martes, 8 de septiembre de 2026

Capitulo 12 Sobrecapacidad, desequilibrios y nuevos China Shocks

 

12. Sobrecapacidad, desequilibrios y nuevos China Shocks

12.1. Qué significa sobrecapacidad
12.2. Ahorro, consumo e inversión
12.3. Superávits comerciales estructurales
12.4. Exportación de capacidad productiva
12.5. Dumping clásico y dumping sistémico
12.6. Vehículos eléctricos
12.7. Baterías
12.8. Paneles solares
12.9. Acero, productos químicos y manufacturas
12.10. Competencia por mercados de terceros países
12.11. Respuestas posibles de Europa y Estados Unidos

Capitulo 11. El regreso de la política industrial

 

11. El regreso de la política industrial

11.1. Por qué regresó la política industrial
11.2. Fallos de mercado y externalidades
11.3. Aprendizaje, escala y capacidades
11.4. Subsidios estratégicos
11.5. CHIPS Act
11.6. Inflation Reduction Act
11.7. Política industrial china
11.8. Política industrial europea
11.9. Competencia por inversión y talento
11.10. Riesgos de captura, rentismo y mala asignación
11.11. Cómo evaluar una política industrial moderna


Capitulo 10. Comercio, poder y geoeconomía

 

10. Comercio, poder y geoeconomía

10.1. De la interdependencia a la interdependencia armada
10.2. Comercio como instrumento de poder
10.3. Sanciones económicas
10.4. Controles de exportación
10.5. Restricciones a la inversión
10.6. Tecnología como arma geoeconómica
10.7. Finanzas y sistemas de pagos como instrumentos de poder
10.8. Infraestructuras críticas
10.9. Dependencia y coerción económica
10.10. Autonomía estratégica

Capitulo 10. Comercio, poder y geoeconomía

Durante buena parte de la globalización contemporánea, la interdependencia económica fue interpretada principalmente como una fuente de beneficios mutuos.

El comercio permitía especialización.

La inversión conectaba ahorro y oportunidades productivas.

Las cadenas globales distribuían tareas.

Las finanzas movilizaban capital.

Las tecnologías circulaban.

La integración económica parecía, además, introducir un incentivo adicional para la estabilidad internacional.

Cuanto mayores fueran los costes económicos de un conflicto, mayores serían los incentivos para evitarlo.

Esta lógica continúa teniendo una fuerza considerable.

Las economías profundamente integradas tienen mucho que perder cuando se interrumpe el comercio.

Las empresas sufren.

Los consumidores pagan más.

Las inversiones se deterioran.

Las cadenas productivas se rompen.

Por ello, la interdependencia puede reducir determinados incentivos al conflicto.

Pero esta interpretación contiene solo una parte de la realidad.

La dependencia mutua no implica necesariamente dependencia simétrica.

Dos economías pueden necesitarse y, sin embargo, disponer de capacidades muy diferentes para soportar una interrupción.

Una puede depender de un bien fácilmente sustituible.

La otra puede depender de una tecnología sin alternativas.

Una puede encontrar nuevos compradores.

La otra puede necesitar diez años para reconstruir una capacidad productiva.

Una puede emitir la moneda utilizada por el sistema.

La otra necesita obtenerla.

Una puede controlar un nodo central de una red.

La otra depende de ese nodo para funcionar.

En esas circunstancias, la interdependencia genera no solo eficiencia.

También puede generar poder.

La economía internacional entra entonces en el terreno de la geoeconomía.

Podemos entender la geoeconomía como el uso de instrumentos, capacidades y relaciones económicas para alcanzar objetivos estratégicos o políticos.

Comercio.

Finanzas.

Tecnología.

Inversión.

Energía.

Infraestructuras.

Sanciones.

Controles de exportación.

Todos ellos pueden ser mecanismos económicos y, al mismo tiempo, instrumentos de influencia.

Esto no significa que la economía internacional se haya convertido simplemente en una continuación de la geopolítica.

La mayoría de las transacciones continúan respondiendo a incentivos comerciales.

Las empresas buscan beneficios.

Los consumidores buscan precio y calidad.

Los inversores buscan rentabilidad.

Pero cuando determinadas dependencias se concentran, los gobiernos adquieren incentivos para preguntarse:

¿qué relaciones económicas pueden convertirse en instrumentos de presión?

Y también:

¿qué dependencias podrían utilizar otros contra nosotros?

Esta doble pregunta constituye uno de los puntos de entrada hacia la competencia sistémica.


10.1. De la interdependencia a la interdependencia armada

La interdependencia económica no es nueva.

Tampoco lo es su utilización política.

Embargos.

Bloqueos.

Restricciones comerciales.

Sanciones.

Control de rutas.

Estas herramientas han acompañado durante siglos a los conflictos entre Estados.

Lo que cambia en la economía contemporánea es la densidad y complejidad de las redes.

Las cadenas globales de valor conectan miles de empresas.

Las finanzas globales utilizan infraestructuras comunes.

La economía digital depende de plataformas, software y semiconductores.

Los sistemas de pagos atraviesan redes altamente concentradas.

La producción industrial utiliza componentes fabricados por pocos proveedores.

Esta estructura crea nodos.

Y determinados nodos pueden adquirir una importancia desproporcionada.

Henry Farrell y Abraham Newman han utilizado el concepto de weaponized interdependence para describir precisamente cómo los actores que ocupan posiciones centrales dentro de determinadas redes globales pueden utilizar esas posiciones para:

obtener información,

restringir accesos

o

ejercer coerción.

La idea es importante porque desplaza el análisis desde el volumen de comercio hacia la estructura de la red.

No importa solamente cuánto comercian dos países.

Importa:

por qué canales,

mediante qué empresas,

utilizando qué moneda,

con qué tecnología,

a través de qué infraestructura

y con cuántas alternativas.

Una economía que controla un nodo imprescindible puede disponer de una capacidad de influencia muy superior a la que sugerirían simplemente su PIB o su participación comercial.

La interdependencia deja entonces de ser únicamente una relación bilateral.

Se convierte en una arquitectura.


10.2. Comercio como instrumento de poder

El comercio puede utilizarse políticamente de múltiples maneras.

Un Estado puede:

restringir exportaciones,

limitar importaciones,

aumentar aranceles,

imponer embargos,

suspender licencias,

restringir determinados productos

o

condicionar acceso a su mercado.

El poder de estas medidas depende de la estructura económica.

Supongamos que un país amenaza con dejar de comprar un producto.

La medida tendrá poca capacidad de presión si el exportador puede encontrar fácilmente compradores alternativos.

Pero puede ser muy poderosa si el mercado que desaparece representa una proporción elevada de sus ventas y existen pocas alternativas.

De manera similar, una restricción a las exportaciones será especialmente efectiva cuando el comprador dependa de un producto:

crítico,

concentrado

y

difícil de sustituir.

Por tanto, la capacidad de coerción comercial depende de dos tipos de elasticidad.

Elasticidad del proveedor

¿Puede encontrar otros clientes?

Elasticidad del comprador

¿Puede encontrar otros proveedores?

La parte con menor capacidad de sustitución suele encontrarse en una posición más vulnerable.

Esta observación nos permite pasar de una concepción abstracta de poder hacia una formulación más operativa.

El poder económico no depende únicamente de cuánto controla un actor.

Depende también de cuántas alternativas tienen los demás.


10.3. Sanciones económicas

Las sanciones constituyen uno de los instrumentos más visibles de la geoeconomía.

Pueden adoptar formas muy distintas.

Restricciones comerciales.

Congelación de activos.

Limitaciones financieras.

Prohibiciones de inversión.

Restricciones tecnológicas.

Bloqueos sobre determinadas empresas.

Limitaciones de acceso a mercados.

Su objetivo puede ser:

modificar comportamiento,

elevar costes,

reducir capacidad económica,

impedir acceso a recursos

o

señalar una posición política.

Pero la efectividad de las sanciones nunca es automática.

Depende de múltiples variables.

Tamaño de la coalición

Una sanción aplicada por un único país puede ser relativamente fácil de eludir si existen mercados alternativos.

Una coalición amplia puede aumentar significativamente su impacto.

Sustituibilidad

Si el país sancionado puede encontrar rápidamente nuevos proveedores, compradores o intermediarios, la medida pierde eficacia.

Capacidad de adaptación

Una economía puede desarrollar sustitutos, reorganizar cadenas o redirigir comercio.

Horizonte temporal

Algunas sanciones producen efectos inmediatos.

Otras buscan deteriorar capacidades durante años.

Coste para quien sanciona

Una medida puede perjudicar también a empresas y consumidores del país que la impone.

Aplicación

Las restricciones necesitan supervisión y capacidad para impedir evasiones.

Por tanto, analizar una sanción exige ir mucho más allá de anunciar su existencia.

Hay que estudiar:

qué canal intenta bloquear, qué alternativas existen y quién puede soportar durante más tiempo los costes.


10.4. Controles de exportación

Los controles de exportación representan una forma especialmente importante de geoeconomía tecnológica.

En lugar de impedir importaciones, un país limita la venta al exterior de determinados:

productos,

componentes,

tecnologías,

software,

maquinaria

o conocimientos.

Tradicionalmente, estos controles estuvieron asociados especialmente a tecnologías militares o de doble uso.

Pero la creciente integración entre tecnología civil y capacidad estratégica ha ampliado enormemente su relevancia.

Un semiconductor avanzado puede utilizarse en:

inteligencia artificial,

industria,

telecomunicaciones

o defensa.

Una determinada máquina industrial puede ser esencial para fabricar componentes estratégicos.

Un software puede desempeñar funciones críticas en múltiples sectores.

En estas condiciones, controlar el acceso a una tecnología puede afectar no solo al comercio actual, sino a la capacidad futura de producir.

Esta diferencia es fundamental.

Un arancel actúa principalmente sobre:

precio.

Un control tecnológico puede actuar sobre:

capacidad.

Si una economía no puede acceder a una tecnología esencial para desarrollar una industria, el efecto puede acumularse durante años.

La política comercial entra así en un terreno cualitativamente diferente.

La pregunta deja de ser únicamente:

¿cuánto comercio estamos restringiendo?

Pasa a ser:

¿qué trayectoria tecnológica estamos intentando alterar?


10.5. Restricciones a la inversión

La inversión extranjera fue durante décadas interpretada principalmente mediante una lógica de eficiencia.

Aporta:

capital,

tecnología,

empleo,

conocimiento

y

acceso a mercados.

Pero cuando determinados activos adquieren importancia estratégica, los Estados comienzan a preocuparse también por:

quién los posee,

quién accede a su tecnología,

quién controla sus datos

y

qué capacidades pueden transferirse mediante una adquisición.

Esto ha impulsado un mayor escrutinio de determinadas inversiones extranjeras.

La preocupación puede surgir especialmente en:

infraestructuras críticas,

telecomunicaciones,

defensa,

semiconductores,

tecnologías avanzadas,

energía

o datos sensibles.

Aparece así una tensión entre dos objetivos.

Apertura a la inversión

Favorece financiación, competencia y transferencia tecnológica.

Seguridad económica

Busca evitar transferencias de capacidades consideradas críticas.

El problema es definir correctamente la frontera.

Si todo activo se considera estratégico, la inversión internacional se deteriora.

Si ninguno lo es, una economía puede perder control sobre capacidades difíciles de reconstruir.

Nuevamente necesitamos criterios.

La política no puede descansar únicamente sobre intuiciones geopolíticas.

Debe identificar:

criticidad,

externalidades,

dependencias,

tecnología

y coste de sustitución.


10.6. Tecnología como arma geoeconómica

La tecnología posee una característica que la diferencia de muchas materias primas.

Puede generar dependencias acumulativas.

Una empresa que adopta una arquitectura tecnológica invierte posteriormente en:

formación,

software,

equipos,

proveedores

y procesos compatibles.

Cuanto más tiempo utiliza el sistema, mayores pueden ser los costes de cambiar.

Aparece un lock-in.

Esto convierte determinadas tecnologías en instrumentos potencialmente poderosos.

Sistemas operativos.

Infraestructura de nube.

Semiconductores.

Software industrial.

Telecomunicaciones.

Estándares.

Quien controla una tecnología crítica puede condicionar:

actualizaciones,

licencias,

compatibilidad,

acceso

o transferencia.

El poder tecnológico puede entonces adoptar dos formas.

Poder de exclusión

Capacidad para impedir a otro actor acceder a una tecnología.

Poder de estructuración

Capacidad para definir el estándar o ecosistema alrededor del cual otros deben organizar sus actividades.

La segunda forma puede ser incluso más importante.

Un actor no necesita amenazar continuamente con excluir.

Si miles de empresas construyen espontáneamente sus actividades alrededor de su tecnología, la dependencia queda incorporada en la propia estructura del mercado.

La influencia se vuelve sistémica.


10.7. Finanzas y sistemas de pagos como instrumentos de poder

La centralidad del dólar analizada en el capítulo 7 proporciona otro ejemplo de poder estructural.

Una gran parte de:

reservas,

financiación,

deuda,

transacciones

y activos seguros

del sistema mundial está vinculada a infraestructuras financieras dominadas o fuertemente influenciadas por Estados Unidos y sus aliados.

Esta posición facilita el uso de sanciones financieras.

Un actor que depende del acceso a:

dólares,

bancos internacionales,

mercados de capital,

servicios financieros

o determinadas redes de pagos

puede sufrir costes significativos si se restringe ese acceso.

La diferencia con una restricción comercial tradicional es importante.

Un arancel afecta productos concretos.

Una restricción financiera puede afectar simultáneamente la capacidad de una economía para:

pagar,

financiarse,

invertir,

importar

y realizar transacciones.

Por eso el poder monetario puede tener efectos transversales.

Pero también genera incentivos para buscar alternativas.

Cuanto más se utiliza una infraestructura como instrumento de coerción, mayores pueden ser los incentivos de otros actores para desarrollar:

sistemas alternativos,

nuevas monedas de facturación,

reservas diferentes

o canales de pagos paralelos.

Aparece así una tensión:

utilizar una posición dominante genera poder hoy, pero puede estimular intentos de reducir esa dependencia mañana.

No existe una garantía de que esos intentos tengan éxito.

Pero el incentivo aparece.


10.8. Infraestructuras críticas

El poder económico contemporáneo no reside únicamente en bienes o monedas.

También reside en las infraestructuras que permiten funcionar al sistema.

Puertos.

Redes eléctricas.

Telecomunicaciones.

Centros de datos.

Satélites.

Cables submarinos.

Sistemas de pagos.

Nube.

Infraestructuras logísticas.

Estas redes presentan varias características.

Suelen requerir grandes inversiones.

Tienen economías de escala.

Pueden estar muy concentradas.

Y numerosos sectores dependen simultáneamente de ellas.

Por ello, el fallo o control de una infraestructura puede producir efectos mucho mayores que su peso directo en el PIB.

Esta diferencia nos devuelve a la distinción entre:

valor económico

y

valor sistémico.

Una infraestructura puede representar una proporción limitada de la actividad económica y, sin embargo, ser imprescindible para que el resto funcione.

Por ello, la política de seguridad económica debe identificar no únicamente sectores “importantes”, sino auténticos nodos sistémicos.


10.9. Dependencia y coerción económica

Una dependencia estratégica puede existir sin que nadie intente aprovecharla.

La coerción aparece cuando un actor intenta utilizar deliberadamente esa dependencia para alterar el comportamiento de otro.

Podemos representar el proceso de forma simplificada:

dependencia → vulnerabilidad → amenaza creíble → coerción potencial.

Pero no toda dependencia puede convertirse fácilmente en coerción.

Para que una amenaza resulte creíble deben cumplirse varias condiciones.

El actor que amenaza debe controlar realmente el nodo.

Debe ser capaz de restringirlo.

El objetivo debe sufrir costes significativos.

Y el actor coercitivo debe estar dispuesto a soportar sus propios costes.

Esta última dimensión es fundamental.

La interdependencia suele ser recíproca.

Un proveedor puede necesitar al cliente.

Un exportador puede depender de los ingresos.

Un acreedor puede sufrir si el deudor colapsa.

Una empresa que corta suministro puede destruir su propio mercado.

Por tanto, la relación relevante no es:

dependencia de A respecto a B.

Es:

dependencia de A respecto a B comparada con dependencia de B respecto a A.

Aparece el concepto de interdependencia asimétrica.

El poder económico nace menos de la ausencia absoluta de dependencia que de una mayor capacidad relativa para soportar la ruptura.

Podríamos expresarlo así:

El actor con mayor capacidad de sustitución y mayor tolerancia al coste dispone de mayor poder de negociación.

Esto conecta directamente con resiliencia.

La resiliencia no sirve únicamente para afrontar accidentes.

También modifica relaciones de poder.

Una economía capaz de absorber una interrupción dispone de mayor libertad para resistir presiones.


10.10. Autonomía estratégica

La preocupación por estas dependencias ha llevado a recuperar el concepto de autonomía estratégica.

Pero el término puede inducir a confusión.

Autonomía no significa autosuficiencia.

Ninguna economía avanzada puede producir eficientemente todo aquello que necesita.

Intentarlo generaría costes enormes.

Una definición más útil sería:

capacidad suficiente para tomar decisiones esenciales sin quedar sometido a dependencias externas que hagan inviable ejercerlas.

Esta definición tiene varias implicaciones.

La autonomía es relativa.

Puede existir en unos ámbitos y no en otros.

Un país puede ser autónomo:

alimentariamente,

pero dependiente energéticamente.

Puede poseer:

capacidad militar,

pero depender de semiconductores.

Puede disponer de:

industria,

pero depender de financiación externa.

No existe, por tanto, una única variable llamada autonomía.

Debe descomponerse en capacidades específicas.

Esto encaja directamente con el enfoque RMS.


10.11. Autonomía no significa producirlo todo

Un error frecuente consiste en identificar seguridad económica con relocalización total.

Pero una economía puede aumentar resiliencia sin fabricar domésticamente cada componente.

Puede:

diversificar proveedores,

establecer acuerdos con aliados,

mantener stocks,

desarrollar capacidad de emergencia,

utilizar estándares interoperables,

crear reservas estratégicas,

financiar nuevas fuentes de suministro

o desarrollar tecnologías alternativas.

La producción doméstica es solo una herramienta entre muchas.

En algunos casos será adecuada.

En otros, prohibitivamente costosa.

Por ello, debemos distinguir entre:

autonomía de producción

y

autonomía de acceso.

Una economía puede no producir un bien y, sin embargo, disponer de acceso muy resiliente mediante múltiples proveedores fiables.

Esta idea será especialmente importante para Europa.

La autonomía estratégica europea no puede consistir en replicar internamente todas las capacidades existentes en Estados Unidos o China.

Debe identificar aquellas áreas donde:

la dependencia genera una vulnerabilidad inaceptable

y

el coste de crear alternativas resulta razonable.


10.12. El coste de la autonomía

Toda reducción de dependencia tiene un precio.

Diversificar puede exigir proveedores más caros.

Reubicar producción puede aumentar costes laborales.

Mantener inventarios inmoviliza capital.

Construir fábricas requiere inversión pública o privada.

Duplicar infraestructuras reduce economías de escala.

Restringir inversión puede limitar financiación.

Por tanto, la autonomía no es un objetivo gratuito.

Existe un trade-off entre:

eficiencia

y

margen de decisión.

La cuestión correcta no es maximizar autonomía.

Sería extraordinariamente costoso.

La cuestión es determinar:

qué nivel de dependencia resulta compatible con la capacidad de decisión que una sociedad desea conservar.

Esto convierte la autonomía estratégica en un problema económico mensurable.


10.13. La reciprocidad como problema económico

La geoeconomía plantea también una cuestión de reciprocidad.

Un sistema comercial abierto presupone ciertas condiciones.

Acceso razonablemente comparable a mercados.

Cumplimiento de reglas.

Tratamiento no discriminatorio.

Protección de derechos.

Transparencia.

Cuando dos economías operan con sistemas institucionales muy diferentes, estas condiciones pueden volverse difíciles de evaluar.

Una economía puede permitir:

inversión extranjera,

adquisición de empresas,

contratación pública

o acceso a determinados sectores,

mientras otra mantiene restricciones significativas.

La apertura unilateral puede seguir generando beneficios económicos.

Pero también puede producir acumulación asimétrica de capacidades.

El problema deja entonces de ser exclusivamente:

¿es eficiente abrir nuestro mercado?

y pasa a incluir:

¿cómo afecta una apertura asimétrica a la estructura productiva y estratégica a largo plazo?

Esta pregunta será especialmente importante cuando analicemos la respuesta europea a la competencia sistémica.


10.14. Poder estructural y poder relacional

Conviene distinguir dos formas de poder económico.

Poder relacional

Un actor intenta directamente modificar el comportamiento de otro.

Por ejemplo:

amenaza con imponer una sanción

o

suspender un suministro.

Existe una relación identificable entre quien ejerce la presión y quien la recibe.

Poder estructural

Un actor controla una posición cuya propia existencia condiciona las opciones de otros.

No necesita amenazar constantemente.

Si una moneda domina la financiación internacional, quien necesita esa financiación debe adaptarse a las condiciones del sistema.

Si un estándar tecnológico domina un mercado, las empresas se organizan alrededor de él.

Si una plataforma concentra usuarios, los productores tienen incentivos para participar.

Este segundo poder puede ser menos visible, pero más profundo.

No obliga mediante una orden directa.

Estructura el espacio de posibilidades.

Para la economía internacional del siglo XXI, esta distinción es fundamental.

La competencia sistémica no consiste únicamente en quién puede sancionar más.

Consiste también en:

quién establece estándares,

quién posee infraestructuras,

quién controla tecnologías,

quién emite monedas,

quién organiza cadenas

y

quién dispone de ecosistemas que otros necesitan utilizar.


10.15. De la dependencia estratégica a una matriz de poder

La matriz de dependencia desarrollada en el capítulo anterior puede ampliarse ahora.

Para evaluar la capacidad geoeconómica debemos analizar no solo nuestra dependencia, sino también la relación bilateral o sistémica.

Una primera matriz debería incorporar al menos:

1. Criticidad

¿Qué importancia tiene el recurso o tecnología?

2. Concentración

¿Cuántos actores pueden proporcionarlo?

3. Sustituibilidad

¿Existen alternativas?

4. Tiempo de sustitución

¿Cuánto tardamos en activarlas?

5. Dependencia inversa

¿Cuánto depende el proveedor de nosotros?

6. Control efectivo

¿Puede realmente restringir el acceso?

7. Coste de coerción

¿Qué pierde el actor que utiliza la herramienta?

8. Capacidad de adaptación

¿Puede el objetivo reorganizarse?

9. Coaliciones

¿Existen terceros capaces de alterar el equilibrio?

10. Persistencia

¿La ventaja es temporal o estructural?

Esta ampliación nos permite pasar de un análisis simple de dependencia a otro de poder potencial.


10.16. SOEI y SOIE: dos direcciones de la dependencia

Dentro del marco RMS resulta útil distinguir dos perspectivas complementarias.

La primera analiza nuestra exposición hacia el exterior:

qué necesitamos,

de quién depende,

qué alternativas poseemos

y cuánto tardaríamos en sustituirlo.

Podemos conceptualizarla como una lectura SOEI: Sistema–Organización–Exposición Internacional.

La segunda analiza la dirección inversa:

qué capacidades controlamos nosotros,

quién depende de ellas,

qué posición ocupamos dentro de la red

y qué margen estratégico generan.

Podemos denominarla SOIE: Sistema–Organización–Influencia Exterior.

Ambas perspectivas deben estudiarse conjuntamente.

Una economía puede poseer importantes dependencias y también capacidades de influencia.

El resultado neto dependerá de la interacción entre ambas.

Este enfoque evita una visión exclusivamente defensiva de la seguridad económica.

No se trata únicamente de reducir vulnerabilidades.

También se trata de comprender:

qué capacidades propias generan valor estratégico.


10.17. El dilema de la geoeconomía

La utilización de instrumentos económicos como mecanismos de seguridad contiene finalmente una contradicción importante.

La interdependencia genera poder precisamente porque existe interdependencia.

Pero si los Estados utilizan repetidamente esas relaciones como instrumentos coercitivos, las empresas y gobiernos tendrán incentivos para reducirlas.

Aparece una dinámica potencial:

interdependencia → coerción → reducción de dependencia → fragmentación.

Por tanto, el uso excesivo del poder económico puede erosionar la propia estructura que genera ese poder.

Un país dominante debe enfrentarse a una decisión.

Puede utilizar agresivamente sus posiciones centrales.

Pero cuanto más lo haga, más incentivará:

diversificación,

autonomía,

sistemas alternativos

y nuevas alianzas.

Esto no significa que las alternativas sean fáciles de construir.

Las economías de red pueden hacer muy persistentes las posiciones dominantes.

Pero el incentivo estratégico aparece.

La geoeconomía es, por tanto, un juego dinámico.

Los actores reaccionan.


Del comercio como intercambio al comercio como estructura de poder

La transformación estudiada en este capítulo puede resumirse mediante una secuencia histórica.

En la economía internacional clásica, el comercio se analizaba fundamentalmente como:

intercambio.

Después comenzó a estudiarse también como:

distribución.

Con la nueva teoría del comercio:

escala y competencia estratégica.

Con las cadenas globales:

organización productiva.

Y con la geoeconomía aparece una nueva dimensión:

poder.

Todas ellas continúan coexistiendo.

Un mismo flujo comercial puede ser simultáneamente:

eficiente,

distributivamente desigual,

productivamente estratégico

y geopolíticamente sensible.

El error consiste en reducirlo a una única dimensión.

La economía internacional del siglo XXI necesita analizarlas conjuntamente.


De la eficiencia al poder de decisión

Los capítulos 9 y 10 permiten formular ya una secuencia que será central para RMS:

recursos → capacidades → dependencias → resiliencia → poder de decisión.

Una economía dispone de recursos.

Mediante determinados mecanismos los transforma en capacidades.

Sus capacidades determinan qué debe obtener del exterior.

La estructura de esas dependencias determina su vulnerabilidad.

Su resiliencia determina cuánto puede soportar una interrupción.

Y esa capacidad de soportar costes condiciona finalmente su margen de decisión.

Este último punto es fundamental.

La autonomía no es una declaración jurídica.

Es una capacidad material.

Un Estado puede disponer formalmente del derecho a tomar una decisión.

Pero si esa decisión provoca inmediatamente:

colapso energético,

interrupción tecnológica,

crisis financiera

o incapacidad industrial,

su margen real es limitado.

Por tanto:

la capacidad de decisión constituye una dimensión económica del poder.

Esta será una de las proposiciones fundamentales del marco RMS.


La siguiente transformación: del poder a la política industrial

Una vez que las economías comienzan a analizar sus dependencias desde una perspectiva estratégica, surge inevitablemente una pregunta:

¿qué capacidades necesitamos construir?

Y esta pregunta conduce directamente al regreso de la política industrial.

Si una tecnología es crítica,

si una cadena está excesivamente concentrada,

si una capacidad requiere décadas de aprendizaje,

si una industria genera externalidades,

o si una economía considera que determinadas dependencias limitan excesivamente su autonomía,

el Estado puede intentar modificar deliberadamente la estructura productiva.

Subsidios.

Crédito.

Compras públicas.

Investigación.

Infraestructura.

Regulación.

Protección temporal.

Pero esto nos devuelve a un problema que ya conocimos en el capítulo 3:

la política industrial puede construir capacidades,

pero también puede generar:

rentismo,

captura,

sobreinversión

e ineficiencia.

La nueva política industrial deberá, por tanto, demostrar que puede responder a los desafíos de la competencia sistémica sin olvidar las lecciones de la economía clásica.

Ese será el objeto del siguiente capítulo:

11. El regreso de la política industrial

PARTE III. DEL MUNDO GLOBALIZADO A LA COMPETENCIA SISTÉMICA :Capitulo 9. Cuando la eficiencia deja de ser suficiente

 

PARTE III. DEL MUNDO GLOBALIZADO A LA COMPETENCIA SISTÉMICA

9. Cuando la eficiencia deja de ser suficiente

9.1. La pandemia como shock sistémico
9.2. Cuellos de botella
9.3. Dependencias estratégicas
9.4. Concentración geográfica de proveedores
9.5. Dependencia energética
9.6. Dependencia tecnológica
9.7. Minerales críticos
9.8. Resiliencia frente a eficiencia
9.9. Redundancia, inventarios y capacidad de reserva
9.10. El retorno de la seguridad económica

9. Cuando la eficiencia deja de ser suficiente

Durante las décadas de expansión de la globalización, una parte importante de la organización económica internacional estuvo guiada por una lógica poderosa:

producir cada bien allí donde pudiera hacerse de forma más eficiente.

Las empresas reorganizaron cadenas de suministro.

Externalizaron actividades.

Reducieron inventarios.

Concentraron producción en proveedores especializados.

Aprovecharon diferencias internacionales de:

costes,

productividad,

fiscalidad,

tecnología,

logística

y escala.

El resultado fue una extraordinaria mejora de eficiencia.

Muchos bienes se abarataron.

La variedad aumentó.

La productividad creció.

Los consumidores se beneficiaron.

Numerosas economías emergentes se industrializaron.

Y las empresas pudieron construir cadenas de valor que combinaban capacidades distribuidas por todo el planeta.

Nada de esto desaparece porque posteriormente aparezcan vulnerabilidades.

La eficiencia continúa siendo una condición fundamental de prosperidad.

Pero una sucesión de shocks comenzó a mostrar que optimizar un sistema para funcionar en condiciones normales no equivale a prepararlo para funcionar cuando esas condiciones desaparecen.

La crisis financiera global.

La pandemia.

La escasez de semiconductores.

Las interrupciones logísticas.

La crisis energética europea.

La invasión rusa de Ucrania.

Las restricciones comerciales.

La creciente rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China.

Cada episodio puso de manifiesto una dimensión diferente de un mismo problema:

las economías modernas dependen de redes extremadamente eficientes, pero también extremadamente complejas.

Una cadena puede funcionar durante años sin problemas y parecer perfectamente robusta.

Pero la verdadera naturaleza de la dependencia solo se revela cuando alguno de sus nodos deja de funcionar.

La pregunta económica comienza entonces a cambiar.

Antes preguntábamos:

¿quién produce más barato?

Ahora debemos añadir:

¿qué ocurre si deja de producir?

Antes:

¿cuál es el proveedor más eficiente?

Ahora:

¿cuántas alternativas existen?

Antes:

¿cuánto cuesta mantener inventarios?

Ahora:

¿cuánto cuesta no tenerlos cuando la cadena se rompe?

La eficiencia continúa siendo necesaria.

Pero deja de ser suficiente.

Aparece una nueva dimensión:

la resiliencia.


9.1. La pandemia como shock sistémico

La pandemia de 2020 fue una prueba de resistencia extraordinaria para la economía global.

El shock tuvo una característica poco habitual.

Afectó simultáneamente a:

oferta,

demanda,

movilidad,

producción,

logística

y comportamiento social.

Fábricas cerraron.

Trabajadores no podían desplazarse.

Puertos redujeron actividad.

Las rutas internacionales se alteraron.

La demanda de determinados productos se hundió mientras la de otros aumentaba bruscamente.

Las empresas tuvieron dificultades para anticipar:

qué producir,

dónde producirlo

y cómo transportarlo.

Las cadenas globales habían sido diseñadas para responder a fluctuaciones relativamente normales.

No para un cierre simultáneo de regiones enteras.

La pandemia mostró además una característica fundamental de los sistemas complejos:

un shock localizado puede propagarse mucho más allá de su punto de origen.

Una fábrica que se detiene puede impedir trabajar a otra fábrica situada en otro continente.

Esa segunda empresa puede, a su vez, no poder entregar a una tercera.

El problema se propaga a través de la red.

La economía internacional deja entonces de parecer una sucesión de transacciones bilaterales.

Empieza a comportarse como un sistema interconectado.

La pandemia mostró también que determinadas actividades aparentemente pequeñas podían desempeñar funciones extraordinariamente importantes.

No es necesario que un componente represente una gran proporción del coste de un producto para convertirse en crítico.

Una pieza barata puede detener una línea de producción multimillonaria si no existe sustituto inmediato.

Esta observación modifica la manera de medir la importancia económica.

Valor monetario y criticidad no son equivalentes.

Un input puede representar una fracción minúscula del valor final y ser indispensable para completar el producto.

Aquí aparece una de las primeras lecciones centrales de la nueva economía de la resiliencia:

la importancia de un nodo depende de lo que ocurre cuando desaparece, no únicamente de su valor de mercado.


9.2. Cuellos de botella

La globalización productiva permitió una especialización extraordinaria.

Pero cuanto más especializado está un sistema, mayor puede ser la importancia de determinados nodos.

Un cuello de botella aparece cuando una parte limitada del sistema restringe el funcionamiento del conjunto.

Una fábrica puede disponer de:

trabajadores,

capital,

energía,

diseño

y demanda

Pero si carece de un único componente esencial, toda la producción puede detenerse.

En un sistema complejo, la capacidad total no está determinada necesariamente por la suma de todas sus capacidades.

Puede estar determinada por el elemento más escaso.

Esto introduce una lógica diferente a la del análisis agregado.

Una economía puede disponer de abundante capacidad industrial y, al mismo tiempo, depender críticamente de una pieza concreta.

Puede tener excelentes empresas automovilísticas y no poder fabricar suficientes vehículos por falta de semiconductores.

Puede disponer de hospitales sofisticados y sufrir escasez de determinados productos médicos básicos.

Puede generar electricidad renovable y carecer de capacidad suficiente de red o almacenamiento.

Por ello, evaluar una economía únicamente mediante grandes agregados puede ocultar vulnerabilidades fundamentales.

PIB.

Producción industrial.

Exportaciones.

Inversión.

Todos ellos proporcionan información importante.

Pero no permiten identificar automáticamente los puntos de fallo del sistema.

El análisis de resiliencia debe buscar precisamente esos puntos.


9.3. Dependencias estratégicas

Toda división del trabajo genera dependencia.

Un individuo depende de otros para obtener aquello que no produce.

Una empresa depende de proveedores.

Una economía depende de importaciones.

La dependencia, por tanto, no constituye por sí misma un problema.

Eliminarla completamente implicaría renunciar a buena parte de las ganancias derivadas de:

especialización,

escala,

comercio

y cooperación.

La cuestión relevante es distinguir entre diferentes tipos de dependencia.

Una economía que importa café tiene una dependencia externa.

Pero si el suministro de un país desaparece, existen numerosos productores alternativos.

La sustitución puede resultar relativamente sencilla.

La situación es distinta cuando:

existen pocos proveedores,

el producto es indispensable,

no hay sustitutos próximos,

la producción está geográficamente concentrada

y desarrollar una alternativa requiere años.

En ese caso hablamos de una dependencia estratégica.

Podemos definirla provisionalmente como una situación en la que la interrupción de una relación externa puede generar costes económicos o estratégicos elevados y en la que la sustitución resulta difícil dentro de un horizonte temporal relevante.

Esta definición introduce cinco dimensiones fundamentales:

concentración,

criticidad,

sustituibilidad,

coste

y

tiempo.

Una dependencia puede ser grande en volumen y poco estratégica.

Otra puede ser pequeña en volumen y extremadamente crítica.

Esto significa que medir dependencia únicamente mediante:

porcentaje de importaciones

o

déficit comercial

resulta insuficiente.

Necesitamos comprender la estructura de la relación.


9.4. Concentración geográfica de proveedores

Uno de los principales riesgos de la globalización profunda es la concentración.

Durante décadas, las empresas tuvieron incentivos para comprar al proveedor:

más barato,

más eficiente,

más fiable

o

tecnológicamente superior.

Si ese proveedor podía abastecer mercados globales, la producción podía concentrarse.

Desde el punto de vista empresarial, la decisión era racional.

La especialización permitía aprovechar:

economías de escala,

aprendizaje,

clusters

y reducción de costes.

Pero cuando muchas empresas eligen el mismo proveedor o la misma región aparece una concentración sistémica.

El problema no es necesariamente que el proveedor sea extranjero.

Un sistema también puede ser vulnerable si toda la producción se encuentra concentrada domésticamente en una única instalación.

La variable relevante es la diversificación efectiva.

Supongamos que cinco empresas compran un componente a cinco proveedores diferentes.

Aparentemente existe diversificación.

Pero si los cinco proveedores dependen de una misma materia prima producida en una sola región, la diversificación es solo superficial.

Por ello debemos distinguir entre:

diversificación directa

y

diversificación profunda.

La primera observa proveedores inmediatos.

La segunda analiza también:

proveedores de proveedores,

materias primas,

tecnologías,

equipamiento

y rutas logísticas.

Esta dificultad ayuda a explicar por qué numerosas empresas descubrieron vulnerabilidades que ni siquiera sabían que poseían.

Conocían a sus proveedores directos.

No necesariamente conocían toda la cadena situada detrás de ellos.

La resiliencia exige, por tanto, visibilidad de la red.


9.5. Dependencia energética

La energía constituye un ejemplo clásico de dependencia estratégica.

Todas las economías modernas necesitan energía.

Industria.

Transporte.

Calefacción.

Agricultura.

Servicios.

Infraestructuras digitales.

Defensa.

La energía no es un bien más.

Es un input transversal.

Por ello, una interrupción energética puede transmitirse prácticamente a toda la estructura económica.

Europa experimentó esta realidad de manera especialmente intensa con su dependencia del gas ruso.

Durante años, importar gas relativamente barato podía interpretarse mediante una lógica económica convencional.

Rusia disponía de recursos.

Europa necesitaba energía.

La infraestructura existente permitía conectarlos.

El intercambio generaba beneficios mutuos.

Pero la relación tenía otra dimensión.

La concentración del suministro creaba una vulnerabilidad.

Cuando cambió el contexto geopolítico, aquello que había sido interpretado fundamentalmente como una relación comercial pasó a ser analizado como una dependencia estratégica.

El ejemplo ilustra una idea fundamental:

una misma interdependencia puede cambiar de naturaleza sin que cambie físicamente la infraestructura.

Lo que cambia puede ser:

el contexto político,

la probabilidad de interrupción

o

la posibilidad de coerción.

Por tanto, evaluar dependencia requiere incorporar no solo variables económicas, sino también escenarios.

Un suministro puede ser eficiente bajo una determinada relación política y vulnerable bajo otra.


9.6. Dependencia tecnológica

La dependencia tecnológica presenta características diferentes de la dependencia energética.

Un recurso energético puede, en determinadas circunstancias, sustituirse mediante otra fuente.

Una tecnología compleja puede ser mucho más difícil de reproducir.

Esto ocurre porque las capacidades tecnológicas son acumulativas.

No dependen únicamente de capital.

Dependen de:

conocimiento,

experiencia,

talento,

propiedad intelectual,

proveedores,

infraestructuras,

software,

equipamiento

y aprendizaje.

Una economía puede decidir que desea producir internamente una tecnología y disponer de financiación suficiente.

Pero eso no significa que pueda hacerlo inmediatamente.

Puede necesitar años.

Esta característica convierte el tiempo de sustitución en una dimensión esencial de la dependencia tecnológica.

Un componente puede ser pequeño.

Puede representar poco comercio.

Pero si solo unas pocas empresas pueden fabricarlo y desarrollar una alternativa exige una década, su importancia estratégica puede ser enorme.

Los semiconductores ofrecen un ejemplo evidente.

Pero el mecanismo puede aparecer también en:

equipamiento industrial,

software,

biotecnología,

telecomunicaciones,

inteligencia artificial

o maquinaria altamente especializada.

La dependencia tecnológica es, por tanto, fundamentalmente una dependencia de capacidades acumuladas.

Y las capacidades no pueden importarse siempre de forma instantánea.


9.7. Minerales críticos

La transición energética y la revolución tecnológica han aumentado la importancia de determinados minerales.

Litio.

Cobalto.

Níquel.

Grafito.

Tierras raras.

Cobre.

Otros materiales especializados.

Estos recursos desempeñan funciones fundamentales en:

baterías,

motores eléctricos,

redes,

electrónica,

defensa

y tecnologías renovables.

Pero el análisis no puede limitarse a preguntar dónde se encuentra geológicamente el mineral.

Una cadena puede incluir:

extracción,

procesamiento,

refinado,

fabricación de materiales

y producción de componentes.

La concentración puede encontrarse en cualquiera de esas etapas.

Un país puede disponer de grandes reservas y carecer de capacidad de refinado.

Otro puede importar mineral y dominar la transformación industrial.

Por ello, la dependencia de recursos debe analizarse mediante toda la cadena.

Esta observación vuelve a mostrar la diferencia entre:

poseer recursos

y

poseer capacidades.

La geología proporciona una dotación.

Pero convertirla en poder productivo requiere:

capital,

tecnología,

infraestructura,

permisos,

empresas,

conocimiento

y escala.

La transición energética genera así una nueva geografía de interdependencias.

Reducir dependencia del petróleo y gas puede crear simultáneamente nuevas dependencias en:

minerales,

baterías,

componentes eléctricos

o tecnologías de procesamiento.

La autonomía nunca es absoluta.

Las dependencias cambian de forma.


9.8. Resiliencia frente a eficiencia

La aparición de estas vulnerabilidades generó una reacción conceptual.

Durante décadas, las empresas habían intentado reducir costes eliminando aquello que parecía innecesario.

Inventarios.

Proveedores redundantes.

Capacidad ociosa.

Producción duplicada.

Estas decisiones aumentaban eficiencia.

Pero también reducían determinados márgenes de seguridad.

La resiliencia exige introducir una lógica distinta.

No consiste en maximizar producción en condiciones normales.

Consiste en mantener funciones esenciales cuando las condiciones dejan de ser normales.

Esta diferencia puede representarse mediante dos preguntas.

Eficiencia

¿Cuál es la estructura de menor coste para producir hoy?

Resiliencia

¿Qué estructura permite continuar funcionando si ocurre un shock?

Ambas preguntas son legítimas.

El problema aparece cuando solo respondemos a una.

Un sistema completamente redundante puede ser extraordinariamente resiliente y económicamente ineficiente.

Un sistema absolutamente optimizado puede ser muy barato y extremadamente frágil.

La política económica debe encontrar un equilibrio


Podemos interpretar la resiliencia como una forma de seguro.

Mantener:

inventarios,

capacidad de reserva,

proveedores alternativos

o producción doméstica

tiene un coste.

Ese coste puede parecer innecesario durante años.

Pero el valor del seguro solo se revela cuando ocurre el evento contra el que protege.

La cuestión económica correcta no es:

¿la resiliencia cuesta dinero?

Naturalmente que sí.

La cuestión es:

¿el coste de esa protección es inferior al daño esperado que evita?

Esta formulación permite evitar dos extremos.

El primero sería ignorar completamente el riesgo en nombre de la eficiencia.

El segundo sería justificar cualquier coste en nombre de la seguridad.

La resiliencia debe ser evaluada económicamente.


9.9. Redundancia, inventarios y capacidad de reserva

Una estructura resiliente puede utilizar diferentes mecanismos.

Diversificación de proveedores

Reduce la dependencia de un único actor.

Pero solo funciona si los proveedores son realmente independientes.

Inventarios

Permiten absorber interrupciones temporales.

Son especialmente útiles cuando el shock dura menos que el tiempo necesario para encontrar alternativas.

Capacidad ociosa

Permite aumentar rápidamente producción cuando desaparece otro proveedor.

Pero mantenerla tiene costes.

Contratos alternativos

Pueden facilitar acceso prioritario a nuevos suministros.

Producción doméstica

Puede reducir determinadas vulnerabilidades, aunque no garantiza por sí misma resiliencia.

Diseño modular

Un producto que puede utilizar componentes alternativos es más resiliente que otro dependiente de una única especificación.

Interoperabilidad

Los estándares abiertos pueden facilitar sustitución.

Reservas estratégicas

El Estado puede almacenar determinados bienes esenciales.

Petróleo.

Gas.

Productos médicos.

Materias primas.

La combinación óptima dependerá del sector.

No tiene sentido aplicar la misma estrategia a:

trigo,

semiconductores,

gas natural

y software.

Por ello, la resiliencia no puede convertirse en una política genérica de “traer producción a casa”.

Necesita análisis sectorial.


9.10. El retorno de la seguridad económica

La acumulación de shocks terminó modificando el lenguaje de la política económica.

Conceptos que durante décadas habían ocupado una posición secundaria regresaron al centro del debate.

Seguridad económica.

Autonomía estratégica.

Resiliencia.

Friend-shoring.

Nearshoring.

De-risking.

Critical supply chains.

Estos conceptos reflejan una transformación más profunda.

La política económica comienza a considerar que determinadas actividades tienen un valor que no puede medirse únicamente mediante su rentabilidad inmediata.

Un semiconductor.

Una red eléctrica.

Una infraestructura de telecomunicaciones.

Un medicamento esencial.

Un mineral crítico.

Una capacidad militar.

Puede tener una importancia sistémica.

Esto introduce una dificultad evidente.

Si cualquier industria puede declararse estratégica, la seguridad económica puede convertirse en una justificación universal para el proteccionismo.

Empresas ineficientes pueden reclamar protección.

Gobiernos pueden favorecer campeones nacionales.

Los subsidios pueden multiplicarse.

Las represalias pueden aumentar.

Y el sistema comercial puede fragmentarse.

Por tanto, el retorno de la seguridad económica necesita criterios.

Una actividad debería considerarse estratégica no simplemente porque:

genere empleo,

sea grande

o

disponga de influencia política.

Debe existir una relación identificable con:

criticidad,

dependencia,

sustituibilidad,

externalidades

o capacidad de respuesta ante shocks.

Esto nos conduce hacia una cuestión metodológica fundamental para RMS:

la estrategia económica necesita medición.

No basta con afirmar que una dependencia existe.

Debemos evaluar:

su magnitud,

su concentración,

su criticidad,

su sustituibilidad,

su coste,

su tiempo de sustitución

y las consecuencias de su interrupción.


9.11. La externalidad de resiliencia

La tensión entre eficiencia empresarial y resiliencia del sistema puede formularse mediante una idea especialmente importante.

Supongamos que una empresa puede comprar un componente a un único proveedor internacional por 100 euros.

Mantener un segundo proveedor elevaría el coste a 110.

Desde la perspectiva de la empresa, eliminar la redundancia puede ser racional.

Pero imaginemos que la interrupción de ese componente no afecta únicamente a esa empresa.

Detiene también:

proveedores,

transportistas,

otras fábricas,

servicios públicos

o infraestructuras esenciales.

Parte del coste de la interrupción recae sobre terceros.

La empresa no internaliza necesariamente todo ese daño.

Aparece entonces una posible externalidad de resiliencia.

La estructura más barata para una empresa puede no ser la estructura socialmente óptima si genera riesgos significativos para el conjunto del sistema.

Esto proporciona una justificación económica potencial para determinadas intervenciones públicas.

Pero también exige cautela.

No toda dependencia produce una externalidad significativa.

No toda redundancia merece subsidio.

El análisis debe identificar casos en los que:

el coste social del fallo supera claramente el coste privado considerado por los agentes.

Esta formulación permite integrar resiliencia dentro de la teoría económica en lugar de presentarla como una alternativa a la eficiencia.


9.12. La dimensión temporal de la resiliencia

Una de las variables más importantes y menos visibles es el tiempo.

Supongamos dos componentes igualmente esenciales.

El primero deja de importarse, pero puede sustituirse en dos semanas.

El segundo requiere cinco años para desarrollar una capacidad alternativa.

El volumen comercial puede ser idéntico.

La dependencia económica no lo es.

Por ello, necesitamos incorporar el tiempo de sustitución.

Podemos imaginar la vulnerabilidad como una relación entre:

duración esperada del shock

y

tiempo necesario para adaptarse.

Si una interrupción dura menos que el tiempo cubierto por inventarios, el impacto puede ser limitado.

Si supera la capacidad de absorción antes de que aparezcan alternativas, la vulnerabilidad aumenta rápidamente.

Esta estructura introduce una visión dinámica.

La resiliencia no consiste únicamente en tener capacidad alternativa.

También consiste en poder activarla con suficiente rapidez.

Aparece así otra dimensión de capacidad:

velocidad de respuesta.

Dos economías pueden poseer recursos similares.

La que pueda reorganizarlos más rápidamente será más resiliente.


9.13. Dependencia no significa vulnerabilidad

Conviene introducir una distinción conceptual adicional.

Dependencia y vulnerabilidad no son sinónimos.

Una economía puede depender fuertemente de importaciones y ser poco vulnerable si existen:

muchos proveedores,

mercados líquidos,

productos sustituibles

y capacidad rápida de adaptación.

Otra puede importar poco y ser extremadamente vulnerable si aquello que importa es:

crítico,

insustituible

y altamente concentrado.

Por tanto:

dependencia describe una relación.

Vulnerabilidad describe las consecuencias potenciales de que esa relación se interrumpa.

Esta diferencia será importante para evitar diagnósticos erróneos.

Reducir todas las dependencias puede ser económicamente absurdo.

Reducir aquellas que generan vulnerabilidades sistémicas puede ser racional.


9.14. De-risking no es decoupling

La creciente preocupación por las dependencias ha producido también diferentes estrategias.

Una posibilidad extrema sería el decoupling:

reducir de forma profunda las interdependencias económicas entre sistemas rivales.

Pero una economía mundial completamente desacoplada tendría costes enormes.

Duplicaría capacidades.

Reduciría especialización.

Fragmentaría mercados.

Aumentaría precios.

Y probablemente reduciría innovación y productividad.

Una estrategia diferente es el de-risking.

No intenta eliminar toda interdependencia.

Busca reducir aquellas dependencias consideradas excesivamente vulnerables.

La diferencia es fundamental.

Decoupling pregunta:

¿cómo dejamos de depender?

De-risking pregunta:

¿qué dependencias necesitamos gestionar mejor?

Desde la perspectiva de este libro, la segunda pregunta resulta analíticamente mucho más útil.

Toda economía abierta dependerá de otras.

El objetivo razonable no es autosuficiencia total.

Es construir una estructura de interdependencia compatible con un nivel aceptable de riesgo.


9.15. Una primera matriz de dependencia estratégica

Podemos empezar a ordenar el análisis mediante una matriz sencilla.

Toda dependencia debería evaluarse al menos mediante seis preguntas:

1. Concentración

¿Cuántos proveedores efectivos existen?

2. Criticidad

¿Qué ocurre si el suministro desaparece?

3. Sustituibilidad

¿Existe otro producto o tecnología capaz de cumplir la misma función?

4. Capacidad alternativa

¿Existen proveedores domésticos o externos disponibles?

5. Tiempo

¿Cuánto tardaríamos en sustituir la capacidad perdida?

6. Coste

¿Qué coste económico implica la sustitución?

A estas dimensiones añadiremos posteriormente otras:

riesgo geopolítico,

capacidad de coerción,

interdependencia inversa,

externalidades,

impacto social

y relevancia tecnológica.

Pero incluso esta primera matriz permite mejorar enormemente el análisis respecto a indicadores simples de dependencia comercial.


De la eficiencia a la resiliencia

La principal conclusión de este capítulo no es que la globalización fuera un error.

Ni que las cadenas globales deban desmantelarse.

Ni que cada economía necesite producir internamente todo aquello que consume.

La conclusión es más precisa.

Durante décadas, buena parte de la economía internacional optimizó principalmente una variable:

eficiencia.

Pero un sistema complejo necesita considerar también:

robustez,

adaptabilidad,

redundancia,

sustituibilidad

y

tiempo de recuperación.

En otras palabras:

la eficiencia debe evaluarse incorporando el riesgo.

Una estructura ligeramente más cara puede ser económicamente superior si reduce de manera significativa la probabilidad de una interrupción catastrófica.

Pero una estructura mucho más cara no se justifica simplemente porque sea doméstica.

La resiliencia no elimina el análisis coste-beneficio.

Lo hace más completo.


De la vulnerabilidad al poder

Existe, además, una consecuencia adicional.

Una dependencia no es solamente una fuente de vulnerabilidad ante accidentes o shocks.

Puede convertirse también en una fuente de poder para quien controla el recurso o nodo crítico.

Si una economía depende de otra para obtener:

energía,

tecnología,

financiación,

minerales,

software

o infraestructura,

el proveedor puede disponer potencialmente de una capacidad de presión.

No significa que la utilice.

Pero la posibilidad existe.

La interdependencia económica comienza entonces a adquirir una dimensión política.

Pasamos de preguntar:

¿qué ocurre si el proveedor falla?

a otra pregunta:

¿qué ocurre si el proveedor decide utilizar deliberadamente nuestra dependencia?

En ese momento entramos plenamente en el terreno de la geoeconomía.

Ese será el objeto del siguiente capítulo:

10. Comercio, poder y geoeconomía


Capitulo 8. La revolución tecnológica

 

8. La revolución tecnológica

8.1. Digitalización de la economía
8.2. Plataformas y mercados de dos lados
8.3. Externalidades de red
8.4. Datos como recurso económico
8.5. Software e intangibles
8.6. Propiedad intelectual
8.7. Semiconductores
8.8. Inteligencia artificial
8.9. Tecnología y productividad
8.10. Concentración del poder tecnológico


La transformación de la economía internacional desde finales del siglo XX no puede comprenderse únicamente mediante la globalización productiva y financiera.

Existe una tercera ruptura de igual importancia:

la revolución tecnológica.

La digitalización modificó simultáneamente:

la organización de las empresas,

la naturaleza de los mercados,

la localización de la producción,

la forma de comerciar,

la estructura de costes,

la acumulación de capital,

la innovación

y la distribución del poder económico.

Durante la economía industrial tradicional, los principales factores productivos podían representarse de manera relativamente sencilla:

trabajo, capital, tierra y recursos naturales.

El conocimiento siempre había sido fundamental.

La tecnología también

Pero con la digitalización, determinados activos intangibles comenzaron a adquirir una importancia mucho mayor:

software,

datos,

algoritmos,

patentes,

diseño,

marcas,

propiedad intelectual,

capacidad computacional

y redes de usuarios.

Esto produjo una transformación profunda.

Una empresa podía adquirir un enorme valor económico sin poseer una cantidad equivalente de activos físicos.

Un producto digital podía reproducirse millones de veces con un coste marginal extraordinariamente bajo.

Una plataforma podía conectar productores y consumidores sin fabricar directamente aquello que intercambiaban.

Los datos generados por los usuarios podían mejorar algoritmos.

La mejora del algoritmo atraía nuevos usuarios.

Los nuevos usuarios generaban más datos.

Y esos datos reforzaban nuevamente la ventaja de la plataforma.

La economía digital introducía así nuevos feedbacks acumulativos.

Al mismo tiempo, algunas tecnologías fundamentales requerían enormes inversiones físicas.

La nube necesitaba centros de datos.

La inteligencia artificial necesitaba semiconductores.

Los semiconductores necesitaban fábricas extraordinariamente sofisticadas.

Las fábricas necesitaban maquinaria especializada.

La digitalización no eliminaba la economía material.

La reorganizaba.

Detrás de un servicio aparentemente intangible podía existir una enorme infraestructura física de:

energía,

chips,

cables,

centros de datos,

satélites

y redes de telecomunicaciones.

La distinción entre economía digital y economía industrial comenzaba, por tanto, a perder sentido.

La tecnología se convertía progresivamente en una infraestructura transversal de todo el sistema productivo.

Esta transformación tendrá una consecuencia fundamental para la economía internacional:

la capacidad tecnológica dejará de ser únicamente una fuente de productividad para convertirse también en un factor de dependencia, concentración y poder.


8.1. Digitalización de la economía

La digitalización puede entenderse, en términos generales, como la transformación de información, procesos y actividades económicas mediante tecnologías digitales.

Su impacto ha sido mucho más profundo que la simple aparición de nuevos productos.

La informática comenzó modificando tareas concretas.

Contabilidad.

Diseño.

Gestión de inventarios.

Procesamiento de información.

Comunicaciones.

Pero progresivamente empezó a reorganizar procesos productivos completos.

Las empresas podían coordinar operaciones internacionales en tiempo real.

Los proveedores podían compartir información sobre:

inventarios,

pedidos,

producción,

diseño

y logística.

Las cadenas globales de valor estudiadas en el capítulo 5 habrían resultado mucho más difíciles de organizar sin esta revolución informacional.

La digitalización redujo uno de los costes más importantes de cualquier sistema económico:

el coste de coordinación.

Cuando coordinar resulta caro, las actividades tienden a concentrarse.

Cuando coordinar a distancia se vuelve barato, las empresas pueden fragmentar procesos.

Esto explica por qué globalización productiva y revolución digital avanzaron conjuntamente.

Las tecnologías de información permitieron separar geográficamente actividades que antes necesitaban proximidad.

Una empresa podía diseñar en California.

Coordinar proveedores asiáticos.

Gestionar inventarios desde Europa.

Procesar datos en centros de datos distribuidos internacionalmente.

Y vender simultáneamente en decenas de países.

La empresa adquiría una estructura genuinamente transnacional.

Pero la digitalización produjo también el movimiento opuesto.

Si reducía los costes de coordinación de redes productivas dispersas, también permitía concentrar determinadas funciones globalmente.

Un mismo software podía servir a millones de usuarios.

Una misma plataforma podía coordinar mercados internacionales.

Un único proveedor de nube podía prestar infraestructura digital a empresas de numerosos países.

Una sola arquitectura tecnológica podía convertirse en estándar global.

Por tanto, la digitalización genera simultáneamente:

dispersión productiva

y

concentración funcional.

Esta dualidad será una característica recurrente del nuevo sistema.


8.2. Plataformas y mercados de dos lados

Una de las formas empresariales más características de la economía digital es la plataforma.

Una plataforma no produce necesariamente el bien o servicio que intercambian sus usuarios.

Su función principal consiste en conectar diferentes grupos.

Compradores y vendedores.

Conductores y pasajeros.

Anunciantes y consumidores.

Desarrolladores y usuarios.

Comercios y clientes.

Creadores y audiencias.

Esta estructura suele describirse mediante el concepto de mercado de dos lados o, más ampliamente, mercado multisided.

La característica fundamental es que el valor que la plataforma ofrece a un grupo depende de la presencia de otro.

Una plataforma de comercio electrónico resulta más atractiva para los compradores cuantos más vendedores participan.

Pero también resulta más atractiva para los vendedores cuantos más compradores existen.

Surge así un proceso circular:

más compradores → más vendedores → mayor variedad → más compradores.

Este mecanismo altera profundamente la lógica competitiva.

En un mercado tradicional, una empresa puede crecer aumentando su producción.

En una plataforma, puede crecer aumentando la propia red.

La red se convierte en parte del producto.

Esto genera una diferencia importante respecto a muchas industrias tradicionales.

Una empresa que produce automóviles puede fabricar más coches.

Pero cada automóvil adicional no hace necesariamente más útil el automóvil de los demás consumidores.

En una red digital, cada nuevo participante puede aumentar directamente el valor para otros usuarios.

Aparecen entonces fuertes externalidades de red.


8.3. Externalidades de red y mercados winner-takes-most

Las externalidades de red pueden generar procesos acumulativos extraordinariamente fuertes.

Una plataforma con más usuarios resulta más útil.

Al resultar más útil atrae nuevos usuarios.

Los nuevos usuarios aumentan nuevamente su utilidad.

Este feedback positivo puede producir mercados muy concentrados.

La dinámica puede representarse de manera simplificada:

usuarios → valor de la red → nuevos usuarios → más valor.

Si además la plataforma recopila datos, aparece un segundo feedback:

usuarios → datos → mejores servicios o algoritmos → más usuarios.

Y si los desarrolladores construyen aplicaciones complementarias, surge un tercero:

usuarios → desarrolladores → aplicaciones → más usuarios.

La combinación de estos mecanismos puede generar ecosistemas extraordinariamente difíciles de desafiar.

Esto no significa necesariamente que exista un monopolio absoluto.

Pueden coexistir varios competidores.

Pero la estructura puede tender hacia mercados de tipo:

winner-takes-most.

Un pequeño número de empresas captura una gran proporción de:

usuarios,

datos,

publicidad,

beneficios

o infraestructura.

Esta concentración introduce una cuestión que la teoría tradicional de economías de escala ya había anticipado, pero que adquiere una dimensión nueva.

En la economía industrial, la escala permitía producir más barato.

En la economía digital, la escala puede hacer también mejor el propio producto.

Un buscador con más datos puede mejorar resultados.

Una plataforma con más vendedores ofrece mayor variedad.

Una red social con más usuarios permite más conexiones.

La escala deja de ser únicamente una cuestión de coste.

Se convierte también en una ventaja informacional y de red.


8.4. Datos como recurso económico

Una de las afirmaciones más frecuentes de la economía digital es que los datos se han convertido en un nuevo factor productivo.

La expresión requiere matización.

Los datos no son equivalentes al petróleo, al trabajo o al capital físico.

Tienen características económicas diferentes.

Pueden copiarse.

Pueden utilizarse simultáneamente para múltiples fines.

Su valor depende del contexto.

Datos aislados pueden ser prácticamente inútiles.

Grandes bases de datos pueden tener poco valor si no existen herramientas capaces de analizarlas.

Su utilidad depende de:

calidad,

volumen,

variedad,

actualización,

capacidad computacional

y algoritmos.

Por ello, lo relevante no es simplemente poseer datos.

Es disponer del sistema necesario para transformarlos en información económicamente útil.

Esta observación encaja directamente con una de las proposiciones centrales de RMS:

un recurso no equivale automáticamente a una capacidad.

Datos sin:

infraestructura,

talento,

software,

capacidad computacional

y organización

pueden producir poco valor.

Cuando esos mecanismos existen, los datos pueden utilizarse para:

mejorar productos,

predecir demanda,

optimizar logística,

personalizar servicios,

automatizar decisiones,

entrenar modelos

o desarrollar nuevas tecnologías.

La acumulación de datos puede además reforzar posiciones empresariales.

Una empresa con millones de usuarios puede observar más comportamientos.

Esos datos pueden mejorar sus servicios.

La mejora atrae más usuarios.

Aparece nuevamente un proceso acumulativo.

Esto introduce una dimensión internacional.

Si los datos se generan en un país pero son procesados por empresas situadas en otro, ¿dónde se genera realmente el valor?

¿Quién controla la infraestructura?

¿Quién tiene acceso a la información?

¿Dónde se almacenan los datos?

¿Qué legislación se aplica?

La digitalización transforma así cuestiones aparentemente domésticas de privacidad o competencia en problemas de economía internacional.

Surgen conceptos como:

soberanía digital

y

localización de datos.

La información empieza a adquirir una dimensión estratégica.


8.5. Software e intangibles

La economía industrial tradicional estaba dominada por activos físicos.

Fábricas.

Maquinaria.

Edificios.

Vehículos.

Inventarios.

En la economía contemporánea, una proporción creciente del valor empresarial depende de activos intangibles.

Software.

Patentes.

Bases de datos.

Diseños.

Marcas.

Procesos organizativos.

Investigación.

Capital humano.

Estos activos presentan características económicas particulares.

Muchos requieren una inversión inicial elevada.

Pero después pueden reproducirse con costes marginales muy bajos.

Desarrollar un programa informático puede requerir millones de horas de trabajo.

Copiarlo posteriormente para un nuevo usuario puede costar prácticamente cero.

Esto genera fuertes economías de escala.

Una empresa que reparte grandes costes fijos entre millones de clientes puede alcanzar costes medios muy reducidos.

Además, numerosos activos intangibles pueden utilizarse simultáneamente en muchos lugares.

Una máquina física solo puede estar en un lugar concreto.

Un algoritmo puede utilizarse simultáneamente en múltiples países.

Un diseño puede incorporarse a millones de productos.

Una marca puede operar globalmente.

Esta característica facilita una expansión internacional extraordinariamente rápida.

Pero los intangibles plantean también nuevas dificultades de medición.

Las estadísticas económicas fueron construidas fundamentalmente para una economía material.

Es relativamente sencillo identificar dónde se encuentra una fábrica.

Resulta mucho más difícil determinar dónde se genera el valor de:

un algoritmo,

una patente,

una marca

o una base de datos.

Esto afecta a:

comercio,

productividad,

inversión,

beneficios

y fiscalidad internacional

Una empresa puede diseñar una tecnología en un país.

Registrar propiedad intelectual en otro.

Facturar servicios desde un tercero.

Mantener servidores en varios territorios.

Y vender globalmente.

La geografía económica de la empresa se vuelve mucho menos intuitiva.


8.6. Propiedad intelectual y nuevas ventajas comparativas

La propiedad intelectual adquirió una importancia creciente dentro de esta economía basada en conocimiento.

Patentes.

Copyright.

Secretos comerciales.

Diseños.

Marcas.

Software.

Todos ellos permiten proteger temporalmente determinados activos intangibles.

La lógica económica es conocida.

La innovación requiere inversión.

Pero el conocimiento puede copiarse con relativa facilidad una vez creado.

Si cualquier competidor pudiera reproducir inmediatamente una invención sin asumir los costes de desarrollarla, los incentivos privados para investigar podrían ser insuficientes.

Los derechos de propiedad intelectual intentan resolver este problema concediendo exclusividad temporal.

Pero desde una perspectiva internacional aparece otra dimensión.

La propiedad intelectual determina también cómo se distribuyen las rentas dentro de las cadenas globales.

Una economía puede fabricar físicamente un producto y capturar una parte limitada del valor añadido.

Otra puede poseer:

patentes,

software,

diseño

y marca

y apropiarse de una proporción mucho mayor.

Esto permite introducir una distinción fundamental:

capacidad de fabricar

y

capacidad de controlar el conocimiento que organiza la fabricación

no son equivalentes.

Durante la primera fase de globalización productiva, muchas economías avanzadas aceptaron externalizar parte de la fabricación manteniendo actividades de mayor valor añadido:

investigación,

diseño,

propiedad intelectual,

financiación

y marketing.

La hipótesis implícita era que conservar estas actividades permitiría mantener las posiciones más rentables de las cadenas.

Durante un tiempo, esta estrategia resultó extraordinariamente rentable para numerosas empresas.

Pero aparecería una pregunta posterior.

¿Puede una economía conservar indefinidamente capacidad de innovación si se separa demasiado de la producción?

La interacción entre:

investigación,

ingeniería,

fabricación

y aprendizaje práctico

puede ser más profunda de lo que sugiere una división sencilla entre “diseñar aquí y fabricar allí”.

Esta cuestión será especialmente importante cuando analicemos:

semiconductores,

baterías,

vehículos eléctricos

y otras tecnologías complejas.


8.7. Semiconductores: la infraestructura invisible de la economía digital

Pocas industrias representan tan bien la nueva economía internacional como los semiconductores.

Un chip es un producto físico.

Pero incorpora enormes cantidades de:

conocimiento,

diseño,

software,

ingeniería,

equipamiento,

materiales

y propiedad intelectual.

La cadena de semiconductores está además extraordinariamente fragmentada.

Diferentes empresas y países pueden especializarse en:

diseño,

arquitecturas,

software de diseño electrónico,

equipamiento de fabricación,

materiales,

fabricación avanzada,

memorias,

encapsulado

y ensamblaje.

Esta estructura produjo una cadena global altamente eficiente.

Cada actor podía concentrarse en aquello en lo que poseía ventajas muy profundas.

Pero también produjo una concentración extraordinaria de determinadas capacidades.

Algunas etapas críticas quedaron dominadas por:

muy pocas empresas

y

un número reducido de localizaciones.

Esto convierte los semiconductores en un ejemplo perfecto de la paradoja de la globalización productiva.

La especialización extrema aumenta productividad y simultáneamente puede aumentar dependencia.

Construir una planta avanzada requiere inversiones gigantescas.

Pero el capital financiero no es suficiente.

También son necesarios:

conocimiento acumulado,

personal altamente especializado,

proveedores,

equipos,

software,

materiales,

procedimientos

y experiencia productiva.

Una economía puede disponer de miles de millones para invertir y seguir necesitando años para desarrollar una capacidad competitiva.

Aquí aparece con enorme claridad la diferencia entre:

capital

y

capacidad.

La existencia del dinero necesario para comprar una fábrica no garantiza que exista el ecosistema necesario para operarla en la frontera tecnológica.

Los semiconductores anticipan así uno de los argumentos centrales del libro:

las capacidades complejas son stocks acumulativos de conocimiento, instituciones, empresas y experiencia que no pueden reproducirse instantáneamente.

Esta característica explica por qué determinadas tecnologías terminarán adquiriendo una importancia geoeconómica extraordinaria.


8.8. Inteligencia artificial

La inteligencia artificial constituye una nueva etapa dentro de esta transformación.

Su importancia potencial procede de que no debe interpretarse únicamente como un sector.

Puede convertirse en una tecnología de propósito general, capaz de afectar a múltiples actividades.

Investigación.

Programación.

Diseño.

Manufactura.

Logística.

Finanzas.

Sanidad.

Defensa.

Educación.

Servicios empresariales.

La economía de la inteligencia artificial depende de una combinación particular de recursos.

Datos.

Algoritmos.

Talento.

Semiconductores avanzados.

Capacidad computacional.

Electricidad.

Centros de datos.

Capital.

Infraestructura de nube.

Por tanto, un modelo de inteligencia artificial aparentemente intangible depende de una arquitectura profundamente material.

Esta característica vuelve a cuestionar la separación entre economía digital e industrial.

La inteligencia artificial necesita chips.

Los chips necesitan fábricas.

Las fábricas necesitan equipos extremadamente especializados.

Los centros de datos necesitan energía.

La energía necesita redes.

La frontera tecnológica digital descansa finalmente sobre una extensa infraestructura física.

Además, la IA presenta fuertes economías de escala.

Entrenar determinados sistemas avanzados puede exigir inversiones muy elevadas.

La acumulación de talento, datos y capacidad computacional puede generar barreras de entrada.

Y la integración con grandes plataformas existentes puede reforzar ventajas empresariales.

Esto plantea un problema económico que irá adquiriendo mayor importancia:

¿la inteligencia artificial ampliará la competencia o reforzará la concentración?

La respuesta probablemente dependerá de diferentes capas del sistema.

Pueden proliferar aplicaciones mientras se concentra la infraestructura.

Puede existir competencia entre desarrolladores y, al mismo tiempo, dependencia de unos pocos proveedores de:

chips,

nube

o modelos fundamentales.

Por ello, el análisis de la IA no puede limitarse a contar empresas.

Necesita estudiar la arquitectura completa de la capacidad tecnológica.


8.9. Tecnología y productividad

La revolución digital generó enormes expectativas de productividad.

Si las empresas podían:

automatizar procesos,

coordinarse mejor,

acceder instantáneamente a información,

optimizar producción

y sustituir tareas repetitivas,

parecía razonable esperar un fuerte incremento del crecimiento agregado de productividad.

Sin embargo, la relación entre innovación tecnológica y productividad macroeconómica no es automática.

Existe una diferencia entre:

inventar una tecnología

y

difundirla por todo el sistema productivo.

Una empresa líder puede adoptar rápidamente una herramienta.

Miles de pequeñas empresas pueden tardar años.

Una tecnología puede necesitar:

nuevas infraestructuras,

formación,

cambios organizativos,

inversiones complementarias

y rediseño de procesos

antes de producir todo su efecto.

Esto introduce una cuestión que será especialmente importante para Europa.

No basta con producir conocimiento científico.

La economía debe ser capaz de:

adoptarlo,

escalarlo

y difundirlo.

Una economía puede disponer de excelentes universidades y generar investigación de gran calidad, pero obtener un crecimiento reducido de productividad si:

sus empresas son pequeñas,

la inversión es insuficiente,

los mercados están fragmentados,

la financiación de crecimiento es limitada

o la tecnología se difunde lentamente.

De nuevo aparece la diferencia entre recurso y capacidad.

Conocimiento disponible no es igual a productividad.

Entre ambos existe un conjunto de mecanismos.

Esta es una cuestión esencial para RMS.

Una matriz tradicional puede medir:

gasto en I+D,

número de investigadores,

patentes

o titulados.

Pero si queremos comprender la competitividad real necesitamos preguntar:

¿qué mecanismos convierten esos recursos en innovación difundida, empresas escalables y productividad?


8.10. Concentración del poder tecnológico

La revolución tecnológica produjo finalmente una concentración creciente de determinadas capacidades.

Esto ocurrió tanto a nivel empresarial como territorial.

Grandes empresas digitales alcanzaron posiciones dominantes en:

búsqueda,

redes sociales,

comercio electrónico,

sistemas operativos,

servicios de nube,

publicidad digital

y diferentes capas de infraestructura tecnológica.

Al mismo tiempo, algunas regiones concentraron:

capital riesgo,

universidades,

talento,

empresas,

centros de investigación

y ecosistemas emprendedores.

La economía del conocimiento mostró así una tendencia semejante a la industria:

las capacidades pueden aglomerarse.

Las razones son múltiples.

El talento quiere trabajar donde existe talento.

El capital quiere invertir donde existen empresas.

Las empresas se sitúan donde existe capital.

Los proveedores especializados siguen a las empresas.

Las universidades atraen investigadores.

Los investigadores generan nuevas empresas.

La secuencia puede representarse como otro feedback:

talento → innovación → empresas → capital → más talento.

Los ecosistemas tecnológicos pueden convertirse, por tanto, en estructuras acumulativas.

Esto explica por qué resulta extremadamente difícil reproducirlos mediante una única política.

Crear un fondo público no crea automáticamente Silicon Valley.

Construir una universidad no crea automáticamente un cluster tecnológico.

Aprobar una ley favorable no crea automáticamente una industria.

Los ecosistemas emergen de la interacción entre múltiples recursos y mecanismos.

Esta observación será fundamental cuando posteriormente comparemos:

Estados Unidos,

China

y Europa.

Cada uno dispone de recursos significativos.

Pero los mecanismos mediante los cuales esos recursos se convierten en capacidades tecnológicas son muy diferentes.


8.11. De la tecnología comercial a la tecnología estratégica

Durante buena parte de la globalización, la tecnología fue tratada principalmente como fuente de crecimiento económico.

Una innovación aumentaba productividad.

Una empresa desarrollaba mejores productos.

La transferencia tecnológica podía beneficiar a economías receptoras.

La especialización permitía distribuir internacionalmente la producción tecnológica.

Esta lógica continúa siendo válida.

Pero algunas tecnologías comenzaron a adquirir otra dimensión.

Semiconductores avanzados.

Inteligencia artificial.

Computación cuántica.

Telecomunicaciones.

Ciberseguridad.

Satélites.

Biotecnología.

En estos ámbitos, la frontera entre:

capacidad económica

y

capacidad estratégica

se vuelve difusa.

Una tecnología puede aumentar productividad industrial y tener aplicaciones militares.

Una infraestructura digital puede facilitar comercio y almacenar información crítica.

Una red de telecomunicaciones puede ofrecer eficiencia económica y convertirse en cuestión de seguridad.

Un semiconductor puede utilizarse en un teléfono, un automóvil o un sistema de defensa.

Por ello, los gobiernos comienzan a preguntarse no únicamente:

¿quién produce esta tecnología más eficientemente?

sino:

¿quién controla esta tecnología?

El cambio parece pequeño.

En realidad es enorme.

La primera pregunta pertenece fundamentalmente a la economía de la eficiencia.

La segunda introduce:

dependencia,

seguridad



resiliencia

y poder.

La tecnología comienza a convertirse en un objeto central de la geoeconomía.


8.12. Estándares y poder de mercado

Existe además una dimensión menos visible de la competencia tecnológica:

los estándares.

Las tecnologías necesitan reglas de compatibilidad.

Protocolos.

Interfaces.

Formatos.

Normas.

Especificaciones.

Quien participa en la definición de estándares puede adquirir ventajas significativas.

Un estándar ampliamente adoptado puede crear un ecosistema alrededor de una determinada tecnología.

Las empresas invierten en productos compatibles.

Los usuarios aprenden el sistema.

Los proveedores desarrollan complementos.

Cambiar posteriormente puede resultar costoso.

Surgen costes de cambio y situaciones de lock-in.

Esto significa que la competencia tecnológica no ocurre únicamente mediante precios.

También ocurre mediante:

arquitecturas,

protocolos

y estándares.

La empresa o país capaz de establecer un estándar puede influir sobre la evolución futura de todo un mercado.

Este mecanismo será especialmente relevante en:

telecomunicaciones,

tecnologías digitales,

inteligencia artificial,

vehículos eléctricos,

pagos

y transición energética.

La capacidad regulatoria adquiere entonces también dimensión económica.

Un mercado de gran tamaño puede establecer normas que empresas extranjeras terminan adoptando porque no quieren renunciar a acceder a él.

Regulación y mercado pueden convertirse así en fuentes de influencia internacional.


8.13. El comercio de servicios y la desaparición parcial de la distancia

La digitalización transformó también el comercio internacional de servicios.

Históricamente, numerosos servicios necesitaban proximidad física.

Un médico.

Un contable.

Un profesor.

Un diseñador.

Un programador.

Un asesor.

La revolución digital permitió que una parte creciente de estas actividades pudiera prestarse a distancia.

Esto amplió enormemente el campo de la especialización internacional.

La lógica del offshoring dejó de aplicarse únicamente a fábricas.

Podían desplazarse internacionalmente:

programación,

servicios financieros,

contabilidad,

diseño,

atención al cliente,

análisis de datos

y múltiples servicios empresariales.

La frontera entre comercio de bienes y comercio de servicios comenzó a hacerse menos clara.

Un automóvil moderno incorpora una cantidad creciente de software.

Una máquina industrial puede venderse acompañada de servicios digitales.

Una plataforma puede intermediar una transacción física mediante una infraestructura intangible.

El contenido digital del valor económico aumenta.

Esto genera también nuevas preguntas estadísticas.

¿Dónde se produce un servicio digital?

¿Dónde se exporta?

¿Dónde se consume?

¿Dónde tributan los beneficios?

¿Qué país debe atribuirse el valor creado por un algoritmo utilizado globalmente?

El sistema estadístico diseñado para una economía predominantemente material encuentra crecientes dificultades para representar estas actividades.


8.14. La paradoja de los intangibles

Los intangibles generan otra paradoja importante.

Pueden viajar globalmente con enorme facilidad.

Pero su creación tiende frecuentemente a concentrarse.

Un software puede venderse instantáneamente en cien países.

Pero los equipos capaces de producir determinadas tecnologías pueden encontrarse concentrados en unas pocas ciudades.

La globalización digital es simultáneamente:

global en distribución

y

concentrada en creación.

Esto ayuda a explicar por qué la economía digital puede producir empresas de enorme alcance internacional con una huella física relativamente limitada.

Y también por qué algunas regiones capturan una proporción desproporcionada del valor económico generado por las nuevas tecnologías.

La geografía continúa importando.

Pero importa de forma diferente.

La distancia pierde relevancia para distribuir una tecnología.

Puede conservar una enorme importancia para crearla.


8.15. Tecnología, dependencia y tiempo

La revolución tecnológica permite introducir finalmente una variable que será central durante el resto del libro:

el tiempo necesario para reproducir una capacidad.

Una economía puede importar un producto tecnológico durante décadas y decidir posteriormente que necesita fabricarlo internamente.

Pero no todas las capacidades pueden reconstruirse con la misma velocidad.

Puede ser relativamente sencillo sustituir un producto genérico.

Puede resultar extraordinariamente difícil sustituir:

una máquina extremadamente especializada,

un ecosistema de semiconductores,

una plataforma digital,

un sistema operativo

o una cadena científica acumulada durante décadas.

Por tanto, la dependencia tecnológica no debe medirse únicamente mediante el porcentaje de importaciones.

Necesitamos incorporar:

concentración,

criticidad,

sustituibilidad,

conocimiento,

escala

y tiempo.

Esta última dimensión resulta especialmente importante.

Una dependencia que puede sustituirse en tres meses es cualitativamente diferente de otra que requiere diez años de inversión.

Por ello:

el tiempo forma parte de la dependencia.

Y también forma parte de la capacidad.

Una economía no posee únicamente aquello que puede hacer.

Importa también cuánto tarda en hacerlo.

Esta idea tendrá posteriormente una presencia central en la matriz RMS.


De capital y trabajo a sistemas de capacidades

La revolución tecnológica obliga a reconsiderar la forma en que representamos los factores productivos.

El paradigma tradicional podía describir una economía mediante:

capital,

trabajo,

tierra

y tecnología.

El nuevo sistema exige una representación más rica.

Importan:

capital físico,

capital financiero,

capital humano,

conocimiento,

propiedad intelectual,

datos,

capacidad computacional,

energía,

infraestructura,

software,

instituciones,

redes,

proveedores

y ecosistemas.

Pero simplemente enumerar estos recursos tampoco es suficiente.

Una economía puede disponer de muchos de ellos y obtener resultados pobres.

La cuestión fundamental es cómo se combinan.

Por ello resulta más útil pensar en términos de:

recursos + mecanismos → capacidades.

Un país puede tener científicos.

Pero sin financiación, empresas e infraestructuras quizá no genere una industria.

Puede tener capital.

Pero sin proyectos, tecnología y capacidad empresarial puede no convertirlo en productividad.

Puede disponer de un enorme mercado.

Pero sin empresas capaces de escalar, ese mercado puede ser aprovechado por compañías extranjeras.

Puede generar datos.

Pero si la infraestructura digital está controlada externamente, capturará una parte limitada del valor.

La economía tecnológica contemporánea obliga así a desplazar gradualmente nuestra atención:

de las dotaciones a las capacidades.


La nueva geografía del poder económico

Los capítulos anteriores permiten observar ya una transformación más profunda.

En el siglo XX, las principales fuentes de poder económico internacional estaban asociadas a:

tamaño del mercado,

industria,

capital,

energía

y moneda.

Todas ellas continúan siendo fundamentales.

Pero la revolución tecnológica añade nuevas capas:

semiconductores,

datos,

plataformas,

nube,

algoritmos,

patentes,

estándares,

talento

y capacidad computacional.

Estas capacidades pueden convertirse en nodos críticos del sistema internacional.

Quien controla un nodo que los demás necesitan obtiene una forma de poder estructural.

No necesariamente porque quiera utilizarlo de forma coercitiva.

Simplemente porque otros dependen de él.

La dependencia tecnológica introduce así una nueva dimensión en la interdependencia económica.

Y cuando los gobiernos comienzan a utilizar deliberadamente esas posiciones para influir sobre otros actores, la economía entra plenamente en el terreno de la geoeconomía.


La gran transformación: producción, finanzas y tecnología

Con este capítulo podemos cerrar la primera gran secuencia de la Parte II.

Tres transformaciones han alterado la estructura de la economía mundial.

Primera: globalización productiva

La producción deja de organizarse principalmente dentro de las fronteras nacionales y se fragmenta mediante cadenas globales de valor.

Segunda: globalización financiera

El ahorro, el crédito, los activos y los balances se integran dentro de una red financiera global dominada por una jerarquía monetaria.

Tercera: revolución tecnológica

Los datos, el software, los intangibles, las plataformas y las tecnologías críticas modifican los factores productivos y generan nuevas formas de escala y concentración.

Las tres transformaciones se refuerzan mutuamente.

La tecnología permite coordinar cadenas globales.

Las cadenas globales permiten especialización tecnológica.

Las finanzas proporcionan capital para expandir empresas.

Las plataformas generan datos.

Los datos mejoran tecnologías.

Las tecnologías aumentan productividad.

La escala genera beneficios que pueden reinvertirse.

Aparecen múltiples feedbacks.

La economía internacional comienza a comportarse cada vez menos como una suma de mercados independientes.

Se convierte en un sistema de sistemas interconectados.

Producción.

Finanzas.

Tecnología.

Energía.

Información.

Cada uno depende de los demás.

Esta es precisamente la característica que hará posible la siguiente transición del libro.

Durante la globalización de las décadas anteriores, esta interdependencia fue interpretada fundamentalmente como una fuente de eficiencia.

Pero una sucesión de shocks comenzará a mostrar su otra cara.

Pandemia.

Cuellos de botella.

Dependencia energética.

Semiconductores.

Minerales críticos.

Guerra.

Sanciones.

Rivalidad tecnológica.

Las preguntas cambiarán.

Ya no bastará con preguntar:

¿cuánto cuesta producir?

Habrá que preguntar:

¿qué ocurre si falla la cadena?

Ya no bastará con:

¿quién es más eficiente?

Habrá que añadir:

¿quién puede sustituir aquello de lo que depende?

Ya no bastará con:

¿qué tecnología es mejor?

Habrá que preguntar:

¿quién la controla?

La economía internacional comenzará entonces a desplazarse desde la lógica de la eficiencia hacia otra en la que aparecerán progresivamente:

resiliencia, seguridad, autonomía y poder.

Ese cambio abre la siguiente parte de nuestra argumentación:


PARTE IV. LOS NUEVOS FACTORES DE LA ECONOMÍA INTERNACIONAL -Capitulo 13 Tecnología como factor de poder económico

  PARTE IV. LOS NUEVOS FACTORES DE LA ECONOMÍA INTERNACIONAL 13. Tecnología como factor de poder económico 13.1. De las dotaciones naturales...