza recursos con un coste de oportunidad elevado, está renunciando a otras actividades en las que esos mismos recursos podrían generar mayor valor.
Este mecanismo no desaparece en el siglo XXI.
Seguirá siendo esencial cuando discutamos política industrial, autonomía estratégica o reshoring.
Fabricar nacionalmente un producto que puede adquirirse internacionalmente a menor coste no es gratuito.
Los recursos empleados tienen usos alternativos.
La seguridad económica puede justificar determinados costes, pero no elimina el coste de oportunidad.
Precisamente por ello, Ricardo seguirá siendo necesario.
Sin embargo, el modelo ricardiano básico representa un mundo extremadamente simplificado.
Los países disponen de determinadas tecnologías.
La productividad viene dada.
Los factores productivos se desplazan dentro de cada economía, pero no entre países.
El comercio se produce fundamentalmente entre economías nacionales.
El modelo no intenta explicar cómo se adquiere una tecnología, cómo se genera aprendizaje, cómo aparece un ecosistema industrial o por qué una economía puede mejorar persistentemente su productividad en una actividad determinada.
La ventaja comparativa aparece esencialmente como una característica que el modelo toma como dada.
Y aquí aparece una de las cuestiones que recorrerá este libro.
En una economía internacional dinámica, debemos distinguir entre:
ventajas comparativas existentes
y
ventajas comparativas que pueden construirse.
La productividad de una industria puede cambiar mediante inversión.
Puede cambiar mediante aprendizaje.
Puede cambiar con nuevas infraestructuras.
Puede cambiar mediante innovación.
Puede cambiar porque aparece un cluster de proveedores.
Puede cambiar porque aumenta la escala.
La ventaja comparativa continúa siendo fundamental, pero deja de ser necesariamente una fotografía permanente de la estructura productiva.
Puede convertirse en una variable parcialmente endógena.
Esta distinción será decisiva cuando analicemos posteriormente la industrialización asiática, la política industrial china, los semiconductores, las baterías o las tecnologías verdes.
2.2. Heckscher-Ohlin y las dotaciones factoriales
El modelo ricardiano explica la especialización mediante diferencias de productividad.
Heckscher y Ohlin plantearon otra posibilidad.
Incluso si los países disponen de tecnologías similares, pueden comerciar porque poseen dotaciones relativas diferentes de factores productivos.
Una economía puede disponer de abundante capital y relativamente poco trabajo.
Otra puede disponer de mucho trabajo y relativamente poco capital.
Si los bienes utilizan esos factores con distinta intensidad, aparecerá un patrón de especialización.
La predicción fundamental es conocida:
los países tenderán a exportar aquellos bienes que utilizan intensivamente los factores de los que disponen relativamente en mayor abundancia e importarán bienes intensivos en factores relativamente escasos.
Una economía abundante en capital tenderá, bajo los supuestos del modelo, a especializarse relativamente en actividades intensivas en capital.
Una economía abundante en trabajo tenderá a hacerlo en bienes más intensivos en trabajo.
La ventaja comparativa ya no procede únicamente de diferentes tecnologías.
Puede surgir de diferentes estructuras de recursos.
Este desplazamiento fue extremadamente importante porque conectó el comercio internacional con la estructura interna de las economías.
Capital.
Trabajo.
Tierra.
Recursos naturales.
Las dotaciones condicionaban los costes relativos y, a través de ellos, la especialización internacional.
El marco resultaba especialmente intuitivo en un mundo donde los países podían caracterizarse razonablemente por grandes diferencias en sus factores productivos.
Economías con abundante tierra exportaban productos agrícolas.
Economías industrializadas y capitalizadas exportaban determinadas manufacturas.
Países con abundante mano de obra podían especializarse en actividades intensivas en trabajo.
Pero el modelo incorporaba una simplificación fundamental:
los factores relevantes podían resumirse en unas pocas categorías relativamente homogéneas.
Con el tiempo, esta representación se iría haciendo menos suficiente.
El trabajo no es simplemente trabajo.
Importan educación, habilidades, experiencia y conocimiento.
El capital tampoco es homogéneo.
Una fábrica, un centro de datos, una patente y un laboratorio son formas muy distintas de capacidad productiva.
Y algunos de los factores decisivos de la economía contemporánea no encajan fácilmente en las categorías tradicionales:
tecnología,
datos,
propiedad intelectual,
infraestructura digital,
ecosistemas de proveedores,
capacidad computacional,
instituciones,
redes financieras
o capacidad organizativa.
Esto no invalida la intuición de Heckscher-Ohlin.
La amplía.
La pregunta relevante para el siglo XXI será:
¿qué debemos considerar hoy una dotación productiva?
Un país que posee grandes cantidades de capital financiero pero carece de empresas capaces de convertirlo en innovación tecnológica puede ser formalmente abundante en capital y, al mismo tiempo, carecer de determinadas capacidades.
Del mismo modo, disponer de universidades excelentes no garantiza necesariamente poseer industrias tecnológicamente líderes si faltan mecanismos que permitan transformar conocimiento en empresas, producción y escala.
Esta diferencia entre recursos disponibles y capacidades efectivamente organizadas aparecerá posteriormente como uno de los problemas centrales del marco RMS.
Pero su raíz puede encontrarse ya en la pregunta planteada por Heckscher y Ohlin:
¿qué posee una economía y cómo condiciona eso aquello que es capaz de producir?
2.3. Stolper-Samuelson: comercio, salarios y distribución
La teoría de la ventaja comparativa puede generar una impresión engañosa si se interpreta de manera demasiado agregada.
Decir que un país gana con el comercio no significa que todos los ciudadanos del país ganen.
Esta distinción es fundamental.
El teorema de Stolper-Samuelson mostró que los cambios en los precios relativos generados por el comercio pueden alterar profundamente la distribución de la renta dentro de una economía.
En el marco Heckscher-Ohlin, la apertura comercial eleva la demanda relativa del factor utilizado intensivamente en el sector exportador y reduce la posición relativa del factor asociado al sector que compite con las importaciones.
En una economía abundante en capital, por ejemplo, la apertura puede beneficiar relativamente al capital y ejercer presión sobre determinados trabajadores.
En una economía abundante en trabajo, el mecanismo podría operar en sentido contrario.
El resultado importante no es tanto la predicción concreta de cada caso como la enseñanza general:
el comercio genera efectos distributivos internos.
Puede aumentar el bienestar agregado y, al mismo tiempo, producir ganadores y perdedores.
Esta idea resulta esencial para comprender muchos de los debates que aparecerían décadas después.
Una economía puede beneficiarse agregadamente de importar bienes baratos.
Los consumidores obtienen precios menores.
Las empresas que utilizan esos productos como inputs reducen costes.
Los sectores exportadores pueden acceder a nuevos mercados.
Pero determinadas regiones, trabajadores o industrias pueden experimentar pérdidas muy concentradas.
Aquí aparece una asimetría económica y política importante.
Las ganancias del comercio suelen estar dispersas.
Millones de consumidores pueden ahorrar cantidades relativamente pequeñas en miles de productos.
Las pérdidas, en cambio, pueden estar concentradas.
Una ciudad dependiente de una determinada industria puede experimentar cierres de fábricas, pérdida de empleo, caída de ingresos fiscales, reducción del valor de la vivienda y deterioro social.
Desde el punto de vista agregado, el país puede continuar ganando.
Desde el punto de vista de una región concreta, la experiencia puede ser completamente distinta.
Esta diferencia entre ganancia agregada y distribución de las ganancias será fundamental para comprender posteriormente el denominado China Shock.
También introduce otra cuestión que durante mucho tiempo fue tratada como relativamente separada de la teoría comercial.
Si el comercio produce ganancias agregadas, los ganadores podrían, en principio, compensar a los perdedores.
Pero que una compensación sea posible teóricamente no significa que ocurra políticamente.
La redistribución requiere instituciones.
Necesita políticas fiscales.
Formación.
Movilidad laboral.
Protección social.
Inversión territorial.
Capacidad de adaptación.
Por tanto, una política comercial no puede evaluarse exclusivamente mediante sus efectos agregados.
También importa analizar:
quién gana, quién pierde, dónde se producen las pérdidas y durante cuánto tiempo persisten.
Este desplazamiento desde el promedio nacional hacia la distribución será una de las grandes evoluciones del análisis contemporáneo del comercio.
2.4. Economías de escala y nueva teoría del comercio
Los modelos ricardiano y Heckscher-Ohlin explican bien por qué economías diferentes pueden comerciar.
Pero durante la segunda mitad del siglo XX apareció un fenómeno que resultaba más difícil de interpretar mediante esos marcos:
países muy similares comerciaban intensamente entre sí productos también muy similares.
Alemania exportaba automóviles a Francia.
Francia exportaba automóviles a Alemania.
Países europeos con niveles de renta, tecnología y dotaciones factoriales relativamente parecidos comerciaban enormes cantidades de bienes pertenecientes a las mismas industrias.
¿Por qué?
La nueva teoría del comercio, desarrollada especialmente desde finales de los años setenta, introdujo una respuesta basada en tres elementos:
economías de escala, diferenciación de producto y competencia imperfecta.
Si producir grandes cantidades permite reducir el coste medio, no resulta eficiente que todos los países produzcan todas las variedades de un mismo producto.
Las empresas pueden especializarse en determinadas variedades, aumentar su escala y venderlas internacionalmente.
Los consumidores, al mismo tiempo, valoran la diversidad.
No quieren un único automóvil.
Quieren diferentes modelos.
No quieren una sola marca de electrodomésticos, productos químicos o maquinaria.
Quieren variedad.
El comercio puede entonces generar ganancias incluso entre economías prácticamente idénticas.
No porque tengan necesariamente diferentes tecnologías o dotaciones factoriales, sino porque permite:
producir a mayor escala y consumir mayor variedad.
Esta aportación modificó profundamente la teoría del comercio.
La especialización ya no dependía exclusivamente de diferencias previas entre países.
Podía aparecer incluso entre economías similares debido a las características internas de los mercados.
Pero había una consecuencia todavía más importante.
Cuando existen economías de escala, la localización de la producción puede adquirir una dimensión acumulativa.
Una región que logra inicialmente una ligera ventaja puede atraer producción.
La mayor producción reduce costes.
Los menores costes atraen más demanda.
La expansión puede atraer proveedores especializados.
El ecosistema productivo se hace más denso.
Y esa densidad puede reforzar nuevamente la ventaja inicial.
Aparecen así mecanismos de causación acumulativa.
La historia importa.
La escala importa.
La localización inicial importa.
Las expectativas pueden importar.
Las ventajas productivas dejan de estar completamente determinadas por dotaciones iniciales
Este cambio conceptual será fundamental para comprender posteriormente clusters industriales, plataformas digitales, semiconductores, baterías o tecnologías verdes.
En actividades sometidas a fuertes economías de escala y aprendizaje, una pequeña ventaja inicial puede convertirse con el tiempo en una posición dominante.
Aquí encontramos otra de las grandes transiciones intelectuales del libro:
de la ventaja comparativa como diferencia previa a la ventaja competitiva como proceso acumulativo.
No debemos confundir ambas.
Pero tampoco podemos estudiar una economía industrial moderna ignorando la interacción entre ellas.
2.5. Comercio intraindustrial
La nueva teoría del comercio permitió explicar con mayor precisión una característica central de la integración entre economías avanzadas: el comercio intraindustrial.
El comercio tradicional podía imaginarse como un intercambio relativamente sencillo:
un país exportaba vino e importaba textiles.
Otro exportaba textiles e importaba vino.
Cada economía parecía especializarse en sectores claramente diferentes.
Pero una parte creciente del comercio entre economías desarrolladas adoptaba otra forma.
Países que fabricaban automóviles exportaban e importaban automóviles.
Economías productoras de maquinaria comerciaban maquinaria entre sí.
Los productores de productos químicos intercambiaban diferentes variedades de productos químicos.
La especialización ocurría dentro de las industrias, no necesariamente entre industrias.
Este fenómeno tenía implicaciones importantes.
Primero, mostraba que la integración comercial entre economías similares podía ser muy intensa.
Segundo, las economías de escala y la diferenciación de producto podían generar ganancias adicionales a las derivadas de la ventaja comparativa tradicional.
Tercero, el ajuste laboral podía ser potencialmente diferente.
Cuando un país deja de producir un sector completo y se especializa en otro, los trabajadores necesitan desplazarse entre industrias muy distintas.
Cuando el comercio conduce principalmente a especialización entre variedades dentro de una misma industria, parte del ajuste puede resultar menos radical.
Pero esta interpretación también tenía límites.
Incluso dentro de una misma industria existen empresas, regiones, trabajadores y capacidades muy diferentes.
Con el tiempo se observaría que la apertura comercial no afectaba de la misma manera a todas las empresas de un sector.
Algunas crecían.
Otras exportaban.
Otras desaparecían.
La teoría necesitaba descender otro nivel.
Del país al sector.
Y del sector a la empresa.
2.6. Empresas heterogéneas y modelo Melitz
El modelo de Melitz, publicado en 2003, pertenece cronológicamente al comienzo del período que estudiaremos después.
Sin embargo, es útil incorporarlo aquí como puente entre la teoría del comercio del siglo XX y el análisis de la globalización profunda.
Su innovación fundamental consiste en abandonar una simplificación muy importante:
las empresas de una misma industria no son iguales.
Difieren en productividad.
Difieren en tamaño.
Difieren en capacidad organizativa.
Difieren en costes.
Y esas diferencias condicionan su respuesta a la apertura internacional.
Exportar tiene costes.
Una empresa necesita información sobre mercados extranjeros.
Debe desarrollar redes comerciales.
Adaptar productos.
Cumplir regulaciones.
Organizar logística.
Asumir riesgos.
Por ello, no todas las empresas pueden exportar rentablemente.
Las empresas más productivas pueden absorber esos costes y acceder a mercados internacionales.
Las menos productivas pueden continuar produciendo exclusivamente para el mercado interno.
Las empresas todavía menos eficientes pueden desaparecer cuando aumenta la competencia.
La apertura comercial genera así un proceso de selección empresarial.
Parte de las ganancias de productividad asociadas al comercio no procede únicamente de que cada empresa se vuelva más eficiente.
Procede también de una reasignación:
las empresas más productivas ganan cuota de mercado,
las menos productivas la pierden,
y algunos recursos se desplazan hacia organizaciones más eficientes.
Esta aportación cambia significativamente la unidad de análisis.
El país deja de ser completamente representable mediante una empresa promedio.
Incluso dentro de una misma industria existe una enorme heterogeneidad.
El concepto de “industria nacional” empieza a ocultar diferencias importantes.
Una economía puede disponer de algunas empresas extremadamente productivas integradas internacionalmente y, al mismo tiempo, de muchas empresas pequeñas orientadas al mercado interno.
Esto tendrá enormes implicaciones posteriormente.
La capacidad exportadora.
La innovación.
La digitalización.
La adopción tecnológica.
Los salarios.
La productividad.
La capacidad para integrarse en cadenas globales.
Todas estas variables pueden depender en gran medida de la estructura empresarial.
El modelo Melitz representa, por tanto, un paso decisivo:
de países que comercian a empresas que participan de manera desigual en el comercio.
Pero incluso este avance seguirá sin describir completamente el mundo que aparecerá después.
Las empresas no solo decidirán si exportan.
Decidirán qué producir internamente.
Qué externalizar.
Dónde localizar cada etapa.
Qué proveedores utilizar.
Dónde desarrollar tecnología.
Dónde almacenar datos.
Cómo organizar propiedad intelectual.
Y cómo construir redes internacionales de producción.
La siguiente transformación será pasar de la empresa exportadora a la empresa como arquitecta de redes globales.
2.7. Empresas multinacionales
Las empresas multinacionales introducen un problema diferente al comercio convencional.
¿Por qué una empresa decide producir directamente en otro país en lugar de fabricar en el suyo y exportar?
Responder a esta pregunta obligó a integrar comercio, inversión extranjera, organización empresarial y localización productiva.
Una empresa puede invertir en otro país para acceder directamente a un mercado.
Puede querer evitar costes de transporte o aranceles.
Puede buscar recursos naturales.
Puede aprovechar costes laborales diferentes.
Puede acceder a conocimiento.
Puede situarse cerca de clientes.
Puede controlar mejor determinadas fases productivas.
Aparece así una distinción importante entre dos grandes estrategias.
La primera es la inversión horizontal.
La empresa replica parte de su producción en diferentes países para atender mercados locales.
En lugar de fabricar todo en un único lugar y exportarlo, produce cerca de los consumidores.
La segunda es la inversión vertical.
La empresa separa distintas fases del proceso productivo y las localiza allí donde resultan más eficientes.
Esta segunda lógica será especialmente importante para comprender posteriormente las cadenas globales de valor.
Durante buena parte del siglo XX, sin embargo, el análisis de la multinacional estuvo más asociado a la empresa que internacionalizaba su producción que a la empresa que descomponía sistemáticamente la cadena de valor global.
La diferencia es importante.
Una empresa estadounidense podía construir una fábrica en Europa para fabricar allí prácticamente el mismo producto que producía en Estados Unidos.
Décadas después, una empresa podría organizar un producto cuyo diseño, software, componentes, propiedad intelectual, ensamblaje y logística estuvieran distribuidos entre numerosos países.
En el primer caso tenemos fundamentalmente una empresa multinacional.
En el segundo comenzamos a tener una red global de producción.
Naturalmente, la frontera nunca es absoluta.
Muchas empresas ya organizaban complejas redes internacionales antes del año 2000.
Pero la extensión, granularidad y profundidad de estas estructuras crecerían extraordinariamente con la revolución digital, la reducción de costes de comunicación, la contenedorización, la apertura de nuevas economías y la incorporación de China al sistema comercial mundial.
Esta transformación será una de las protagonistas de la Parte II.
2.8. Ganadores y perdedores de la apertura comercial
Las diferentes teorías estudiadas en este capítulo conducen a una conclusión que merece ser destacada.
El comercio puede generar ganancias agregadas importantes.
Pero eso no significa que sus efectos sean uniformes.
Ricardo muestra cómo la especialización puede ampliar las posibilidades de consumo.
Heckscher-Ohlin explica cómo las dotaciones condicionan los patrones comerciales.
Stolper-Samuelson introduce los efectos distributivos.
La nueva teoría del comercio añade economías de escala y variedad.
Melitz muestra la reasignación entre empresas.
Cada modelo ilumina una dimensión diferente.
Si combinamos estas perspectivas, aparece una imagen considerablemente más compleja de la apertura.
Los consumidores pueden ganar mediante precios más bajos y mayor variedad.
Las empresas exportadoras pueden crecer.
Las empresas que utilizan inputs importados pueden reducir costes y mejorar su competitividad.
La productividad agregada puede aumentar.
Pero determinadas empresas pueden desaparecer.
Algunos trabajadores pueden perder empleos.
Algunas habilidades pueden depreciarse.
Determinadas regiones pueden experimentar shocks persistentes.
Los propietarios de ciertos factores pueden beneficiarse mientras otros pierden posición relativa.
Y las ganancias agregadas pueden distribuirse de manera extraordinariamente desigual.
Este punto es fundamental porque permite distinguir dos afirmaciones que frecuentemente se confunden.
La primera es:
el comercio puede aumentar el bienestar agregado.
La segunda sería:
el comercio beneficia automáticamente a todos los individuos, empresas y territorios.
La primera cuenta con fundamentos teóricos muy sólidos.
La segunda no se desprende de la teoría económica.
La propia teoría tradicional ya contiene mecanismos suficientes para esperar efectos distributivos.
El problema aparece cuando las pérdidas son más intensas, persistentes o geográficamente concentradas de lo previsto.
Un trabajador desplazado no cambia necesariamente de industria de forma inmediata.
Una ciudad industrial puede tardar décadas en reconstruir su estructura productiva.
Las habilidades adquiridas durante años pueden no resultar transferibles.
El capital físico puede estar ligado a una localización determinada.
La vivienda puede perder valor precisamente cuando sería necesario trasladarse.
Las redes sociales y familiares también limitan la movilidad.
La economía real contiene, por tanto, costes de ajuste, fricciones y dependencia de trayectoria.
Esta observación será esencial cuando analicemos el China Shock.
Una de las grandes aportaciones de esa literatura será mostrar que algunos ajustes locales frente a grandes shocks comerciales pueden ser mucho más lentos y persistentes de lo que una interpretación demasiado simple de los modelos agregados podría sugerir.
La respuesta correcta no consiste en concluir que el comercio es perjudicial.
Consiste en abandonar una falsa dicotomía.
Podemos mantener simultáneamente dos ideas:
la apertura comercial puede generar grandes ganancias agregadas
y
la distribución de esas ganancias y pérdidas puede producir importantes consecuencias económicas, sociales y políticas.
Esta distinción abre además una cuestión institucional.
Si el comercio produce suficientes ganancias agregadas como para compensar a quienes pierden, ¿por qué esa compensación no ocurre siempre?
Porque la existencia teórica de ganancias suficientes no crea automáticamente instituciones capaces de redistribuirlas.
La adaptación requiere:
formación,
protección social,
infraestructuras,
movilidad,
inversión regional,
mercados de vivienda funcionales,
financiación
y nuevas oportunidades empresariales.
La política comercial no puede, por tanto, separarse completamente de la política económica doméstica.
La apertura modifica la estructura productiva.
Y la capacidad de una sociedad para adaptarse depende de las instituciones y mecanismos que transforman ese cambio en nuevas oportunidades.
De la especialización a la estructura productiva
El recorrido realizado en este capítulo permite observar cómo fue ampliándose progresivamente la teoría del comercio internacional.
Ricardo empezó explicando el comercio mediante diferencias relativas de productividad.
Heckscher-Ohlin incorporó las dotaciones factoriales.
Stolper-Samuelson mostró sus consecuencias distributivas.
La nueva teoría del comercio introdujo economías de escala y diferenciación.
El comercio intraindustrial mostró que países similares podían intercambiar productos similares.
Melitz reveló la importancia de las diferencias entre empresas.
La teoría de las multinacionales introdujo las decisiones de localización internacional de la producción.
Cada ampliación descendía un nivel adicional dentro de la estructura económica.
Podemos representarlo como una secuencia:
países → factores → sectores → empresas → localización internacional de la producción.
Esta evolución constituye uno de los grandes logros de la economía internacional.
Y gran parte de sus conclusiones continúa siendo imprescindible.
El coste de oportunidad existe.
La ventaja comparativa importa.
Las dotaciones condicionan las posibilidades productivas.
Los precios relativos generan incentivos.
Las economías de escala transforman mercados.
Las empresas tienen productividades diferentes.
La competencia reasigna recursos.
El comercio produce ganadores y perdedores.
Abandonar estas ideas para construir una supuesta teoría completamente nueva sería un error.
Pero también sería un error detenerse aquí.
Porque la economía internacional del siglo XXI añadirá fenómenos que requieren ampliar de nuevo la unidad de análisis.
La productividad ya no dependerá solamente de la empresa individual, sino también de su posición dentro de redes productivas.
Las dotaciones no serán únicamente capital y trabajo, sino también conocimiento, datos, energía, tecnología, infraestructuras y ecosistemas.
Las economías de escala podrán combinarse con aprendizaje acumulativo y efectos de red.
Las multinacionales no se limitarán a producir en varios mercados; organizarán redes globales de proveedores.
La ventaja comparativa podrá evolucionar como consecuencia de décadas de inversión, aprendizaje e intervención pública.
Y aparecerá una nueva pregunta que las teorías tradicionales no habían necesitado colocar en el centro:
¿qué ocurre cuando una economía eficiente depende para actividades críticas de capacidades concentradas en otra economía?
Esta pregunta no invalida la ventaja comparativa.
Introduce una dimensión adicional:
la estructura de la dependencia.
Del mismo modo, saber que una economía dispone de capital, trabajadores o conocimiento no será suficiente.
Habrá que analizar si dispone de los mecanismos necesarios para convertir esos recursos en capacidades productivas.
Comenzará así a abrirse una transición conceptual:
de las dotaciones a las capacidades,
de la especialización a los ecosistemas,
de las empresas a las redes,
y de los flujos comerciales a la arquitectura que los hace posibles.
Sin embargo, antes de llegar a esta transformación debemos completar el marco intelectual del siglo XX.
Si la teoría del comercio explicaba por qué comerciaban los países, el siguiente problema era inevitable:
¿debe el Estado intervenir en ese comercio y, si lo hace, mediante qué instrumentos?
Esa será la cuestión del próximo capítulo
3. Política comercial en el paradigma clásico
3.1. Libre comercio y bienestar
3.2. Aranceles
3.3. Cuotas
3.4. Subsidios
3.5. Dumping
3.6. Argumentos de industria naciente
3.7. Política comercial estratégica
3.8. GATT, OMC y gobernanza comercial
Si la teoría del comercio internacional intenta responder a la pregunta de por qué comercian los países y qué determina su especialización, la política comercial introduce inmediatamente una segunda cuestión:
¿debe el Estado intervenir en ese comercio?
Durante gran parte del siglo XX, esta pregunta organizó buena parte del debate sobre economía internacional.
La teoría clásica partía de una conclusión poderosa: si el comercio permite aprovechar diferencias de productividad, dotaciones factoriales y economías de escala, entonces la apertura comercial puede aumentar el bienestar agregado.
Pero de esta afirmación no se sigue que cualquier forma de apertura sea siempre óptima, que todos los individuos ganen, que los mercados internacionales funcionen perfectamente o que los Estados carezcan de razones para intervenir.
Desde muy temprano, la teoría económica identificó excepciones, conflictos distributivos y problemas estratégicos.
Los aranceles podían alterar los términos de intercambio.
Las industrias nacientes podían justificar temporalmente algún tipo de protección.
Las economías de escala podían producir ventajas acumulativas.
Los mercados oligopolísticos podían generar rentas que los gobiernos intentaran desplazar hacia empresas nacionales.
Los productores extranjeros podían practicar determinadas formas de discriminación de precios.
Y la apertura podía producir efectos distributivos importantes dentro de cada país.
Por tanto, presentar el paradigma clásico como una oposición sencilla entre libre comercio y proteccionismo sería una simplificación.
La teoría económica fue construyendo algo más sofisticado:
una presunción general favorable al comercio, acompañada de un conjunto de condiciones bajo las cuales la intervención podía estar justificada.
La dificultad no residía únicamente en identificar una posible justificación económica.
Había que responder también a otras preguntas:
¿qué instrumento utilizar?
¿durante cuánto tiempo?
¿quién se beneficia?
¿quién soporta el coste?
¿cómo evitar que la protección temporal se vuelva permanente?
¿cómo impedir que las empresas protegidas capturen la política pública?
Estas preguntas seguirán siendo fundamentales cuando, décadas después, regrese con fuerza la política industrial.
Pero el contexto cambiará.
Durante buena parte del siglo XX, la política comercial se concebía principalmente como un conjunto de intervenciones sobre los flujos de comercio.
Aranceles.
Cuotas.
Subsidios.
Medidas antidumping.
Normas de acceso al mercado.
El Estado modificaba las condiciones bajo las cuales los productos atravesaban las fronteras.
En el siglo XXI, en cambio, la política económica internacional penetrará mucho más profundamente en la estructura productiva:
tecnología,
inversión,
datos,
semiconductores,
minerales críticos,
cadenas de suministro,
subsidios industriales,
estándares,
infraestructuras
y seguridad económica.
Antes de llegar a esa transformación debemos comprender la lógica del paradigma anterior.
3.1. Libre comercio y bienestar
La defensa económica del libre comercio parte de una idea fundamental:
el intercambio voluntario permite a los países utilizar sus recursos de manera más eficiente.
Ricardo mostró que la especialización basada en ventajas comparativas podía ampliar las posibilidades de consumo de todas las economías participantes.
Heckscher-Ohlin relacionó esa especialización con las dotaciones factoriales.
La nueva teoría del comercio añadió economías de escala y mayor variedad.
Melitz incorporaría posteriormente ganancias derivadas de la reasignación hacia empresas más productivas.
Desde diferentes mecanismos, todas estas teorías convergen en una conclusión:
existen razones poderosas para esperar ganancias agregadas de la apertura comercial.
Estas ganancias pueden adoptar formas distintas.
Los consumidores obtienen acceso a bienes más baratos.
Aumenta la variedad disponible.
Las empresas pueden importar inputs de menor coste o mejor calidad.
Los productores más eficientes acceden a mercados mayores.
La competencia puede estimular mejoras de productividad.
La ampliación del mercado permite explotar economías de escala.
Los recursos pueden desplazarse hacia actividades en las que generan mayor valor.
Por ello, el argumento clásico a favor del comercio no depende de una única fuente de ganancia.
Combina:
especialización, competencia, escala, variedad y reasignación de recursos.
Sin embargo, es importante introducir desde el principio una distinción que ya apareció en el capítulo anterior.
Bienestar agregado no significa bienestar uniforme.
Un país puede ganar en conjunto y contener simultáneamente individuos, empresas, factores productivos o territorios que pierden.
Esto significa que existen dos preguntas diferentes:
¿aumenta el comercio la renta o el bienestar agregado?
y
¿cómo se distribuyen esas ganancias y pérdidas?
La teoría clásica respondió con mucha mayor contundencia a la primera que a la segunda.
No porque ignorase completamente los problemas distributivos —Stolper-Samuelson demuestra precisamente lo contrario—, sino porque la defensa del libre comercio descansaba frecuentemente sobre la posibilidad de que las ganancias agregadas permitieran compensar a los perjudicados.
La dificultad, como vimos, es que una compensación posible no equivale a una compensación efectiva.
Esta diferencia será central posteriormente.
Pero incluso dejando a un lado la distribución, el libre comercio no constituye una conclusión absolutamente incondicional.
La propia teoría identifica posibles excepciones.
Una de las más importantes aparece cuando un país posee suficiente peso en los mercados internacionales para influir sobre los precios mundiales.
Un país pequeño normalmente toma los precios internacionales como dados.
Un arancel sobre sus importaciones encarece el producto para sus consumidores sin alterar significativamente el precio mundial.
En ese caso, el coste doméstico de la protección tiende a superar cualquier beneficio.
Pero un país suficientemente grande puede afectar a la demanda mundial.
Si reduce sus importaciones mediante un arancel, puede presionar a la baja el precio internacional del producto importado.
En determinadas condiciones teóricas, esto puede mejorar sus términos de intercambio.
Aparece así la idea del arancel óptimo.
La conclusión es importante porque muestra que la teoría económica no afirma que el libre comercio sea siempre la estrategia unilateralmente óptima para cualquier país.
Pero aparece inmediatamente un problema.
Si varios países grandes intentan mejorar sus términos de intercambio mediante aranceles, pueden desencadenar represalias.
Lo que puede parecer racional para un país individual puede producir un resultado colectivamente peor cuando todos reaccionan de la misma manera.
Aquí surge uno de los argumentos fundamentales a favor de la cooperación comercial internacional:
evitar que políticas individualmente racionales generen resultados colectivamente ineficientes.
GATT y posteriormente la OMC pueden interpretarse, en parte, como instituciones destinadas a resolver este problema de coordinación.
3.2. Aranceles
El arancel es probablemente el instrumento clásico por excelencia de la política comercial.
Consiste en imponer un impuesto sobre un producto importado.
Puede establecerse como una cantidad fija por unidad o como un porcentaje de su valor.
Su mecanismo básico es sencillo.
El arancel aumenta el precio interno del bien importado.
Al subir el precio:
los consumidores demandan menos,
los productores nacionales encuentran más rentable producir,
las importaciones disminuyen,
y el Estado obtiene ingresos fiscales.
Pero detrás de esta aparente sencillez aparecen diferentes efectos económicos.
Consumidores
Los consumidores pierden porque pagan precios más altos.
Algunos reducen su consumo.
Otros continúan comprando el producto pero pagan más por él.
En ambos casos se produce una pérdida de bienestar.
Productores nacionales
Los productores que compiten con las importaciones se benefician.
El aumento del precio interno permite incrementar producción, márgenes o ambos.
El arancel actúa, por tanto, como una transferencia desde consumidores hacia productores protegidos.
Estado
El gobierno recauda ingresos sobre las importaciones que continúan entrando.
Esto diferencia al arancel de algunos otros instrumentos como las cuotas, donde las rentas pueden ser capturadas por agentes privados.
Eficiencia
La protección genera generalmente dos distorsiones.
Por un lado, estimula producción doméstica que, al precio internacional, no sería competitiva.
Por otro, reduce consumo que habría sido beneficioso al precio mundial.
Estas dos pérdidas constituyen el núcleo del coste de eficiencia asociado al arancel en el caso estándar de una economía pequeña.
El análisis clásico permite así comprender algo importante:
la protección no crea simplemente una ganancia para la industria nacional; redistribuye recursos y genera costes.
La existencia de una empresa o sector beneficiado no demuestra que la sociedad en conjunto gane.
Este principio será extremadamente importante cuando posteriormente analicemos subsidios industriales contemporáneos.
La pregunta económica correcta no es simplemente:
¿ha crecido la producción nacional?
Sino:
¿qué recursos se han utilizado, qué alternativas se han sacrificado y qué beneficios adicionales justifican ese coste?
En una economía grande, como vimos anteriormente, aparece una posible ganancia adicional mediante la mejora de los términos de intercambio.
Pero incluso entonces surge una dificultad política.
Los socios comerciales pueden responder.
La utilización estratégica de aranceles puede provocar represalias.
Y una sucesión de represalias puede terminar reduciendo el comercio y el bienestar de todos.
Por tanto, la teoría del arancel contiene ya dos niveles de análisis que serán recurrentes en este libro:
el efecto económico doméstico
y
la reacción del sistema internacional.
Una política nunca puede evaluarse únicamente suponiendo que los demás actores permanecerán pasivos.
3.3. Cuotas
Las cuotas constituyen otro de los instrumentos tradicionales de política comercial.
En lugar de gravar las importaciones, el Estado limita directamente la cantidad que puede entrar en el país.
Desde una perspectiva inicial, arancel y cuota pueden parecer instrumentos similares.
Ambos restringen importaciones.
Ambos elevan el precio interno.
Ambos favorecen a los productores nacionales.
Ambos perjudican a los consumidores.
Pero existe una diferencia fundamental:
¿quién captura la renta creada por la restricción?
Con un arancel, el Estado recauda ingresos fiscales.
Con una cuota, el derecho a importar una cantidad limitada adquiere valor económico.
Ese valor constituye una renta de cuota.
Dependiendo de cómo se distribuyan las licencias de importación, esa renta puede quedar en manos de:
empresas importadoras,
productores extranjeros,
intermediarios
o el propio Estado si subasta los derechos.
Esta diferencia ayuda a explicar por qué instrumentos aparentemente equivalentes pueden producir consecuencias políticas distintas.
Una cuota puede generar grupos privados interesados en conservar la restricción porque obtienen directamente una renta.
Además, las cuotas tienen una característica adicional.
Un arancel mantiene una relación relativamente estable entre precio internacional y precio interno.
Si aumenta la demanda doméstica, pueden crecer las importaciones pagando el arancel.
Una cuota, en cambio, fija una cantidad máxima.
Si aumenta la demanda, el precio interno puede subir considerablemente porque la oferta importada no puede responder.
Por ello, las cuotas pueden producir efectos de precio más rígidos y generar mayor poder de mercado para productores nacionales.
Durante el siglo XX aparecieron también formas particulares de restricciones cuantitativas, como las denominadas restricciones voluntarias a la exportación.
En estos casos, el país exportador aceptaba limitar sus ventas para evitar medidas comerciales más duras del país importador.
Desde una perspectiva económica, el resultado podía parecer similar al de una cuota.
Pero las rentas podían ser capturadas por los productores extranjeros autorizados a exportar.
Esto proporciona otra enseñanza general:
el diseño institucional del instrumento comercial importa tanto como su objetivo declarado.
Dos políticas que reducen las importaciones en la misma cantidad pueden distribuir las rentas de forma completamente diferente.
3.4. Subsidios
La política comercial clásica no se limitaba a restringir importaciones.
Los Estados también podían apoyar directamente a productores nacionales mediante subsidios.
Un subsidio puede adoptar múltiples formas:
transferencias directas,
ventajas fiscales,
créditos preferenciales,
garantías,
apoyo a la exportación
o ayudas específicas a determinadas actividades.
Desde el punto de vista tradicional, los subsidios planteaban una cuestión diferente a los aranceles.
Un arancel protege al productor aumentando el precio pagado por el consumidor.
Un subsidio puede apoyar la producción sin elevar necesariamente el precio doméstico del bien en la misma medida.
Por tanto, si el objetivo consiste específicamente en aumentar producción nacional, un subsidio puede ser menos distorsionador que un arancel.
Pero esto no significa que sea gratuito.
El coste simplemente cambia de lugar.
En vez de aparecer directamente en el precio pagado por el consumidor, aparece en el presupuesto público.
Los contribuyentes financian la ayuda.
Y vuelve a surgir el problema fundamental:
¿qué justifica esa transferencia?
Si el Estado subsidia indefinidamente una actividad que consume más recursos de los que genera en valor social, la política reduce el bienestar aunque aumente producción y empleo en el sector beneficiado.
Pero pueden existir situaciones en las que el valor social de una actividad sea superior al beneficio privado capturado por la empresa.
Por ejemplo:
aprendizaje,
investigación,
formación de trabajadores,
infraestructuras compartidas,
difusión tecnológica
o creación de proveedores especializados.
Estos son casos de externalidades.
Si una empresa no puede apropiarse de todos los beneficios que genera su inversión, puede invertir menos de lo socialmente deseable.
El subsidio puede entonces corregir un fallo de mercado.
Esta distinción será fundamental en la política industrial moderna.
La pregunta relevante no es:
¿subsidios sí o no?
Sino:
¿qué fallo de mercado corrige el subsidio y por qué ese instrumento es adecuado para corregirlo?
Hay, además, una dificultad internacional.
Un subsidio puede aumentar la competitividad de una empresa nacional a costa de productores extranjeros.
Cuando varios gobiernos subsidian simultáneamente sectores semejantes pueden aparecer carreras de ayudas públicas.
La competencia deja entonces de producirse únicamente entre empresas.
Empieza a producirse también entre gobiernos.
Esta posibilidad ya estaba presente en el análisis clásico.
Pero adquirirá una dimensión mucho mayor en el siglo XXI.
3.5. Dumping
El dumping es uno de los conceptos más utilizados y, al mismo tiempo, más ambiguos del debate comercial.
En términos generales, se refiere a situaciones en las que una empresa vende un producto en un mercado extranjero a un precio inferior al utilizado en determinadas referencias de su mercado doméstico o, según el criterio aplicado, inferior a una medida considerada normal de su valor o coste.
Desde el punto de vista económico, pueden existir varias razones para esta conducta.
Una empresa puede discriminar precios entre mercados.
Puede disponer de poder de mercado diferente en cada país.
Puede intentar utilizar capacidad ociosa.
Puede responder a fluctuaciones de demanda.
Puede vender temporalmente a precios bajos para aumentar cuota de mercado.
En casos extremos, podría intentar expulsar competidores para aumentar posteriormente precios, aunque demostrar esta estrategia predatoria resulta mucho más difícil que simplemente observar precios bajos.
Esta distinción es importante.
Precios bajos no significan automáticamente comportamiento anticompetitivo.
Para los consumidores del país importador, comprar productos baratos puede generar un beneficio inmediato.
El problema aparece si esos precios responden a prácticas que destruyen competencia viable y permiten posteriormente ejercer poder de mercado, o si se producen bajo condiciones que las reglas internacionales consideran incompatibles con una competencia comercial aceptable.
Las políticas antidumping aparecieron precisamente para permitir que los países respondieran a determinadas situaciones consideradas desleales.
Pero desde una perspectiva económica existen riesgos.
Las medidas antidumping pueden convertirse en una forma de proteccionismo.
Una industria nacional puede utilizar procedimientos jurídicos para limitar la competencia exterior incluso cuando los consumidores estén beneficiándose de precios inferiores.
Por ello, el dumping constituye un buen ejemplo de una tensión que aparecerá repetidamente:
competencia intensa y competencia desleal no son necesariamente lo mismo.
Esta distinción será todavía más compleja cuando posteriormente analicemos la sobrecapacidad industrial.
El dumping clásico suele analizar el comportamiento de una empresa o producto concreto.
La economía internacional contemporánea planteará una cuestión diferente:
¿qué ocurre cuando grandes sistemas industriales generan persistentemente una capacidad productiva muy superior a su demanda interna y esa capacidad se proyecta hacia los mercados internacionales?
No responderemos todavía a esa pregunta.
Pero conviene mantener clara la diferencia entre dumping empresarial clásico y los problemas sistémicos de capacidad que aparecerán posteriormente
3.6. Argumentos de industria naciente
Uno de los argumentos históricos más importantes a favor de la protección es el de la industria naciente.
Su lógica parte de una observación sencilla.
Una industria nueva puede tener costes elevados precisamente porque todavía es nueva.
Sus trabajadores no han acumulado experiencia.
Los proveedores especializados todavía no existen.
Las empresas no han alcanzado suficiente escala.
Las infraestructuras son incompletas.
La tecnología todavía está desarrollándose.
Si esa industria debe competir inmediatamente con productores extranjeros que llevan décadas acumulando conocimientos, puede desaparecer antes de alcanzar una escala eficiente.
La protección temporal podría permitir entonces un proceso de aprendizaje.
La secuencia sería:
protección inicial → producción → aprendizaje → aumento de productividad → competitividad → retirada de la protección.
En estas condiciones, una actividad que hoy no coincide con la ventaja comparativa existente podría convertirse mañana en competitiva.
Este argumento introduce directamente una cuestión que ya apareció en el capítulo anterior:
la ventaja comparativa puede ser dinámica.
Las capacidades productivas no tienen necesariamente que considerarse dadas.
Pueden construirse.
Históricamente, este argumento estuvo asociado a figuras como Alexander Hamilton y Friedrich List y posteriormente ocupó un lugar importante en los debates sobre desarrollo económico.
Pero existe un problema fundamental.
Prácticamente cualquier sector puede presentarse como industria naciente.
Y las empresas protegidas tienen incentivos para sostener que todavía necesitan más tiempo.
Una medida temporal puede convertirse en permanente.
La ausencia de competencia puede reducir los incentivos para mejorar productividad.
La protección puede generar rentas.
Los grupos beneficiados pueden adquirir influencia política.
Surge entonces un problema de economía política.
El gobierno debe ser capaz de distinguir entre:
una industria temporalmente poco productiva porque está aprendiendo,
y
una industria permanentemente poco productiva que sobrevive exclusivamente gracias a la protección.
Esta distinción es extraordinariamente difícil.
Por ello, una buena política de industria naciente requeriría al menos cuatro condiciones:
potencial real de aprendizaje;
externalidades que justifiquen la intervención;
disciplina competitiva;
y capacidad de retirar el apoyo cuando no aparecen resultados.
La experiencia internacional muestra resultados muy diferentes.
Algunas estrategias de industrialización protegida generaron industrias poco competitivas y dependientes permanentemente del Estado.
Otras políticas, especialmente cuando combinaron apoyo con disciplina exportadora y competencia, contribuyeron a procesos de transformación productiva muy importantes.
Esto nos obliga a evitar dos simplificaciones opuestas.
La primera sería afirmar que cualquier protección destruye eficiencia.
La segunda, que basta con proteger una industria para crear una ventaja comparativa.
Ambas son incorrectas.
La cuestión decisiva es comprender qué mecanismos convierten protección, inversión y aprendizaje en capacidades productivas sostenibles.
Esta pregunta nos acercará posteriormente al núcleo del marco RMS.
3.7. Política comercial estratégica
Durante los años ochenta, la nueva teoría del comercio abrió una posibilidad adicional.
Si determinados sectores están caracterizados por:
economías de escala,
competencia imperfecta,
pocas empresas
y grandes rentas,
la intervención pública podría alterar la distribución internacional de esas rentas.
Esta idea dio lugar a la denominada política comercial estratégica.
El razonamiento puede entenderse mediante un sector oligopolístico internacional.
Supongamos que solo existen unas pocas empresas capaces de competir en un mercado mundial debido a las enormes inversiones iniciales necesarias.
Si una empresa logra entrar y alcanzar escala, puede obtener beneficios elevados.
Un subsidio del gobierno podría permitir a una empresa nacional expandirse antes que su competidora extranjera y capturar una mayor parte del mercado.
Desde el punto de vista nacional, el gobierno podría intentar desplazar rentas desde empresas extranjeras hacia empresas domésticas.
La intervención no se justificaría necesariamente por una industria naciente ni por una externalidad tradicional.
Se justificaría por la estructura estratégica del mercado internacional.
Esta conclusión resultaba intelectualmente importante.
La nueva teoría del comercio había mostrado que los mercados no siempre se parecían al mundo de competencia perfecta.
Existían industrias donde:
la escala importaba,
la entrada era difícil,
los beneficios podían ser extraordinarios
y las decisiones de una empresa alteraban directamente las decisiones de otra.
En estos sectores, la política pública podía influir sobre la posición internacional de las empresas.
Pero nuevamente aparecieron fuertes límites.
El gobierno necesita una enorme cantidad de información.
Debe saber:
qué industria tendrá rentas extraordinarias,
qué empresa posee realmente potencial,
cómo responderán sus competidores,
cómo reaccionarán otros gobiernos,
y qué efectos tendrá la intervención sobre el resto de la economía.
Además, si varios países aplican simultáneamente políticas estratégicas, pueden terminar neutralizándose entre sí mientras aumentan el coste fiscal.
Existe igualmente riesgo de captura.
Las empresas tienen incentivos para presentar sus intereses particulares como intereses nacionales.
Por tanto, la política comercial estratégica no eliminó la presunción favorable al libre comercio.
Introdujo una importante excepción teórica, pero simultáneamente mostró por qué una intervención posible en el modelo puede resultar mucho más difícil en la práctica.
Esta cautela será importante cuando posteriormente analicemos la nueva política industrial.
El problema del siglo XXI no será simplemente que hayan regresado los subsidios.
Será que sectores caracterizados precisamente por enormes economías de escala, tecnologías estratégicas, aprendizaje acumulativo y competencia oligopolística —semiconductores, inteligencia artificial, baterías, tecnologías verdes— están ocupando posiciones centrales dentro de las estrategias nacionales.
Muchas de las preguntas planteadas por la política comercial estratégica regresarán.
Pero lo harán dentro de un contexto geopolítico mucho más complejo.
3.8. GATT, OMC y gobernanza comercial
La teoría económica puede explicar las ganancias potenciales del comercio.
Pero convertir esas ganancias en un sistema internacional estable requiere instituciones.
El problema fundamental es sencillo.
Cada país puede tener incentivos para proteger determinados sectores.
Puede intentar mejorar sus términos de intercambio.
Puede responder a presiones domésticas.
Puede utilizar medidas comerciales contra sus competidores.
Si todos actúan unilateralmente, el resultado puede ser una escalada de barreras y represalias.
La experiencia de los años treinta había mostrado hasta qué punto estas dinámicas podían resultar destructivas.
Por ello, la construcción del sistema comercial de posguerra buscó crear reglas que limitaran el comportamiento unilateral.
El GATT, establecido en 1947, proporcionó el marco principal durante casi medio siglo.
Su arquitectura descansaba sobre algunos principios fundamentales.
Uno de ellos era la no discriminación.
La cláusula de nación más favorecida buscaba evitar que los países aplicaran arbitrariamente condiciones comerciales distintas entre socios.
Otro principio era el trato nacional.
Una vez que un producto extranjero había entrado legalmente en un mercado, debía recibir un trato comparable al de los productos nacionales en determinados ámbitos regulatorios.
Las sucesivas rondas de negociación redujeron progresivamente los aranceles.
El sistema contribuyó así a crear expectativas relativamente estables sobre las condiciones de acceso a los mercados.
Esto tiene una importancia económica considerable.
Las empresas no invierten únicamente en función de los aranceles actuales.
También les importa la previsibilidad.
Una fábrica destinada a exportar requiere inversiones que pueden tardar años en recuperarse.
Si las reglas comerciales pueden modificarse arbitrariamente en cualquier momento, la incertidumbre reduce los incentivos para invertir.
Las instituciones comerciales proporcionaban, por tanto, algo más que reducción de barreras.
Proporcionaban credibilidad y estabilidad.
Pero el GATT tenía límites.
Había sido diseñado principalmente alrededor del comercio de bienes.
La agricultura permanecía parcialmente fuera de muchas disciplinas.
Los servicios adquirían una importancia creciente.
La propiedad intelectual comenzaba a estar profundamente vinculada al comercio internacional.
Las inversiones y cadenas productivas eran cada vez más complejas.
Estas transformaciones desembocaron en la Ronda Uruguay y posteriormente, en 1995, en la creación de la Organización Mundial del Comercio.
La OMC amplió significativamente el alcance de la gobernanza comercial.
El sistema pasó a incluir de manera más explícita:
comercio de bienes,
servicios,
propiedad intelectual
y un mecanismo de solución de diferencias mucho más institucionalizado.
La creación de la OMC representó uno de los momentos culminantes del paradigma de liberalización multilateral.
El supuesto subyacente era que un sistema basado en reglas podía permitir a economías muy distintas integrarse progresivamente.
Los países podían especializarse.
Las empresas podían internacionalizarse.
Los consumidores podían beneficiarse.
Las controversias podían canalizarse mediante procedimientos institucionales en lugar de represalias unilaterales.
Esta arquitectura desempeñó un papel extraordinariamente importante en la expansión del comercio mundial.
Pero contenía también una hipótesis implícita que adquirirá enorme relevancia posteriormente:
economías con sistemas institucionales, productivos y políticos muy diferentes podían integrarse dentro de un mismo conjunto de reglas comerciales sin que esas diferencias terminaran cuestionando el funcionamiento del sistema.
Durante los años noventa, esta hipótesis parecía plausible.
La liberalización comercial coincidía con un momento histórico caracterizado por una gran confianza en:
la integración económica,
la expansión de los mercados,
la convergencia institucional
y la capacidad de las reglas multilaterales para gestionar los conflictos.
La entrada de China en la OMC en 2001 representaría la expresión máxima de esta lógica.
Pero también abriría uno de los mayores experimentos económicos de la historia contemporánea:
integrar plenamente dentro del sistema comercial mundial a una economía de enorme escala, con una estructura institucional, financiera e industrial muy distinta de la de las principales economías occidentales.
Las consecuencias superarían ampliamente las previstas por el paradigma comercial de finales del siglo XX.
De la política comercial a la gobernanza de la apertura
El recorrido de este capítulo permite extraer una conclusión importante.
La política comercial clásica era mucho más sofisticada que la simple oposición:
libre comercio frente a proteccionismo.
La teoría partía de una presunción favorable a la apertura porque el comercio podía generar importantes ganancias de eficiencia.
Pero identificaba simultáneamente:
efectos distributivos,
términos de intercambio,
externalidades,
economías de escala,
industrias nacientes,
competencia oligopolística,
dumping
y conflictos estratégicos.
El problema central no era si el Estado debía intervenir siempre o nunca.
La cuestión era:
bajo qué condiciones una intervención podía mejorar el resultado y qué riesgos introducía esa intervención.
Esta estructura intelectual continúa siendo extraordinariamente útil.
Los aranceles generan costes.
Las cuotas crean rentas.
Los subsidios necesitan financiación.
La protección puede favorecer aprendizaje o preservar ineficiencia.
Las empresas pueden capturar la política.
Las represalias pueden convertir una ventaja unilateral en una pérdida colectiva.
La política estratégica exige información que los gobiernos pueden no poseer.
Todos estos mecanismos continuarán existiendo en el siglo XXI.
Por ello, el retorno de la política industrial o de la seguridad económica no invalida las enseñanzas clásicas.
Las hace todavía más relevantes.
Pero el objeto sobre el que actúa la política está cambiando.
En el paradigma tradicional, el problema podía representarse principalmente como:
Estado → instrumento comercial → flujo de importaciones o exportaciones.
El instrumento típico actuaba en la frontera.
En la economía contemporánea aparecerá una estructura mucho más amplia:
Estado → financiación → tecnología → inversión → producción → proveedores → datos → infraestructuras → comercio → seguridad.
La política económica internacional dejará de limitarse a regular lo que cruza la frontera.
Intentará influir directamente sobre qué capacidades existen antes de que el producto llegue a esa frontera.
Esta diferencia será fundamental.
Un arancel intenta modificar el precio relativo de una importación.
Una política industrial intenta modificar la estructura productiva futura.
Un control de exportación tecnológica intenta impedir que otro país desarrolle determinadas capacidades.
Una restricción a la inversión intenta controlar quién puede poseer activos estratégicos.
Una política de minerales críticos intenta modificar la dependencia de una cadena.
La transición que observaremos posteriormente será, por tanto:
de la política comercial a la política económica exterior;
de intervenir sobre flujos a intervenir sobre capacidades;
de proteger mercados a gestionar dependencias;
y de la competencia entre productos a la competencia entre sistemas productivos.
Pero esa transformación solo podrá comprenderse adecuadamente si mantenemos una lección central del paradigma clásico:
toda intervención tiene un coste de oportunidad y toda política debe evaluarse comparando sus beneficios con los recursos, distorsiones y reacciones que genera.
Ese principio será uno de los contrapesos fundamentales cuando posteriormente analicemos la nueva política industrial.
Antes de llegar allí debemos completar todavía otra pieza esencial del mundo económico construido durante la segunda mitad del siglo XX.
Hasta ahora hemos estudiado:
por qué comercian los países,
cómo se distribuyen las ganancias,
y cómo pueden intervenir los gobiernos.
Falta analizar cómo se conectan las economías mediante:
ahorro, inversión, dinero, tipos de cambio, balanzas de pagos y movimientos de capital.
Ese será el objeto del siguiente capítulo
4. La macroeconomía internacional clásica
4.1. Balanza de pagos
4.2. Ahorro, inversión y cuenta corriente
4.3. Tipos de cambio
4.4. Paridad del poder adquisitivo
4.5. Modelos monetarios y de activos
4.6. Overshooting
4.7. Regímenes cambiarios
4.8. Crisis de deuda y crisis cambiarias
Hasta ahora hemos analizado tres dimensiones fundamentales del mundo económico internacional de la segunda mitad del siglo XX.
Primero, el orden institucional dentro del cual se desarrolló la economía internacional.
Segundo, las teorías que explicaban por qué los países comerciaban y cómo se especializaban.
Tercero, los instrumentos mediante los cuales los gobiernos podían intervenir sobre esos flujos comerciales.
Falta una cuarta dimensión esencial:cómo se conectan las economías mediante ahorro, inversión, dinero, tipos de cambio y movimientos de capital.
Esta es la esfera de la macroeconomía internacional.
Mientras la teoría del comercio analiza principalmente la asignación de recursos entre sectores y países, la macroeconomía internacional estudia las relaciones entre:
producción, gasto, ahorro, inversión, cuenta corriente, flujos financieros, tipos de interés, monedas y reservas internacionales.
Durante buena parte del siglo XX, este análisis se construyó alrededor de una unidad básica relativamente clara:
la economía nacional abierta.
Cada país disponía de:una moneda,un banco central,una política fiscal,un sistema financiero,una balanza de pagosy una determinada relación con el resto del mundo.
El problema fundamental consistía en comprender cómo interactuaban esas economías nacionales entre sí.
El enfoque clásico desarrolló herramientas extraordinariamente poderosas para responder a estas preguntas.
La contabilidad de la balanza de pagos permitió relacionar ahorro, inversión y cuenta corriente.
Los modelos de tipos de cambio analizaron cómo las monedas responden a inflación, tipos de interés, expectativas y movimientos de capital.
Mundell y Fleming mostraron cómo el régimen cambiario y la movilidad de capital condicionan la eficacia de la política económica.
Dornbusch explicó por qué los tipos de cambio podían reaccionar con mucha mayor velocidad que los precios internos.
Las crisis latinoamericanas, mexicana y asiática obligaron posteriormente a incorporar deuda externa, credibilidad, balances y sudden stops
Como ocurrió con la teoría del comercio, el marco se fue ampliando a medida que cambiaba la realidad.
Y, nuevamente, buena parte de sus mecanismos continúa siendo imprescindible.
La cuestión que aparecerá más adelante no será si estas relaciones dejaron de existir.
Será si basta con representar el sistema financiero internacional como una suma de economías nacionales conectadas por flujos de capital.
El siglo XXI obligará a añadir otras dimensiones:jerarquía monetaria,moneda dominante,balances internacionales en dólares,intermediación financiera global,redes bancarias transfronterizas,precios mundiales de los activosy ciclos financieros comunes.
Pero antes debemos comprender el marco sobre el que se construirán esas ampliaciones.
4.1. Balanza de pagos y contabilidad nacional
La balanza de pagos constituye uno de los pilares de la macroeconomía internacional.
Su importancia deriva de algo aparentemente sencillo:
toda transacción internacional tiene una contrapartida.
Si una economía importa bienes, debe financiarlos de algún modo.
Puede exportar otros bienes.
Puede prestar servicios.
Puede recibir rentas del exterior.
Puede vender activos.
Puede endeudarse.
Puede utilizar reservas acumuladas anteriormente.
Por ello, comercio y finanzas internacionales están inevitablemente conectados.
La balanza de pagos permite registrar esas relaciones.
Tradicionalmente se distingue entre:cuenta corriente ycuenta financiera o de capital, según la clasificación utilizada.
La cuenta corriente recoge principalmente:exportaciones e importaciones de bienes y servicios,
rentas recibidas y pagadas al exterior,y determinadas transferencias.
La cuenta financiera registra los movimientos internacionales de activos y pasivos.Inversión directa.Inversión de cartera.Préstamos.Depósitos.Reservas.
La contabilidad internacional conduce a una identidad fundamental.
Cuando una economía gasta más de lo que produce, necesita financiar esa diferencia mediante ahorro externo.
Cuando produce más de lo que gasta, acumula activos sobre el resto del mundo.
De forma equivalente, la cuenta corriente está relacionada con la diferencia entre ahorro nacional e inversión interna.
Si un país ahorra más de lo que invierte:Ahorro > Inversión
tenderá a registrar un superávit por cuenta corriente.
Si invierte o gasta más de lo que ahorra:Inversión > Ahorro tenderá a registrar un déficit.
Esta relación constituye una identidad contable.
No depende de una teoría concreta.
Siempre debe cumplirse.
Y precisamente por ello continúa siendo una de las herramientas más poderosas de la economía internacional.
Un déficit comercial no puede analizarse únicamente observando aranceles o competitividad.
Está relacionado también con:ahorro privado,ahorro público,inversión,consumo y posición fiscal.
Del mismo modo, un superávit exterior persistente refleja una economía que genera más ahorro del que absorbe mediante inversión doméstica.
Esta perspectiva ayudó a desplazar el análisis desde una visión puramente comercial hacia otra macroeconómica.
Las exportaciones y las importaciones no son únicamente decisiones de empresas individuales.
Forman parte del equilibrio entre producción y gasto agregado.
La cuenta corriente como intercambio intertemporal
Una ampliación importante consistió en interpretar la cuenta corriente como una forma de comercio a través del tiempo.
Una economía puede endeudarse hoy para financiar una inversión que aumentará su producción futura.
En ese caso, un déficit por cuenta corriente no tiene por qué reflejar necesariamente un problema.
Puede permitir trasladar consumo o inversión entre períodos.
Una economía joven, con grandes oportunidades de inversión, podría racionalmente importar capital desde economías más maduras con abundante ahorro.
Desde esta perspectiva, los mercados financieros internacionales permiten separar temporalmente:
el momento en que se genera el ahorro y el momento en que se utiliza para invertir.
El capital debería fluir, en principio, hacia los lugares donde obtiene mayor rendimiento.
Esta idea conecta directamente con la lógica de eficiencia que ya encontramos en la teoría del comercio.
Así como los bienes deberían dirigirse hacia los mercados donde son más valorados, el ahorro internacional debería dirigirse hacia las inversiones más productivas.
Pero esta visión también contiene una advertencia.
La sostenibilidad de un déficit depende de para qué se utiliza la financiación recibida.
No es lo mismo endeudarse para:crear capacidad productiva,infraestructuraso actividades capaces de generar ingresos futuros,
que hacerlo para financiar:consumo insostenible,burbujas inmobiliarias o déficits permanentes sin aumento de capacidad productiva.
Por tanto, la identidad contable no explica por sí sola la calidad económica de los flujos.
Dos países pueden tener el mismo déficit por cuenta corriente y encontrarse en situaciones radicalmente distintas.
Esta diferencia entre cantidad de financiación y uso de la financiación será crucial en el análisis de las crisis.
Del equilibrio contable al problema de los desequilibrios
La macroeconomía clásica trataba los saldos exteriores principalmente mediante relaciones entre ahorro e inversión.
Esta interpretación sigue siendo correcta.
Pero más adelante aparecerá una cuestión adicional.
¿Qué ocurre cuando determinadas grandes economías mantienen durante décadas superávits muy elevados mientras otras acumulan déficits persistentes?
Desde una perspectiva contable, no existe contradicción.
Los superávits de unas economías deben corresponder necesariamente a déficits de otras.
Pero desde una perspectiva sistémica aparecerán nuevas preguntas:
¿cómo se genera ese exceso de ahorro?
¿qué papel desempeñan la distribución de la renta, el consumo doméstico y la inversión?
¿qué países absorben la demanda que otros no generan internamente?
¿qué consecuencias producen estos desequilibrios sobre empleo, deuda y tipos de cambio?
Estas preguntas no invalidarán la identidad ahorro-inversión.
La utilizarán como punto de partida para ampliar el análisis.
4.2. Tipos de cambio: dinero, activos y expectativas
El tipo de cambio es uno de los precios más importantes de una economía abierta.
Determina la relación entre una moneda y otra.
Pero, al mismo tiempo, conecta:
precios,
salarios,
competitividad,
tipos de interés,
flujos de capital,
expectativas
y política monetaria.
Por ello, explicar los tipos de cambio se convirtió en uno de los grandes desafíos de la macroeconomía internacional.
Paridad del poder adquisitivo
Una de las aproximaciones más antiguas es la paridad del poder adquisitivo.
Su intuición es sencilla.
Si un mismo conjunto de bienes cuesta persistentemente mucho más en un país que en otro, existirán incentivos para comprar donde resulta más barato y vender donde resulta más caro.
A largo plazo, estos procesos deberían ejercer presión para aproximar los niveles de precios expresados en una moneda común.
La versión más fuerte de esta idea sostiene que el tipo de cambio debería igualar el poder adquisitivo de las monedas.
La versión relativa se centra en los cambios.
Si una economía experimenta persistentemente una inflación superior a otra, su moneda debería tender a depreciarse en el largo plazo.
La PPP proporciona así una referencia importante para analizar tendencias de largo plazo.
Pero funciona mucho peor para explicar movimientos de corto y medio plazo.
Las razones son numerosas.
Muchos bienes y servicios no se comercian internacionalmente.
Existen costes de transporte.
Barreras comerciales.
Impuestos.
Diferencias de calidad.
Precios administrados.
Y, sobre todo, los mercados financieros pueden modificar los tipos de cambio mucho más rápidamente que los mercados de bienes.
Esto llevó a interpretar cada vez más las monedas no solo como precios relativos de bienes, sino como precios de activos financieros.
Paridad de intereses y movimientos de capital
Si los inversores pueden elegir entre activos denominados en diferentes monedas, compararán sus rentabilidades esperadas.
Un depósito en euros puede ofrecer un determinado tipo de interés.
Un activo en dólares puede ofrecer otro.
Pero el rendimiento final dependerá también de cómo evolucione el tipo de cambio.
Esta lógica conduce a la paridad descubierta de intereses.
En un mundo sin importantes barreras financieras y bajo determinadas condiciones, la diferencia entre los tipos de interés de dos países debería estar relacionada con la variación esperada del tipo de cambio.
Si un activo estadounidense ofrece una rentabilidad superior a uno europeo, los inversores estarán dispuestos a comprarlo si esperan que la posible evolución del dólar no elimine esa ventaja.
Los tipos de cambio comienzan así a depender intensamente de las expectativas.
No solamente importa lo que ocurre hoy.
Importa lo que los inversores esperan que ocurra mañana.
Tipos de interés futuros.
Inflación futura.
Política monetaria futura.
Riesgo futuro.
Esta característica ayuda a explicar por qué los tipos de cambio pueden moverse de forma brusca incluso sin grandes cambios contemporáneos en comercio o producción.
Los mercados financieros reaccionan a nueva información prácticamente de inmediato.
El overshooting de Dornbusch
Uno de los grandes avances de la macroeconomía internacional fue el modelo de overshooting desarrollado por Rüdiger Dornbusch.
Su importancia deriva de reconocer que diferentes precios se ajustan a velocidades distintas.
Los mercados financieros reaccionan muy rápidamente.
Los precios y salarios de bienes y servicios lo hacen más lentamente.
Supongamos que un banco central aumenta la oferta monetaria.
Los tipos de interés pueden caer rápidamente.
Los inversores desplazan fondos hacia activos extranjeros.
La moneda se deprecia.
Pero como los precios internos todavía no han tenido tiempo de aumentar, la depreciación inicial puede ser mayor que la necesaria en el equilibrio de largo plazo.
Posteriormente, a medida que los precios domésticos suben, el tipo de cambio puede recuperar parcialmente terreno.
La moneda sobrerreacciona inicialmente.
Esta explicación permitió comprender una característica fundamental del sistema de tipos de cambio flexibles:
los tipos de cambio pueden ser mucho más volátiles que los precios de bienes y servicios.
La volatilidad no necesita ser simplemente irracional.
Puede surgir de la combinación entre:
mercados financieros rápidos
y
mercados de bienes más lentos.
Este modelo representó además un cambio profundo de perspectiva.
La macroeconomía internacional debía estudiar simultáneamente mercados reales y financieros.
La moneda era un precio macroeconómico, pero también el precio de un activo sujeto a expectativas.
4.3. Sistemas monetarios internacionales y autonomía económica
La historia monetaria internacional puede interpretarse como una búsqueda permanente de equilibrio entre tres objetivos:
estabilidad cambiaria, movilidad de capital y autonomía de política monetaria.
El problema es que los tres no pueden alcanzarse plenamente al mismo tiempo.
Esta incompatibilidad se conoce como trilema monetario o trinidad imposible.
Un país puede elegir:
tipos de cambio fijos
y
movilidad de capital,
pero entonces debe renunciar en gran medida a una política monetaria independiente.
Puede elegir:
movilidad de capital
y
autonomía monetaria,
pero deberá permitir que el tipo de cambio fluctúe.
O puede mantener:
tipo de cambio fijo
y
autonomía monetaria,
pero necesitará limitar los movimientos internacionales de capital.
Bretton Woods escogió fundamentalmente esta tercera combinación.
Los controles de capital permitían preservar cierto margen de política económica mientras se mantenían tipos de cambio relativamente estables.
Tras el colapso de Bretton Woods, las principales economías avanzadas se desplazaron progresivamente hacia otra combinación:
movilidad de capital + autonomía monetaria + tipos de cambio flexibles.
En teoría, la flotación liberaba al banco central de la obligación permanente de defender una paridad.
La política monetaria podía concentrarse en objetivos internos como inflación y actividad económica.
El tipo de cambio absorbería parte de los ajustes externos.
Esta transición transformó la política económica internacional.
Mundell-Fleming y la economía abierta
El modelo Mundell-Fleming proporcionó uno de los marcos clásicos para analizar estas relaciones.
Puede entenderse como una extensión de la macroeconomía keynesiana a una economía abierta.
Su mensaje fundamental es que la eficacia de la política monetaria y fiscal depende del régimen cambiario y del grado de movilidad de capital.
Con tipos de cambio fijos y elevada movilidad de capital, una política monetaria autónoma resulta difícil de mantener.
Si el banco central reduce los tipos de interés, los capitales pueden salir del país.
Para defender el tipo de cambio, la autoridad monetaria deberá intervenir y terminar neutralizando parte de su propia expansión.
Bajo tipos flexibles, el mecanismo cambia
Una reducción de tipos puede provocar salida de capital y depreciación de la moneda.
La depreciación puede estimular exportaciones netas, reforzando el efecto expansivo.
La política fiscal también produce efectos diferentes dependiendo del régimen.
La importancia del modelo no reside únicamente en cada resultado específico.
Reside en mostrar que la política económica de una economía abierta depende de la arquitectura internacional dentro de la que opera.
Una misma medida doméstica puede producir resultados muy distintos bajo diferentes regímenes monetarios.
De Bretton Woods a la flotación
El final del sistema de Bretton Woods inauguró un mundo en el que las principales monedas podían experimentar amplias fluctuaciones.
El dólar.
El marco alemán.
El yen.
La libra.
Posteriormente el euro.
Las variaciones cambiarias comenzaron a desempeñar un papel mucho mayor en el ajuste internacional.
En teoría, una economía con déficit exterior podía experimentar depreciación.
Sus exportaciones se volverían relativamente más competitivas.
Las importaciones más caras.
La demanda se desplazaría progresivamente hacia producción nacional.
De manera inversa, una economía con superávit podría experimentar apreciación.
El tipo de cambio funcionaría así como mecanismo de ajuste.
Pero la realidad mostró que estos mecanismos podían ser lentos, incompletos e inestables.
Las monedas podían desviarse durante largos períodos de los niveles sugeridos por los fundamentos comerciales.
Los movimientos de capital podían dominar temporalmente a los flujos de bienes.
Las expectativas podían generar grandes oscilaciones.
Y algunos países intentaban limitar las variaciones de sus monedas.
El sistema monetario posterior a Bretton Woods no fue, por tanto, un mundo simple de flotación pura.
Se desarrolló una gran variedad de regímenes:
flotación,
flotación administrada,
bandas cambiarias,
tipos fijos,
currency boards
y uniones monetarias.
Cada sistema ofrecía distintas combinaciones de estabilidad y autonomía.
El experimento europeo
Europa constituye un caso especialmente importante.
Después del final de Bretton Woods, los países europeos intentaron limitar la volatilidad entre sus monedas.
Las razones eran tanto económicas como políticas.
Una integración comercial cada vez más profunda resultaba difícil de compatibilizar con grandes fluctuaciones cambiarias entre economías estrechamente conectadas.
Surgieron diferentes mecanismos de coordinación monetaria que culminarían finalmente en la unión monetaria y la creación del euro.
El euro llevó el problema del trilema un paso más lejos.
Los países participantes renunciaron directamente a sus monedas nacionales y compartieron una política monetaria común.
El tipo de cambio entre ellos desapareció.
Esto eliminó el riesgo cambiario interno y redujo costes de transacción.
Pero también significó renunciar a dos instrumentos nacionales importantes:
el tipo de cambio
y
la política monetaria.
El ajuste frente a shocks asimétricos debía producirse mediante otros mecanismos:
precios,
salarios,
movilidad laboral,
política fiscal,
transferencias,
crédito
y reformas estructurales.
Las implicaciones completas de esta decisión se harían especialmente visibles durante la crisis del euro.
4.4. Crisis financieras en economías emergentes
La liberalización financiera de las últimas décadas del siglo XX generó una expectativa relativamente optimista.
Si el capital podía circular libremente, debería dirigirse hacia los países donde fuera más productivo.
Las economías emergentes podrían financiar:
infraestructuras,
industrialización,
empresas
y crecimiento
utilizando ahorro procedente de economías más ricas.
En principio, esto permitiría una asignación internacional de capital más eficiente y acelerar la convergencia.
La realidad mostró que el mecanismo podía funcionar.
Pero también podía generar nuevas formas de vulnerabilidad.
Los flujos internacionales de capital tienen una característica que los diferencia de muchas inversiones físicas:
pueden cambiar de dirección extraordinariamente rápido.
Una economía puede recibir durante años grandes entradas de capital.
La financiación abundante reduce tipos de interés.
Aumenta el crédito.
Suben los precios de activos.
La moneda puede apreciarse.
Empresas y bancos aumentan su endeudamiento.
Mientras la confianza permanece, el proceso puede parecer sostenible.
Pero cuando cambian las expectativas, el mecanismo puede invertirse.
Las entradas se detienen.
Los inversores intentan retirar fondos.
La moneda cae.
Los tipos de interés aumentan.
El crédito se contrae.
Y los balances privados pueden deteriorarse rápidamente.
Esta dinámica dio lugar a una de las grandes aportaciones de la macroeconomía internacional de finales del siglo XX:
la comprensión de que una crisis exterior no tenía que originarse únicamente en un déficit fiscal o una política monetaria incorrecta.
También podía surgir de la interacción entre:
capitales móviles,
fragilidad bancaria,
deuda,
expectativas
y estructuras de balance.
Primera generación de crisis: políticas inconsistentes
Los primeros modelos modernos de crisis cambiarias se centraban en políticas macroeconómicas incompatibles con el mantenimiento de un tipo de cambio fijo.
Un gobierno podía mantener déficits fiscales persistentes financiados mediante creación monetaria.
Al mismo tiempo intentaba defender una determinada paridad cambiaria.
Pero las reservas internacionales eran limitadas.
Los inversores podían anticipar que el tipo fijo no sería sostenible.
La especulación aceleraba entonces la pérdida de reservas.
La crisis aparecía como consecuencia previsible de una inconsistencia entre:
política doméstica
y
compromiso cambiario.
La explicación tenía una lógica poderosa.
Pero las crisis posteriores mostraron que no siempre bastaba.
Segunda generación: expectativas y equilibrios múltiples
La crisis del Sistema Monetario Europeo a comienzos de los años noventa puso de manifiesto otra posibilidad.
Un gobierno podía encontrarse en una situación en la que defender el tipo de cambio fuera técnicamente posible, pero económicamente muy costoso.
Para mantener la paridad podía necesitar tipos de interés extremadamente elevados.
Esto podía aumentar desempleo, reducir actividad y deteriorar el sistema financiero.
Si los mercados comenzaban a creer que el gobierno abandonaría finalmente la paridad, podían vender la moneda.
La presión especulativa aumentaba el coste de defenderla.
Y ese mayor coste podía terminar provocando precisamente la decisión que los mercados anticipaban.
Aparecían así expectativas autorrealizadas y posibles equilibrios múltiples.
La crisis ya no dependía exclusivamente de fundamentos claramente insostenibles.
También importaban:
credibilidad,
expectativas
y decisiones estratégicas de los inversores.
Tercera generación: balances y crisis financieras
La crisis asiática de 1997 obligó a ampliar nuevamente el marco.
Varias economías afectadas habían mantenido durante años:
alto crecimiento,
inflación relativamente controlada,
finanzas públicas razonables
y fuerte inversión.
No encajaban fácilmente en el modelo tradicional de gobierno fiscalmente irresponsable que agota sus reservas.
El problema se encontraba en otra parte.
Empresas y bancos habían acumulado deuda denominada en moneda extranjera.
Mientras el tipo de cambio permanecía estable, esa financiación parecía relativamente segura.
Pero cuando la moneda doméstica se depreciaba, el valor real de la deuda aumentaba drásticamente.
Una empresa podía tener activos y generar ingresos en moneda nacional, pero deber dólares.
Esta estructura crea un currency mismatch.
Si la moneda cae, el pasivo aumenta sin que aumenten automáticamente los ingresos.
Los balances se deterioran.
Las empresas reducen inversión.
Los bancos acumulan pérdidas.
El crédito se contrae.
La depreciación que debería mejorar competitividad puede, al mismo tiempo, destruir balances.
Aparece entonces una interacción entre:
crisis cambiaria, crisis bancaria y crisis empresarial.
La macroeconomía internacional tuvo que empezar a prestar mucha más atención al balance, y no únicamente a los flujos.
Sudden stops
Otro concepto fundamental surgido de estas experiencias es el sudden stop.
Una economía puede acostumbrarse a financiar una parte importante de su gasto mediante entradas de capital exterior.
Si esas entradas desaparecen repentinamente, el ajuste necesario puede ser enorme.
Una economía que mantenía un déficit exterior del 6 % del PIB gracias a financiación internacional puede verse obligada a cerrar ese déficit en muy poco tiempo.
Eso exige reducir gasto.
Caen importaciones.
Cae inversión.
Puede caer consumo.
La economía entra en recesión.
El problema no deriva necesariamente de que el déficit previo fuera contablemente imposible.
Deriva de que la financiación desaparece antes de que la economía pueda adaptarse.
Aquí aparece una idea que tendrá enorme importancia en nuestro marco posterior:
el tiempo de ajuste importa.
Dos economías pueden tener exactamente la misma dependencia financiera.
Pero la más capaz de sustituir rápidamente financiación externa, reorganizar balances o movilizar recursos internos será mucho más resiliente.
La vulnerabilidad no depende únicamente de cuánto se necesita.
Depende también de cuánto tiempo existe para encontrar una alternativa.
Contagio financiero
Las crisis de los años noventa mostraron también que las turbulencias podían propagarse entre países.
Una crisis en una economía podía inducir a los inversores a reducir exposición a otras economías consideradas similares.
Los fondos necesitaban obtener liquidez.
Los bancos reducían posiciones.
Las primas de riesgo aumentaban.
Los mercados reaccionaban no solamente a los fundamentos específicos de cada país, sino a cambios globales de percepción y apetito por el riesgo.
Aparecía el contagio financiero.
Esta idea constituye otro puente hacia la economía internacional del siglo XXI.
Si muchas economías dependen de los mismos intermediarios financieros y de los mismos mercados globales, los shocks pueden propagarse a través de la propia estructura de la red.
El problema deja de ser puramente bilateral.
Empieza a ser sistémico.
Del flujo al balance: la primera ampliación sistémica
La evolución de la macroeconomía internacional entre Bretton Woods y finales del siglo XX muestra nuevamente cómo la teoría fue adaptándose a una realidad cada vez más compleja.
Inicialmente, gran parte del análisis podía organizarse alrededor de:
tipos de cambio,
balanza de pagos,
reservas
y política macroeconómica.
Después hubo que incorporar:
expectativas,
movimientos de capital,
precios de activos,
deuda externa,
balances bancarios,
currency mismatch,
sudden stops
y contagio.
La unidad de análisis se fue ampliando.
Podemos representarlo mediante otra secuencia:
comercio exterior → balanza de pagos → movimientos de capital → activos → balances → redes financieras.
Este desplazamiento es importante para la tesis general de nuestro libro.
Una economía no es vulnerable únicamente cuando tiene pocos recursos.
Puede ser vulnerable debido a cómo están organizados sus activos y pasivos.
Una empresa puede ser rentable y, al mismo tiempo, frágil porque su deuda está denominada en otra moneda.
Un banco puede parecer solvente hasta que desaparece la liquidez internacional.
Un país puede financiar cómodamente un déficit mientras los mercados confían en él y encontrarse en una situación completamente distinta cuando cambia el ciclo financiero.
La estructura importa.
4.5. Qué explicaba bien la macroeconomía clásica
Antes de señalar sus límites, conviene reconocer la enorme potencia del marco desarrollado durante este período.
La macroeconomía internacional clásica permitió comprender al menos siete mecanismos fundamentales.
Primero: ahorro, inversión y cuenta corriente están necesariamente relacionados.
No podemos estudiar los desequilibrios comerciales ignorando la macroeconomía doméstica.
Segundo: el régimen cambiario condiciona la política económica.
No existe una combinación gratuita entre estabilidad cambiaria, movilidad de capital y autonomía monetaria.
Tercero: los tipos de cambio son también precios financieros.
Por ello responden rápidamente a expectativas y tipos de interés.
Cuarto: precios financieros y precios reales se ajustan a velocidades diferentes.
Esto ayuda a explicar la elevada volatilidad cambiaria.
Quinto: los flujos de capital pueden generar beneficios y vulnerabilidades simultáneamente.
La misma financiación que permite invertir puede convertirse en fuente de fragilidad.
Sexto: los balances importan.
El volumen de deuda no basta para evaluar vulnerabilidad. Importan moneda, vencimiento, liquidez y estructura de activos y pasivos.
Séptimo: las crisis pueden transmitirse internacionalmente.
La interdependencia financiera crea mecanismos de contagio.
Todos estos principios continúan siendo válidos.
Y serán necesarios para comprender los problemas posteriores.
4.6. Lo que todavía quedaba fuera del marco
A finales del siglo XX, sin embargo, comenzaban a aparecer fenómenos que posteriormente adquirirían una dimensión mucho mayor.
El primero era la creciente centralidad internacional del dólar.
La macroeconomía abierta tradicional podía representar cada país mediante su moneda y estudiar las relaciones entre diferentes tipos de cambio.
Pero el sistema real empezaba a mostrar una fuerte asimetría.
Una moneda desempeñaba funciones que ninguna otra podía igualar plenamente:
reserva,
financiación,
facturación,
colateral
y activo seguro.
Esto significaba que el sistema monetario internacional no era simplemente una red horizontal de monedas.
Tenía una estructura jerárquica.
El segundo fenómeno era la expansión de los balances internacionales de bancos e intermediarios.
Cada vez más financiación podía generarse fuera del país cuya moneda se utilizaba.
Los dólares podían ser prestados por bancos europeos o asiáticos.
Las empresas podían emitir deuda en mercados internacionales.
La liquidez financiera dejaba de depender únicamente de los sistemas bancarios nacionales.
El tercero era la aparición de movimientos financieros comunes entre economías muy diferentes.
Las condiciones monetarias estadounidenses, la percepción global de riesgo y el comportamiento de grandes intermediarios podían afectar simultáneamente a numerosos países.
La cuestión comenzaba a dejar de ser exclusivamente:
¿qué ocurre entre el país A y el país B?
para convertirse en:
¿qué ocurre cuando todo el sistema financiero global entra simultáneamente en una fase de expansión o contracción?
El cuarto fenómeno era la magnitud creciente de los desequilibrios externos persistentes.
La teoría sabía que los superávits y déficits se corresponden con diferencias entre ahorro e inversión.
Pero comenzaría a resultar necesario analizar también qué implicaciones macroeconómicas globales surgen cuando grandes economías mantienen durante largos períodos posiciones externas muy desequilibradas.
Finalmente, la integración financiera comenzaba a limitar de manera más compleja la autonomía nacional.
El trilema clásico sostenía que una economía con tipo de cambio flexible y movilidad de capital podía mantener una política monetaria autónoma.
Pero la globalización financiera plantearía posteriormente una cuestión más difícil:
¿hasta qué punto existe autonomía monetaria real cuando las condiciones financieras domésticas están profundamente influidas por un ciclo financiero global?
Esta será una de las cuestiones centrales de la macroeconomía internacional contemporánea.
El mundo teórico construido antes de la gran ruptura
Con este capítulo podemos cerrar la primera parte del libro.
Entre 1945 y aproximadamente el cambio de siglo, la economía internacional construyó un marco extraordinariamente rico para comprender las relaciones económicas entre países.
La teoría del comercio explicó:
especialización, ventaja comparativa, dotaciones, escala, empresas y distribución.
La política comercial estudió:
aranceles, cuotas, subsidios, protección, política estratégica y cooperación internacional.
La macroeconomía abierta incorporó:
balanza de pagos, tipos de cambio, política monetaria, movimientos de capital y crisis financieras.
No estamos ante una teoría ingenua ni simple.
Muchos de los problemas que siguen ocupando el debate económico contemporáneo estaban ya presentes.
Distribución.
Poder de mercado.
Economías de escala.
Externalidades.
Movilidad de capital.
Crisis.
Contagio.
Intervención pública.
El paradigma fue evolucionando precisamente porque la realidad obligaba a introducir nuevos mecanismos.
Sin embargo, su unidad básica de análisis continuaba siendo, en gran medida:
la economía nacional abierta.
Los países producían.
Los países comerciaban.
Los países ahorraban o se endeudaban.
Sus monedas se apreciaban o depreciaban.
Sus gobiernos aplicaban política fiscal.
Sus bancos centrales decidían tipos de interés.
Sus empresas exportaban o invertían en otros mercados.
Esta representación seguía siendo extremadamente útil.
Pero durante las siguientes dos décadas comenzaría a resultar insuficiente para describir la totalidad del sistema.
La producción se fragmentaría internacionalmente.
China se convertiría en actor sistémico.
Las empresas organizarían cadenas globales de valor.
Los mercados financieros adquirirían una profundidad desconocida.
El dólar consolidaría una posición dominante más allá de las fronteras estadounidenses.
Los datos y los intangibles se convertirían en factores productivos esenciales.
Las plataformas reorganizarían mercados enteros.
Las dependencias industriales se concentrarían.
Y una sucesión de shocks mostraría que eficiencia y resiliencia no son conceptos equivalentes.
En otras palabras, la economía internacional pasaría progresivamente de un sistema que podía representarse principalmente como relaciones entre economías nacionales a otro organizado mediante redes transnacionales de producción, financiación, tecnología y poder.
Podemos sintetizar la Parte I mediante tres grandes transformaciones analíticas:
De la producción a la especialización.
De la especialización al comercio.
Del comercio a la economía abierta.
La siguiente parte añadirá una cuarta:
de la economía abierta al sistema global interdependiente.
Y ese cambio marcará el comienzo de la gran ruptura que analizaremos a continuación (PARTE II)
PARTE I. Resumen esquematico: Evolución histórica del análisis de la economía internacional (1950–2000)
(Qué se estudiaba, por qué, y cómo se configuró el marco clásico que luego se moderniza)
2. El mundo de 1950–2000: contexto estructural
2.1. Bretton Woods y el orden económico internacional (1944–1971)
El análisis de la economía internacional en la segunda mitad del siglo XX nace dentro de un sistema altamente institucionalizado:
Tipo de cambio fijo con el dólar como ancla.
Controles de capital generalizados.
FMI y Banco Mundial como pilares de estabilidad.
Comercio internacional regulado por el GATT.
Este entorno hacía que la economía internacional se estudiara como un sistema estable, donde los shocks eran excepcionales y la política económica tenía herramientas claras.
Claves analíticas del período:
El comercio se veía como motor de crecimiento y eficiencia.
La movilidad de capital era baja, por lo que la macroeconomía abierta era manejable.
La estabilidad cambiaria permitía modelos relativamente predecibles.
2.2. Industrialización, comercio y globalización “ligera” (1950–1980)
Durante estas décadas, el comercio internacional crece, pero no existe aún la globalización profunda:
La producción está concentrada en países avanzados.
Las multinacionales son incipientes.
La tecnología es estable y no fragmenta la producción.
Los países en desarrollo siguen estrategias de sustitución de importaciones.
El análisis se centra en ventaja comparativa, dotaciones factoriales y política comercial clásica.
2.3. Transformaciones estructurales (1971–2000)
Tres rupturas cambian el marco analítico:
Fin de Bretton Woods (1971) → flotación cambiaria.
Crisis del petróleo (1973, 1979) → shocks de oferta globales.
Liberalización financiera (1980–2000) → movilidad de capital creciente.
Crisis emergentes (1982, 1994, 1997) → necesidad de modelos de crisis financiera.
Aun así, el comercio sigue siendo mercancías, no cadenas globales de valor. China aún no es actor sistémico. La digitalización no existe.
3. El marco teórico clásico (1950–2000)
(El núcleo del manual de Krugman‑Obstfeld‑Melitz en sus primeras ediciones)
3.1. Ventaja comparativa y modelo ricardiano
El comercio se explica por diferencias en productividad del trabajo. Supuestos clave:
Tecnología fija.
Pleno empleo.
Países especializados según costes relativos.
Este modelo funciona bien en un mundo sin cadenas globales de valor y con producción nacional integrada.
3.2. Heckscher‑Ohlin y dotaciones factoriales
El comercio se explica por abundancia relativa de factores (capital, trabajo). Implicaciones:
Países capital‑abundantes exportan bienes intensivos en capital.
Países trabajo‑abundantes exportan bienes intensivos en trabajo.
Este marco era adecuado para un mundo donde:
La producción estaba concentrada en países avanzados.
La tecnología era relativamente homogénea.
No existía externalización masiva.
3.3. Economías de escala y competencia monopolística (Krugman 1979–1980)
Gran innovación teórica del período:
El comercio surge por variedad, diferenciación de producto y economías de escala internas.
Explica el comercio intraindustrial entre países similares.
Este modelo es el precursor de Melitz (2003), pero aún no incorpora:
Heterogeneidad empresarial profunda.
Fragmentación internacional de la producción.
3.4. Empresas multinacionales en su primera generación
Las multinacionales se estudian como:
Empresas que replican producción en varios países.
No como redes globales de valor.
No como plataformas digitales.
El análisis es todavía pre‑globalización profunda.
3.5. Política comercial clásica
Instrumentos:
Aranceles.
Cuotas.
Subsidios a la exportación.
Barreras no arancelarias.
La política comercial se estudia como herramienta de eficiencia, no como instrumento geoeconómico.
4. Macroeconomía internacional clásica (1950–2000)
4.1. Balanza de pagos y contabilidad nacional
El análisis se centra en:
Cuenta corriente.
Cuenta financiera.
Identidades macroeconómicas.
El comercio se interpreta como equilibrio entre ahorro e inversión, no como transferencia de demanda.
4.2. Tipos de cambio: modelos de activos
Modelos clave:
Paridad descubierta de intereses.
Overshooting de Dornbusch.
Paridad de poder adquisitivo.
Funcionan bien en un mundo donde:
Los flujos de capital son manejables.
No existe dominancia del dólar como hoy.
No hay ciclos de liquidez global.
4.3. Sistemas monetarios internacionales
De Bretton Woods a la flotación:
Tipos de cambio fijos → flotantes.
Crisis cambiarias recurrentes.
Integración financiera creciente.
4.4. Crisis financieras en economías emergentes
Casos:
Deuda latinoamericana (1982).
Tequila (1994).
Asia (1997).
Rusia (1998).
El análisis se centra en:
Mismatch de monedas.
Vulnerabilidad externa.
Flujos de capital volátiles.
Síntesis de la PARTE I
La economía internacional entre 1950 y 2000 se estudia bajo supuestos que hoy ya no se cumplen:
Producción nacional integrada → hoy fragmentada globalmente.
Comercio de mercancías → hoy comercio de tareas y datos.
Movilidad de capital limitada → hoy hiper‑movilidad financiera.
Tecnología estable → hoy disrupción constante.
Política comercial neutral → hoy geoeconomía estratégica.
China marginal → hoy actor sistémico.
Esta PARTE I sirve como base histórica para justificar por qué la economía internacional actual exige nuevos modelos, que desarrollarás en las Partes II, III y IV.
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