PARTE II. LA GRAN TRANSFORMACIÓN DE LA ECONOMÍA MUNDIAL
5. De la globalización comercial a la globalización productiva
Durante gran parte del siglo XX, la globalización podía describirse principalmente como un aumento del comercio entre economías nacionales.
Los países producían bienes dentro de sus fronteras y después los intercambiaban.
Las empresas multinacionales existían, la inversión internacional crecía y algunos procesos productivos ya atravesaban fronteras, pero la unidad básica del sistema seguía siendo relativamente reconocible:
una economía nacional produce y otra economía nacional compra.
A partir de las últimas décadas del siglo XX y, especialmente, desde comienzos del XXI, esta representación comenzó a perder capacidad explicativa.
La transformación decisiva no consistió simplemente en que aumentaran las exportaciones y las importaciones.
Cambió la propia organización de la producción.
Las empresas empezaron a fragmentar sus procesos productivos y distribuir distintas etapas entre diferentes países.
Diseño.
Investigación.
Componentes.
Materias primas.
Producción.
Ensamblaje.
Logística.
Marketing.
Software.
Servicios empresariales.
Un mismo producto podía incorporar actividades realizadas en múltiples economías antes de llegar al consumidor final.
La globalización dejó así de consistir exclusivamente en comerciar productos.
Comenzó a consistir también en compartir procesos productivos.
Esta diferencia es fundamental.
Cuando un país importa un automóvil completamente fabricado en otro país, estamos ante una relación comercial relativamente tradicional.
Cuando una empresa importa componentes de cinco países, utiliza software desarrollado en un sexto, maquinaria fabricada en un séptimo, ensambla el producto en un octavo y lo vende globalmente, estamos ante una estructura económica diferente.
El comercio continúa existiendo.
Pero el comercio se ha convertido en una consecuencia de una organización internacional de la producción.
La frontera nacional deja de coincidir con la frontera de la empresa.
Y la frontera de la empresa deja también de coincidir con la frontera de la cadena productiva.
Surge así una nueva unidad de análisis:la cadena global de valor.
Esta transformación alterará progresivamente muchas de las preguntas tradicionales de la economía internacional.
Ya no bastará con preguntar:
¿qué exporta un país?
Habrá que preguntar:
¿qué tareas realiza?
¿qué parte del valor añadido captura?
¿qué tecnología controla?
¿de qué proveedores depende?
¿qué posición ocupa dentro de la cadena?
¿qué actividades puede sustituir?
¿qué capacidades perdería si un determinado vínculo desapareciese?
El paso de la globalización comercial a la globalización productiva constituye, por tanto, uno de los cambios estructurales más importantes de la economía internacional contemporánea.
5.1. La fragmentación internacional de la producción
La producción industrial siempre ha implicado división del trabajo.
Adam Smith ya había mostrado que separar un proceso productivo en tareas especializadas podía aumentar enormemente la productividad.
Durante gran parte de la historia industrial, sin embargo, esas tareas tendían a localizarse relativamente cerca unas de otras.
La razón era sencilla.
Coordinar actividades separadas geográficamente resultaba costoso.
La información viajaba lentamente.
El transporte era caro.
Los inventarios eran difíciles de gestionar.
Controlar calidad a miles de kilómetros era complejo.
Los contratos internacionales eran más difíciles de supervisar.
Por ello, muchas actividades productivas permanecían concentradas dentro de una misma empresa, región o economía.
La revolución tecnológica y logística alteró progresivamente esta situación.
La contenedorización redujo drásticamente el coste y la incertidumbre del transporte marítimo.
Las telecomunicaciones abarataron la coordinación a distancia.
La informática permitió gestionar inventarios y producción de forma mucho más precisa.
Internet redujo los costes de transmitir información.
El software empresarial permitió coordinar proveedores dispersos.
Los sistemas logísticos hicieron posible organizar entregas con gran precisión temporal.
Las barreras comerciales disminuyeron.
Y nuevos países se incorporaron progresivamente a la economía internacional.
La consecuencia fue profunda.
Si una fase del proceso productivo podía realizarse más eficientemente en otra localización, ya no era necesario trasladar toda la industria.
Podía trasladarse únicamente esa tarea.
Una empresa podía mantener:
diseño,
investigación
y marketing
en una economía avanzada,
mientras desplazaba:
fabricación de componentes,
ensamblaje
o determinados servicios
a economías con costes inferiores o capacidades especializadas.
La unidad de especialización comenzó así a hacerse más pequeña.
En el mundo ricardiano tradicional, los países podían imaginarse especializándose en productos.
Vino.
Textiles.
Maquinaria.
Automóviles.
En la nueva economía global, podían especializarse en etapas de producción.
Diseño de chips.
Fabricación de obleas.
Encapsulado.
Ensamblaje.
Software.
Logística.
Servicios de ingeniería.
Atención al cliente.
El comercio internacional pasaba progresivamente de ser:
comercio de bienes
a incorporar de manera creciente:
comercio de tareas.
5.2. Cadenas globales de valor
La expresión cadena global de valor describe precisamente esta nueva organización.
Un producto final es el resultado de una secuencia de actividades que generan valor:
concepción,
diseño,
financiación,
investigación,
aprovisionamiento,
fabricación,
ensamblaje,
distribución,
marketing,
servicios posventa.
Cuando estas actividades se distribuyen internacionalmente, aparece una cadena global de valor.
La cadena no debe entenderse únicamente como una sucesión física de fábricas.
Puede incorporar también:
conocimiento,
propiedad intelectual,
software,
financiación,
servicios empresariales,
datos
y logística.
Esto modifica profundamente la interpretación del comercio.
Supongamos que un producto valorado en 1.000 euros se ensambla en un determinado país y posteriormente se exporta.
Las estadísticas tradicionales pueden registrar una exportación de 1.000 euros.
Pero quizá el ensamblador haya importado 700 euros en componentes y solo haya añadido 50 euros de valor doméstico.
Otros 250 euros pueden corresponder a:
diseño,
software,
patentes,
marketing
o beneficios
capturados en otros países.
El valor bruto del comercio puede entonces ofrecer una imagen engañosa de la posición económica real dentro de la cadena.
Aparece una distinción esencial entre:
exportaciones brutas
y
valor añadido doméstico incorporado en las exportaciones.
Esta diferencia tiene importantes consecuencias.
Un país puede aparecer como un gran exportador de determinados productos y capturar una fracción relativamente pequeña de su valor.
Otro puede exportar físicamente menos pero controlar:
tecnología,
marca,
software,
maquinaria crítica
o propiedad intelectual
y apropiarse de una proporción mucho mayor de las rentas generadas.
Esto obliga a modificar una de las preguntas tradicionales de la economía internacional.
Ya no basta con analizar cuánto exporta una economía.
También debemos estudiar:
dónde se sitúa dentro de la cadena de valor.
5.3. Del comercio de bienes al comercio de tareas
Richard Baldwin describió una parte importante de esta transformación como una nueva fase de globalización impulsada por la posibilidad de separar internacionalmente tareas que anteriormente debían realizarse juntas.
La clave del cambio está en los costes de coordinación.
La primera gran fase de globalización redujo fundamentalmente los costes de mover bienes.
Ferrocarril.
Vapor.
Contenedores.
Puertos.
Carreteras.
La segunda redujo radicalmente los costes de mover información.
Telecomunicaciones.
Ordenadores.
Internet.
Software.
Esta segunda reducción permitió algo nuevo.
Ya no era necesario que todo el conocimiento necesario para fabricar un producto permaneciera concentrado en un único país.
Las empresas podían transferir instrucciones, diseños, procedimientos y sistemas de control hacia plantas situadas en otras economías.
Esto tuvo una consecuencia extraordinariamente importante para el desarrollo.
Durante la industrialización clásica, un país necesitaba adquirir progresivamente una gran cantidad de capacidades antes de poder competir internacionalmente.
En la nueva globalización, podía incorporarse a una cadena realizando solo una parte del proceso.
No tenía que desarrollar inmediatamente:
marca,
tecnología,
distribución,
diseño
y producción completa.
Podía comenzar ensamblando componentes para una multinacional.
Posteriormente podía avanzar hacia actividades de mayor valor.
Esta lógica facilitó la industrialización de diversas economías asiáticas.
Pero también produjo una nueva forma de dependencia.
Participar en una cadena no significa controlar la cadena.
Una economía puede generar millones de empleos industriales y seguir dependiendo de:
tecnología extranjera,
componentes críticos,
maquinaria importada,
diseños externos,
marcas internacionales
o compradores globales.
Por tanto, la inserción en cadenas globales puede producir simultáneamente:
industrialización
y
dependencia.
Todo depende de la posición ocupada y de la capacidad para avanzar hacia actividades de mayor productividad y valor añadido.
5.4. Offshoring y outsourcing
Dos procesos adquirieron especial importancia en esta transformación:
offshoring
y
outsourcing.
Aunque a menudo se utilizan indistintamente, describen decisiones diferentes.
El outsourcing consiste en trasladar una determinada actividad fuera de la empresa.
La empresa deja de realizarla internamente y la contrata a un proveedor.
El offshoring consiste en trasladar una actividad a otro país.
Una empresa puede, por tanto:
hacer outsourcing sin offshoring,
offshoring sin outsourcing,
o combinar ambos.
Puede mantener la propiedad de una fábrica trasladándola al extranjero.
O puede contratar a un proveedor independiente situado en otra economía.
Estas decisiones permitieron a las empresas reorganizar radicalmente sus fronteras.
La cuestión ya no era únicamente:
¿qué debe producir una empresa?
Sino:
¿qué debe producir internamente, qué debe comprar fuera y dónde debe localizar cada actividad?
Esta fragmentación permitía aprovechar diferencias internacionales en:
salarios,
fiscalidad,
energía,
infraestructuras,
conocimiento,
regulación,
proximidad a proveedores
y tamaño de mercado.
Las empresas podían construir combinaciones internacionales mucho más eficientes que cualquier estructura puramente nacional.
Desde el punto de vista microeconómico, la lógica era poderosa.
Si una tarea podía realizarse con igual calidad a menor coste en otra localización, desplazarla aumentaba la eficiencia.
Los consumidores podían beneficiarse mediante precios inferiores.
Las empresas podían aumentar márgenes.
Las actividades de mayor valor añadido podían permanecer en las economías avanzadas.
Y las economías receptoras podían industrializarse.
Este proceso contribuyó a uno de los grandes incrementos de eficiencia de la globalización.
Pero también transformó las estructuras productivas nacionales.
Cuando una empresa externaliza una tarea, no traslada únicamente empleo.
Puede trasladar también:
conocimiento operativo,
relaciones con proveedores,
aprendizaje productivo,
capacidad de ingeniería
y experiencia acumulada.
Si muchas empresas toman decisiones similares durante décadas, una economía puede perder progresivamente determinadas capacidades.
Aquí aparece una distinción que adquirirá enorme importancia:
una empresa optimiza su cadena de valor; una economía necesita preservar un sistema productivo.
Lo que resulta racional para cada empresa individual no tiene necesariamente que producir la estructura colectiva más resiliente.
Este problema apenas ocupaba una posición central durante la fase de máxima expansión de la globalización.
Se volverá mucho más visible después.
5.5. Empresas multinacionales como organizadoras de redes
En el paradigma anterior, la multinacional podía imaginarse principalmente como una empresa que producía en diferentes países.
La globalización profunda modifica esa función.
Las grandes empresas multinacionales se convierten progresivamente en arquitectas de redes internacionales de producción.
No necesitan poseer todas las fábricas que participan en su cadena.
Lo esencial puede ser controlar:
el diseño,
la tecnología,
los estándares,
la marca,
el acceso al mercado,
los datos,
la logística
y las relaciones con proveedores.
Una empresa puede coordinar cientos o miles de proveedores jurídicamente independientes.
Su poder económico no depende únicamente de los activos que posee directamente.
Depende también de su posición dentro de la red.
Esto introduce una diferencia fundamental entre:
propiedad
y
control.
Una empresa puede controlar de facto una cadena sin ser propietaria de todas sus partes.
Puede determinar:
especificaciones,
calidad,
precios,
plazos,
tecnologías
y condiciones de acceso.
Los proveedores pueden ser empresas independientes y, sin embargo, depender profundamente de una empresa líder.
La cadena global de valor es, por tanto, también una estructura de poder económico.
No todos los nodos tienen la misma capacidad de negociación.
No todos son igualmente sustituibles.
Un ensamblador fácilmente reemplazable ocupa una posición muy diferente de una empresa que posee una patente esencial.
Un proveedor de un componente genérico tiene una posición distinta de quien fabrica una máquina que solo producen dos empresas en el mundo.
Esto nos obliga a introducir otra dimensión:
la topología de la cadena.
No importa únicamente cuántas empresas participan.
Importa cómo están conectadas.
Qué nodos son críticos.
Cuántas alternativas existen.
Qué conocimientos son sustituibles.
Qué actores controlan los estándares.
La teoría del comercio tradicional se centraba fundamentalmente en los flujos.
La nueva realidad obliga progresivamente a estudiar también la estructura de la red por la que circulan esos flujos.
5.6. Logística global y producción just-in-time
La expansión de las cadenas globales de valor fue acompañada por una profunda transformación logística.
Durante décadas, las empresas buscaron reducir:
inventarios,
stocks intermedios,
almacenes
y capacidad ociosa.
La lógica era clara.
Mantener inventarios cuesta dinero.
El capital permanece inmovilizado.
Los productos pueden quedar obsoletos.
Los almacenes necesitan espacio.
La capacidad productiva no utilizada reduce la rentabilidad.
Los sistemas just-in-time intentaban sincronizar producción y suministro para que los componentes llegaran exactamente cuando eran necesarios.
Esta estrategia podía aumentar significativamente la eficiencia.
Menos inventarios.
Menos capital inmovilizado.
Menores costes.
Mayor disciplina productiva.
Mayor coordinación entre proveedores.
En un sistema estable, el resultado podía ser extraordinariamente eficiente.
Pero esta eficiencia dependía de una condición implícita:
que la red siguiera funcionando.
Si una fábrica situada a miles de kilómetros se detenía,
si un puerto cerraba,
si faltaban contenedores,
si una ruta marítima quedaba interrumpida,
si un proveedor crítico desaparecía,
el sistema disponía de poco margen de absorción.
La reducción de inventarios había eliminado también parte de la redundancia.
Surge así una tensión que ocupará un lugar central en el siglo XXI:
eficiencia frente a resiliencia.
No son necesariamente incompatibles.
Pero tampoco son equivalentes.
Un sistema puede ser extremadamente eficiente en condiciones normales y extremadamente vulnerable frente a shocks.
Durante la fase de expansión de la globalización profunda, la prioridad empresarial tendió a favorecer:
coste,
velocidad,
especialización
y optimización.
Después de las grandes interrupciones del siglo XXI, aparecerá una pregunta diferente:
¿cuánto vale disponer de capacidad de reserva cuando ocurre algo que el modelo de eficiencia no esperaba?
5.7. Concentración empresarial y economías de escala globales
La globalización productiva no generó únicamente una mayor dispersión geográfica de la producción.
Paradójicamente, también produjo fuertes procesos de concentración.
La producción podía estar fragmentada entre numerosos países, pero determinadas actividades críticas podían quedar dominadas por un pequeño número de empresas.
Esto ocurre porque muchos sectores están caracterizados por economías de escala.
Desarrollar una tecnología puede requerir inversiones enormes.
Construir una planta puede costar miles de millones.
Crear una red logística mundial requiere escala.
Desarrollar propiedad intelectual implica costes fijos elevados.
Una plataforma digital puede beneficiarse de efectos de red.
Un fabricante especializado puede mejorar productividad acumulando décadas de experiencia.
En estas condiciones, el mercado global puede terminar concentrándose.
Aparece así una combinación aparentemente contradictoria:
producción geográficamente dispersa
pero
capacidades estratégicas altamente concentradas.
Esta concentración puede observarse en diferentes niveles.
Puede existir concentración empresarial.
Pocas compañías dominan una tecnología.
Concentración geográfica.
Una gran parte de la producción mundial se concentra en un determinado país o región.
Concentración tecnológica.
Solo algunos actores poseen el conocimiento necesario.
Concentración de proveedores.
Numerosas empresas dependen del mismo productor especializado.
La eficiencia de la globalización puede reforzar estos procesos.
Si un proveedor es ligeramente mejor que sus competidores y puede abastecer globalmente, las empresas tienen incentivos para utilizarlo.
La mayor demanda aumenta su escala.
La escala reduce costes.
Los menores costes atraen más demanda.
El aprendizaje mejora su tecnología.
La ventaja se amplía.
El resultado puede ser una posición dominante.
Aquí reaparece el mecanismo acumulativo que habíamos encontrado en la nueva teoría del comercio.
Pero ahora adquiere una dimensión sistémica.
La economía mundial puede acabar dependiendo de un pequeño número de nodos extremadamente eficientes.
Mientras funcionan, el sistema se beneficia.
Cuando fallan, la vulnerabilidad se hace visible.
5.8. Eficiencia frente a vulnerabilidad
La globalización productiva produjo enormes beneficios.
Sería un error analizarla únicamente desde sus problemas posteriores.
Permitió:
reducir costes,
aumentar variedad,
difundir tecnologías,
industrializar economías,
elevar productividad,
integrar mercados
y sacar partido a diferencias internacionales de capacidades.
Las cadenas globales permitieron a numerosas economías participar en la industria mundial sin tener que construir inmediatamente toda una estructura productiva completa.
Las empresas pudieron acceder a proveedores especializados.
Los consumidores disfrutaron de productos más baratos y sofisticados.
La división internacional del trabajo alcanzó una profundidad sin precedentes.
Pero precisamente el éxito del sistema generó nuevas vulnerabilidades.
Las cadenas se hicieron más largas.
La producción más especializada.
Los inventarios menores.
La dependencia de determinados proveedores aumentó.
Las capacidades se concentraron.
Algunas economías perdieron actividades productivas.
El sistema estaba optimizado para minimizar costes bajo condiciones relativamente normales.
Y cuanto más eficiente se hacía, en algunos casos menor podía ser su redundancia.
Esto obliga a distinguir entre dos conceptos.
Eficiencia
Una estructura es eficiente cuando utiliza pocos recursos para producir un determinado resultado.
Resiliencia
Una estructura es resiliente cuando puede mantener funciones esenciales o recuperarlas rápidamente después de un shock.
Un sistema puede ser eficiente y resiliente.
Pero aumentar una puede requerir, en determinados contextos, sacrificar parcialmente la otra.
Diversificar proveedores puede aumentar costes.
Mantener inventarios cuesta dinero.
Conservar capacidad ociosa reduce rentabilidad.
Producir parte de un componente domésticamente puede ser más caro que importarlo.
Construir redundancia parece ineficiente mientras no ocurre ninguna interrupción.
Pero cuando aparece un shock, esa redundancia adquiere valor.
Este problema recuerda a un seguro.
Pagar una prima parece un coste en los años en los que no ocurre nada.
Pero la lógica del seguro no puede evaluarse únicamente observando esos años.
Debe evaluarse incorporando el riesgo.
Lo mismo ocurre con determinadas capacidades productivas.
Una economía puede decidir que resulta innecesario conservar una actividad porque puede importarla más barata.
La decisión puede ser completamente racional bajo los precios actuales.
Pero si esa actividad resulta esencial y la alternativa externa puede desaparecer, el cálculo económico cambia.
Aparece entonces una nueva variable:
la probabilidad y el coste del shock.
Y otra aún más importante:
el tiempo necesario para reconstruir la capacidad perdida.
De la eficiencia de la empresa a la resiliencia del sistema
La globalización profunda puso en evidencia una diferencia que será central en este libro.
La empresa y el sistema económico no optimizan necesariamente la misma función.
Una empresa intenta mejorar:
costes,
productividad,
rentabilidad,
calidad
y posición competitiva.
Puede decidir que depender de un proveedor extranjero extremadamente eficiente es la mejor estrategia.
Si todas las empresas toman decisiones semejantes, el sistema económico puede terminar dependiendo de ese mismo proveedor.
Desde la perspectiva individual, cada decisión es racional.
Desde la perspectiva colectiva, puede aparecer una vulnerabilidad.
Esto no constituye necesariamente un fallo de las empresas.
Las empresas no tienen por qué internalizar todos los costes que una interrupción sistémica generaría sobre el resto de la economía.
Aparece potencialmente una externalidad de resiliencia.
Una empresa evalúa:
el coste que soportaría ella si falla un proveedor.
Pero el Estado puede tener que evaluar también:
efectos sobre otras empresas,
empleo,
infraestructuras,
servicios esenciales,
seguridad nacional
y capacidad de respuesta ante una crisis.
La diferencia entre racionalidad individual y resiliencia colectiva abrirá un nuevo terreno para la política económica.
Pero debemos evitar una conclusión demasiado rápida.
Que exista una dependencia no significa automáticamente que exista un problema.
Toda especialización crea alguna forma de dependencia.
Si cada país intentara eliminar todas sus dependencias, destruiría buena parte de las ganancias de la división internacional del trabajo.
La pregunta relevante no es:
¿dependemos del exterior?
Todos los países dependen del exterior.
La pregunta correcta es:
¿de qué dependemos, cuánto dependemos, cuántas alternativas existen y qué ocurriría si esa relación se interrumpiera?
Esto nos obliga a distinguir diferentes dimensiones.
Concentración
¿Cuántos proveedores existen?
Sustituibilidad
¿Podemos sustituir el producto por otro?
Criticidad
¿Qué ocurre si deja de estar disponible?
Capacidad doméstica
¿Existe producción alternativa dentro de la economía?
Tiempo de sustitución
¿Cuánto tardaríamos en construir una alternativa?
Coste de sustitución
¿Qué coste económico implicaría?
Estas preguntas todavía no formaban parte central del paradigma comercial clásico.
Pero surgirán inevitablemente cuando las cadenas globales empiecen a mostrar sus vulnerabilidades.
Una nueva unidad de análisis
La principal consecuencia intelectual de la globalización productiva puede resumirse de forma sencilla:
el país deja de ser una unidad suficiente para describir la producción internacional.
No deja de importar.
Las leyes siguen siendo nacionales.
Los impuestos se recaudan nacionalmente.
Los trabajadores viven en territorios concretos.
Las políticas industriales pertenecen a gobiernos.
La seguridad económica continúa teniendo una dimensión nacional.
Pero la producción atraviesa esas fronteras.
Esto obliga a incorporar unidades adicionales de análisis:
empresa,
tarea,
cadena de valor,
proveedor,
nodo,
red
y
ecosistema.
La economía internacional pasa así de estudiar fundamentalmente:
relaciones entre países
a estudiar también:
relaciones dentro de sistemas productivos transnacionales.
La diferencia puede representarse así.
Globalización comercial
País A produce → País A exporta → País B importa.
Globalización productiva
País A diseña → País B suministra materiales → País C fabrica componentes → País D aporta tecnología → País E ensambla → una empresa global organiza la cadena → múltiples mercados consumen.
En el primer mundo, la pregunta fundamental era:
¿quién tiene ventaja comparativa en el producto?
En el segundo debemos añadir:
¿quién tiene ventaja en cada tarea?
¿quién coordina la red?
¿quién captura las rentas?
¿qué nodos son críticos?
¿quién controla la tecnología?
Esto constituye una ampliación profunda del objeto de la economía internacional.
Del comercio de productos a la competencia por posiciones dentro de las cadenas
La fragmentación productiva generó además una nueva forma de competencia internacional.
Los países ya no competían únicamente por producir bienes completos.
Competían por atraer determinadas actividades dentro de las cadenas.
Ensamblaje.
Centros logísticos.
Investigación.
Diseño.
Servicios empresariales.
Producción de componentes.
Sedes regionales.
Infraestructuras digitales.
Cada posición generaba diferentes niveles de:
empleo,
productividad,
salarios,
aprendizaje,
tecnología
y valor añadido.
Esto significa que integrarse en el comercio mundial no garantizaba automáticamente avanzar hacia actividades de alta productividad.
Una economía podía quedar especializada durante décadas en tareas de bajo valor añadido.
Otra podía utilizar su posición inicial para desarrollar proveedores, tecnología y empresas domésticas.
Aparece así el problema del upgrading.
¿Cómo avanza una economía dentro de la cadena?
¿Cómo pasa del ensamblaje al diseño?
¿De fabricar componentes a desarrollar tecnología?
¿De recibir inversión extranjera a crear multinacionales propias?
¿De utilizar propiedad intelectual extranjera a generarla?
Estas preguntas conectan comercio internacional con desarrollo productivo.
Y volverán a conducirnos hacia el problema de las capacidades.
Una economía no asciende automáticamente dentro de una cadena porque aumenten sus exportaciones.
Necesita desarrollar:
capital humano,
empresas,
tecnología,
financiación,
instituciones,
infraestructuras
y aprendizaje.
De nuevo aparece la secuencia central del libro:
recursos → mecanismos → capacidades.
La gran paradoja de la globalización productiva
La globalización productiva contiene finalmente una paradoja que será decisiva para comprender el siglo XXI.
Cuanto más integrada está la producción mundial, mayores pueden ser las ganancias derivadas de la especialización.
Pero cuanto más especializada está cada parte del sistema, mayores pueden ser algunas dependencias.
La globalización genera simultáneamente:
eficiencia e interdependencia.
Y la interdependencia puede generar:
resiliencia mediante diversificación
o
vulnerabilidad mediante concentración.
No existe una relación automática.
Una empresa que compra componentes en diez países puede ser más resiliente que una empresa puramente nacional.
Pero una empresa que depende de un único proveedor situado a miles de kilómetros puede ser extremadamente vulnerable.
La cuestión no es, por tanto, determinar si la globalización produce dependencia.
Toda economía compleja depende de otras.
La cuestión es comprender la estructura de esa dependencia.
Esto será especialmente importante en el siguiente capítulo.
Porque ninguna transformación contribuyó tanto a expandir, densificar y reorganizar las cadenas globales de valor como la incorporación de China a la economía mundial.
China no será simplemente otro país que se integra en el comercio internacional.
Su escala demográfica.
Su capacidad industrial.
Su ahorro.
Su inversión.
Sus infraestructuras.
Su inserción en cadenas globales.
Y posteriormente su política tecnológica e industrial
transformarán el funcionamiento del sistema entero.
El siguiente capítulo analizará precisamente esa transformación:
Las tres ideas importantes:
La primera es la posible externalidad de resiliencia: una decisión óptima para una empresa puede generar una dependencia colectiva que la empresa no internaliza.
La segunda es que la dependencia debe medirse mediante concentración + sustituibilidad + criticidad + tiempo + coste de sustitución.
La tercera es el upgrading dentro de las cadenas, que permite enlazar comercio con construcción de capacidades
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